domingo, 4 de enero de 2009

Mi último meme


Sólo por Pequitas haré este meme (palabra de significado desconocido por mí). Porque me contagia con su entusiasmo y buena vibra.

1.- ¿Qué apodos tienes?

Mi entorno cercano me conoce como Nayo (no sé el origen). El más representativo: lechón (gracias a Daniel), variación Lechonardo (El Gchu), también derivan otros dolorosos, producto de mi sobrepeso en la niñez, mi esbeltez en la adolescencia, mi recaída a la obesidad cuando tenía unos 22 cuando nos vetaron de la liga de básquetbol limeña, ahora estoy en mi peso normal a duras penas. Otros apodos ingeniados también por mi pelo largo hasta el hombro en épocas de abundancia y barba poblada, según yo parecía un surfer rebelde, pero la verdad, era la viva imagen de Marco Antonio Soliz, el buki. Pero la lista es casi infinita. Pocos me llaman por mi nombre. He tenido algunos incluso dudosos: matrona, oso arcoiris (el mejor), pequeño (cuando estaba en la universidad, ojo, hacía frío), flacuchento tela, vikingo (por procesar industrialmente bebidas espirituosas sin mayores consecuencias), etc.

2.- ¿Cómo te arreglas el pelo?

Esta pregunta es cruel. Estoy perdiendo cabello. Una tala ilegal. Deforestación de monje franciscano irremediable. Acepto donaciones.

3.- ¿Qué hay nuevo en tu vida?

Personas con mucho talento que escriben en bitácoras virtuales.

4.- ¿Cuántos colores luces hoy?

Negro, verde y el amarillo de mi tanga de tigre.

5.- ¿Introvertido o extrovertido?

Controvertido.

6.- ¿El último libro que has leído?

Madame Bovary de Gustave Flaubert.

7.- ¿Duermes mucho?

Sueño mucho despierto ¿vale?

8.- Si la persona que te gusta está cogida, ¿qué haces?

Enamoro a su novio para que se vuelva gay, lo dejo y conquisto a la chica. Infalible.

9.- ¿Hay algo que te haya hecho infeliz estos días?

La última conversación con Milagros.

10.- ¿Tu postre favorito?

Cheesecake de lúcuma. Soy adicto al dulce. Aunque también me gusta el pastel de acelga, los pastelitos dominicanos, la comida tai, toda la comida peruana, uhmm, ¿de qué estábamos hablando?

11.- ¿Cuánto tardas en prepararte por la mañana?

¿Hay que prepararse? La única ventaja de no tener pelo es no tener que peinarse y salir en 10 minutos.

12.- ¿Qué websites visitas diariamente?

Visitaba Perú21, ahora sólo sigo los titulares y leo La República, por protesta. Noticias mundiales. Los blogs que sigo. http://www.pandora.com/ para escuchar música.

13.- ¿Qué asignaturas estás estudiando ahora mismo?

El caos en todas sus formas. Y una compilación de EPA.

14.- ¿Te gusta conducir y limpiar?

En Lima me gusta conducir porque es un Indy Car sin reglas y con un ajetreo de dedos medios, insultos elaborados y full adrenalina. En otros lados conducir es relajante. Limpiar: me gusta conducir la limpieza. Pero me gusta todo limpio, incluso mi desorden.

15.- ¿Me cuentas un sueño que desees hacer realidad?

Dar con el cocktail perfecto para dormir 8 horas durante la noche.

16.- ¿La última película que has visto?

Soporté La casa del lago, sólo por ver a Sandrita.

17.- ¿Qué es mejor: amor eterno o amor memorable?
Amor sin memoria.

18.- ¿Qué es lo que menos te gusta hacer de tus tareas diarias?
Tender mi cama. Creo que por eso no duermo.

19.- ¿Cuál es tu helado favorito?

El Francesca de Laritza. El yogurt light de fresa cuando recuerdo mi obesidad temprana. El helado cappuccino cuando quiero aparentar ser sofisticado cuando no lo soy.

20.- ¿Qué es lo que esperas con más ansias de los próximos treinta días?

Tener bíceps presentables.

PD. La invitación está abierta a quién quiera hacer el meme a través de los comentarios o por medio de su blog.

miércoles, 31 de diciembre de 2008

Lechuza de colores


Escucho a Devotchka y apareces. Con tus cejas exageradas en señal de sorpresa, indelebles y seguramente, obtenidas de algún relato de Esopo. Haciendo referencia a madrastra encrispada de fábula o, quizás, férrea enemiga de la Sirenita. Con tus cejas pobladas de cono limeño. Con tu sinuosidad y destello permanente de hada madrina. Con esos ojos de princesa mediterránea. Y existes, como recomendada de alguna criatura enviada de Borges. Apareces y te visualizo. Sentada aquí. Con tu mimetismo frenético. Con tu incapacidad para explicar cómo te sientes. Con tu corte de cabello emo flagrante. Detrás de ese cabello de medusa. De ese corte que me parece el desorden completo de un nido de mariposas adolescentes. Eres la hermana que me hubiera gustado tener todo el tiempo, jodiéndome carismáticamente la vida. Eres el ser que me hubiera gustado desfasar cuando se sintiera frágil entre la neblina de la existencia. Porque te quiero mucho. Porque eres Mara Rosario.


Y cuando el frío de lo desconocido te esclaviza el alma con una dependencia impúdica, me gustaría abrazarte, con temor a entrar en lo cursi, que siempre evitamos, pero del que a veces dependemos. Y decirte que todo estará bien. Que vivir los apenas 20 es una tarea recóndita y a veces caótica, pero al mismo tiempo orgánica, singular e insuperable. Que la nube que tienes lloviéndote encima con sus rayos marca ACME, al final, es un remedo de rociador hipnotizante, nada más. Que eres más grande y más fuerte. Que las brumas se disiparán, mientras vivas apasionadamente cada milímetro de tu arte. Mientras te dejes llevar por tus aspavientos. Sólo si, impregnas cualquier elemento con tu creatividad innata que, estoy seguro, te llevará a ser lumbrera. Para dejar tus huellitas, tus rulitos, tus figuritas de colores. Porque cuando tocas algo con esas manos tersas, pero igual, de villana; no creas, no cambias, no das forma, simplemente, das vida.


Admiro tu entrega, tu desorden, tu maquillaje alternativo que confundo con ojeras. Tus cambios de ruta intempestivas, como zigzagueantes, son tus cambios de ánimo. Tu arrebato efímero. Tu creencia favorita de no encajar en ningún molde de la sociedad que cuestionas y criticas. Tus artistas favoritos: Sigur Ros, Imogen Heap, Stinna Nordenstam, Damien Rice, Corinne Bayley y otros, que espero, logren superar su depresión antes de dispararse en la sien en plena grabación.
Yo he visto tus creaciones con estos ojos de ¨oso arcoíris¨ (la chapa más chévere que me han puesto, aunque sea medio gay). Una de mis favoritas es esta http://www.youtube.com/watch?v=M2cO4rvcqko. Una forma que va dando vida a su creación con tanta entrega, que en el proceso, la va perdiendo. Termina deshecha por su propia creatividad. Porque crear también es despojarse de uno mismo. Es echarse una cana intelectual al aire. Es envejecer mientras se generan espacios. Es otorgar pedazos de uno mientras se va perfeccionado, y en ese trance se va perdiendo episodios de su propia visión inicial. Porque toda evolución es la renuncia a uno mismo en el tiempo. La concepción de una nueva esencia en lo creado.


Tienes un humor refinado, contraproducente, perverso, pero indiscutiblemente inteligente e incisivo. Es humor negro terciopelo es el que quiero disfrutar cuando nos tomemos aquella bebida que nos hemos prometido a orillas del mar. Y conversar de nuestras tragedias en el tono sarcástico que tenemos como código. Tratando de parecer uno, más cool que el otro.

Me gustaría en este momento, trasnochante, salir corriendo y comprarte chocolate. Para que irrumpas la monotonía de la amanecida engullendo bombones y dulces que te vuelvan aún más dulce de lo que ya eres. Para que entiendas que soy tu big brother. Que no me importa dilucidar un REPSOL abierto. Que no me importa salir en pantuflas con mi piyama de patitos cartunescos, y poco solemnes, a estas horas de la madrugada y buscarte esa droga azucarada que te mantenga despierta mientras terminas tu última maqueta. Que te prepararía harto café, para ti y todos tus compañeros de arquitectura. Que tampoco me importaría el bullicio de sus conversaciones, que por mi edad, ya no entiendo, pero igual disfruto de su ritmo contagioso y vibrante.


Lechucita de colores, niña bella, que todas tus emociones, se conviertan en luna llena.


Acaba la canción de Devotchka y desapareces.

sábado, 27 de diciembre de 2008

Autoretrato en sepia (Sus clavículas de marfil, pág. 122)


Quisiera tomarte entre mis brazos, pero me desmayaría de la emoción.
Me gustaría ser tu amante, para dejar de amarte a distancia.
Quisiera decir que te amo, pero ya te lo escribí hace 3 días.
Quisiera soñar, pero tengo insomnio.
Me gusta el aire puro, pero fumo.
Me gustaría tener hijos, pero no que ellos me tengan como padre.
Me gustaría un abrazo, pero que no me arrugue la camisa que he planchado sin respeto de sus contornos.
Me gusta la pasión, pero soy un juguete en prisión de miniatura.
Algo así como un halcón miope.
Una hormiga ociosa.
Un escritor sin libro.
Militar en Costa Rica.
Navegante sin remos.
Iglesia sin bancas.
Un aposento sin almohadas.
Creo en Dios pero no tengo paz.
Quiero ser agnóstico, pero me falta fe.
Panteísta de la nada absoluta.
Me gusta la libertad, pero no sé si la pagaría con soledad.
Me gusta leer, pero más que me lean.
Creo que del amor ya no me gusta nada.

jueves, 25 de diciembre de 2008

Regalos de Navidad (por César Hildebrandt)


Habrá que regalarle al amor un poco de menos entusiasmo. Y al desamor una dosis de memoria.Y a los grandes sueños con mayúsculas un manual del escepticismo y una enciclopedia del fracaso.Y al árbol que se alza creyéndose el fundador de todas las genealogías, regalémosle la sombra de otros árboles mejores.Y al bosque una pradera.Y a la pradera un mar.Y al mar un gran naufragio.Al egoísmo debemos regalarle una guerra civil congolesa.Y a la neutralidad, una ruandesa.A Steven Spielberg, un huérfano de Gaza.Y a Alan García deberíamos regalarle perspectiva (en dosis de caballo).Y a Obama, al que sólo Shangó podrá salvar, una disminución del patriotismo.Y a la estrella de Belén un astrónomo sumerio para que diga toda la verdad.Y a los sodálites -las barras bravas de Dios- la cortesía intelectual de la duda. A los que se volvieron, ya viejos, defensores del viejo orden habría que mandarles la foto de la primera enamorada.A Fujimori, la espada con la que jamás se haría el Harakiri porque el Harakiri es el restablecimiento del honor y no se restablece lo que nunca se tuvo.Debemos regalarle a la mujer de al lado una mirada y al niño menesteroso un llamamiento y a Cipriani la fe del carbonero.Y al que no pide nada, debemos regalarle más que nunca.Sería de lo mejor regalarle a la izquierda un poco de derecha y a la derecha un tiburón blanco.El mejor regalo para Genaro Delgado sería devolverle el alma (encontrada en una escena del crimen).Y a Dionisio Romero habría que regalarle un libro sobre la fugacidad.Y a Bernard Madoff un juego de Monopolio.Y al pobre diablo, un libro de Hugo Neira para que se consuele.Al Señor de los Milagros, un milagro.Y al cielo de Lima, una foto del cielo de Huaraz.A los comunistas sobrevivientes, una réplica del único muro que la demagogia igualitaria no podrá derribar: la Gran Muralla China.Al señor Bush hay que regalarle dos montañas: una de cadáveres iraquíes y otra de caca.Al nuevo Adán, un paraíso (fiscal). A los fanáticos, un poco de perdón.Y al perdón, sabiduría.Y a la sabiduría, un poco de tristeza.Y a la tristeza, nada. Porque nada necesita la tristeza.

Esta publicación pertenece a César Hildebrandt y puede ser ubicada en http://bloghildebrandt.blogspot.com/2008/12/regalos-de-navidad.html

Deseo a todos en estas fechas mucha equidad y tolerancia.
De mi parte: un judío part time durante esta época.

Esta publicación quería compartirla con ustedes.
Me pareció conmovedora y con una dosis de reflexión notable.

Un saludo especial a Né, por su onomástico.

martes, 23 de diciembre de 2008

Gente que no me conoció


Conocí a Pedro Pablo Kuczynski en los vehículos que te transportan de la puerta de embarque hacia el avión, en el aeropuerto Jorge Chávez, mientras revisaba una y otra vez mi pasaporte vencido, como si de tanto revisarlo, tendría a bien regresar a la vigencia. Ideando la cara de idiota que pondría al explicar mi ineptitud al agente de migraciones cuando llegase a Boston, quién, estoy seguro, insultándome, me mandaría al cuartito de torturas, porque, vamos, cuando veas esos dedos lubricándose y escuches el látex de los guantes, empieza el drama sicológico. PPK, sus siglas en un maletín de lo más sofisticado, es él, pensé, como si no hubiera sido suficiente reconocerlo instantáneamente viéndole la cara. Adopté postura de diplomático y le dije, Ud. es Pedro Pablo Kuczynski, ministro de economía. Orgulloso de mi conocimiento político, le estreché la mano. El, fino y educado, hizo lo mismo con una sonrisa tan sofisticada como su maletín de cuero. Me dijo que tenía que ir a Washington a una reunión importante. Fue amable, cordial y nunca borró su sonrisa mientras conversaba conmigo. Me dio su tarjeta, al mismo tiempo que lo felicitaba por su labor. Tarjeta que más tarde perdí por la inercia de mi desorden.

A los 14 años, en la Feria del Hogar, abrazado de mi chica castaña, 3 años mayor que yo, apiñado en la primera fila, conocí a Ricardo Arjona. Cantaba esa canción ¨Mujeres¨ que detesto tanto, por su letra ridícula, su rima insoportable y porque me recuerda, que con esa canción, se acercó orondo a Tatiana y le alcanzó una rosa que había sido recibida momentos antes por una fan estridente. Recuerdo que me miró sarcástico y con aires de galán. Esa misma noche, Tatiana, en vista del atropello que había sufrido, me regaló un anillo diciéndome que me querría siempre, el cual también, creo, he perdido por la voracidad de mi caos.

Haciendo hora, decidiéndome entre El gran laberinto de Fernando Savater y The Cleft de Doris Lessing, en Crisol del Jockey Plaza, mientras esperaba a Milagros (anuncio para todos los cobradores y taxistas, entre amigos y entendidos, que me han corregido por decir jo-quei, en vez de yo-quei, como dicen ellos; yo hablo castellano en Lima y digo jo-quei, si quisiera decirlo en inglés diría yo-qui ('dʒɒkɪ)); ingresó Gian Marco Zignano para firmar autógrafos y promocionar el libro que acababa de publicar, La madera del alma. Su sonrisa no le pertenecía. Creo estaba estipulada en un contrato. Lo vi mucho mayor de lo que lo hubiera proyectado. Preferí no acercarme y guardar la memoria intacta de esa conversación que tuvimos, a la salida del Montecarlo, 1998, ambos con pelo, cuando presentó la obra músico teatral Voces y Cuerdas, junto a Jean Paul Strauss, Domingo Garibaldi y Jorge Pardo. La vimos con Maritza, una semana después de haber terminado nuestra relación. Aquella noche, Maritza y yo, salimos cogidos de la mano regresando a su casa, sin decir una palabra.


Cecilia Valenzuela hacía compras en Wong (cuando fue comprado por los chilenos, sentí que me quitaban Arica otra vez) del Ovalo Gutierrez, mi preferido, por su atención insuperable y por el viejito siempre enternado y eternizado, el señor Cochrane, que vive en Enrique Meiggs, que gusta de escuchar el piano, sentadito, esperando conversación. Risueña y acomedida, le dije que siempre veía su programa (no le dije que lo hacía únicamente mientras Rosa María Palacios estaba en comerciales).

A Luis Horna lo conocí entrando a Ace de la Javier Prado, con mirada de pocos amigos, yo que andaba rociado de un humor triunfante preso de alguna bebida vivaz, me acerqué para felicitarlo por su victoria con Pablo Cuevas en el Roland Garros. Apenas me miró. Estaba seguido por su esposa, de cara hermética también.



Saliendo de Plaza Vea, con El Gchu, nos topamos con Farid Matuk. Lo saludamos y comprobamos que sí usa esa corbatita peculiar con el bigote que no le hace juego. Parecía apurado pero fue cortés. Creo que nadie lo saluda en la calle.

En Larcomar vi a Laura Huarcayo, que es más bella de lo que sale en la tele, y es real y simpática. Tomándose fotos con niños, mera excusa de sus no tan angelicales padres para acercarse a ella. En esos momentos yo también quería ser padre de trillizos y tomarme muchas fotos con ella. Hola Laura le dije, hola me respondió con su sonrisa de media cuadra, pero hermosa igual.



En el restaurant de Isla Negra, conocí a Pedro Lemebel, con temor le pedí que me firmara su libro Los incontables, que por suerte había comprado horas antes en el Paseo Ahumada. Por supuesto, guapo, me dijo, tú no eres de acá, tú eres peruano, sí, le respondí, enrojecido. Tenía una bufanda que le cubría la cabeza y una alegría impostada, pero en ese momento, más real que la mía.

A Shakira (cuando era nuestra y no de los gringos, como ahora), la conocí, apenas cuando tenía ella unos 20 años, y yo 18, yo era parte de Defensa Civil y cuidábamos la seguridad en El Estelar de la Feria del Hogar, en el Backstage, nos repartió discos compactos y se tomó fotos con nosotros. El disco soportó mi desorden, pero no a Ximena, que terminó llevándoselo, entre otras cosas, aduciendo venganza por un engaño que nunca cometí, y que en el fondo fue la disculpa perfecta para estar con Rodrigo, mi amigo, quién después me comentó, hacían el amor escuchando mi disco firmado por Shakira.

También conocí a Alberto Fujimori, cuando fue a mi colegio, el Colegio Unión, en Lurigancho, construyó una pista de acceso y donó dos omnibuses que hasta ahora los he visto rondando. Yo estaba en la escolta y saludó los que la integrábamos. Rompimos protocolo y le estrechamos la mano. Todos menos el que cargaba la bandera que no se movió y después se enojó con nosotros por haberlo hecho. Más tarde el poder lo convirtió en tirano. Y al de la bandera en guardaespaldas de Alejandro Toledo.

En el Resort Puerta Palmeras, en Tarapoto, una noche que me puse a jugar billar con una pareja de suecos. Conocí a Alfredo Ferrero, hombre muy amoroso con su esposa e hijas. Es más joven de lo que aparenta en los medios. Risueño y relajado, conversamos a gusto en el bar del hotel, él sólo tomando un refresco de frutas. Yo, algo menos saludable. El siguiente día compartimos una expedición a la Catarata de Ahuashiyacu.


Alonso Cueto no me conoce, pero me escribió debido a la publicación Premio VERDEOPINION 2008, sus palabras infundieron ánimo que perdurará para seguir escribiendo. Me gustaría conocerlo.

viernes, 19 de diciembre de 2008

miércoles, 17 de diciembre de 2008

Sandro y Nicolás


La puerta se cierra en el mismo instante que la oscuridad del jueves entra por la ventana y él se encuentra, una vez más, solo. Recuerda lo que había soñado la noche anterior, cuando pensaba que ya había muerto y que aquel sueño era el proemio a una nueva dimensión. La dimensión que había imaginado con mucha luz, con mucha paz y con un anciano gigante de facciones arias y mirada cálida, abundante barba color lino, de brazos abiertos en horizontal infinito, a punto de estrecharlo. Pero no era así. Su sueño estaba lleno de agua. Un diluvio recalcitrante y trastocado que lo apretujaba con la presión de mil atmósferas sobre su pecho, sobre sus maltrechas costillas incompletas debido a la operación, y que encontraban refugio en el espacio dejado por el pulmón que había perdido a manos de un cirujano más parecido a mecánico de carros viejos que a cualquier respetable galeno. Una inundación titánica que se llevaba hasta el heroico puente de Puerto Nuevo, en Ñaña, aquel puente mágico que había resistido con una sabiduría barroca y la personalidad adquirida por sus supersticiosos constructores, incontables huaicos y embates de la naturaleza despiadada y ensañada contra la dignidad que poseen dichas construcciones antiguas y partícipes de una cosmética propia del paisaje. El agua ingresaba por sus fosas nasales, por su boca, por la herida abierta de la operación, amainando sus cabellos de erizo y haciendo aletear sus enormes orejas de elefante hindú. Y sentía como le inundaba hasta sus profundos miedos y desdichas humanas. Y sentía como le descoloraba la pigmentación café convirtiéndolo en un espectro pálido y casi traslúcido, roído, muerto.


Cuando despertó de aquel espectáculo, era jueves de mañana, tenía la sed más densa y desesperante de su vida. La enfermera se acercó con arrugas en vez de ojos. Lo miró sin ánimo, le dijo algo que él no entendió. Tuvo ganas de llorar. Lo intentó, pero sus sollozos eran meros suspiros huecos y secos. Sintió que tenía dos bocas y que la que siempre había tenido no le servía para nada. La traqueotomía pensó. Le dio más miedo. Intentó hablar, una lágrima rodó por su mejilla. Es una gota del sueño pensó, yo ya no tengo agua. Planificó moverse pero tuvo miedo en desmoronarse interiormente. Se preguntó por un momento si podría ir a la playa con esa cicatriz que iba desde su hombro hasta la altura del riñón y que ahora era una sensación fría que de alguna forma le producía un terror insoportable. ¿Jugaría básquetbol? ¿Le podría hacer el amor a Claudia? ¿Viviría?

La sed era insoportable. Lo ahogaba. Entró su madre con la expresión propia de haber descubierto la forma de levitar. Y le publicó una sonrisa a Sandro sin mover los labios. Sandro la abrazó con todas sus fuerzas sin tocarla y se dejó llevar en lágrimas que venían importadas de su sueño. Le señaló con la mano que quería agua. Su madre mojó un algodón y le humedeció los labios. Al rato entro Nicolás.

Nicolás Y Sandro habían sido amigos desde la infancia. Sandro al ver el semblante de Nicolás, sintió culpabilidad de haberle propinado a su amigo esa expresión de angustia y profundo dolor. Sintió la necesidad de pedirle disculpas por haberse enfermado. Por haber dejado de pintar aquella vieja casa juntos, escuchando a Queen y música trova, en el viejo tocadiscos de la abuela. Ese trabajo lo realizaban con la absoluta convicción que duraría para toda la vida. Hasta hablaron de pintar como medio de sustento, mientras cantaban canciones en inglés que ninguno de los dos sabia pronunciar. La cuestión era alargar lo más que se pudiera aquel trabajo. Pero Sandro enfermó, o quizás nunca había sanado. Tuvieron que extraerle el pulmón derecho para salvarle la vida. Nicolás sintió que también se lo habían extraído a él.

Sandro nunca se había dado al cigarrillo o alguna actividad que ponga en peligro su salud. Las travesuras que hacían con Nicolás difícilmente podían ser consideradas faltas a la buena crianza. Siempre se portó bien y trató a todos con respeto y consideración. Tenía un corazón tan noble que sólo puede ser adquirido como trasplante divino. El mismo corazón que uso para escuchar a Nicolás, con lujo de detalles y paciencia patriarcal, todo lo que se había demorado en darle a Maritza el beso que había planificado desde que la conoció. En la Costa Verde, empezó besando sus mejillas de niña buena; siguiendo por su frente, sus cejas, incluso su cabello; hasta finalizar, casi dos horas después, luego de haber recitado de memoria a Neruda y después a sí mismo, con un beso de película antigua, pero a todo color, en sus labios temblorosos. Sandro lo escuchó con atención y se alegró con el suceso. Ambos se fueron a jugar básquetbol hasta la puesta del sol. Nicolás pensaba, mientras lo miraba recostado, que Dios era un ser divorciado del sufrimiento humano. Sin sentido de la congruencia causa efecto. Y lo odió un poco. Porque Sandro no merecía nada de esto.

Era jueves todavía cuando la misma enfermera de arrugas en vez de ojos anunció que el horario de visita había culminado. Sandro sintió una sensación de desamparo que traspasó su propia mirada. Nicolás la percibió y le dio una palmada en la mano, asegurando que mañana vendría. Todos abandonaron la sala. Sandro pensó que no moriría porque era jueves. Sería demasiado literario pensó. Nicolás pensaba lo mismo mientras salía por esos pasillos lúgubres y que parecían pertenecer más a un museo, que a un nosocomio.

Esa noche Sandro sueña que está rodeado de agua y abismos. Entra en una catedral gótica con puertas echas de alas de gallinazos, escapando de unos monjes vestidos de marrón oscuro que tenían en lugar de ojos, unos cirios de llamas rojas. Las paredes de la catedral están formadas de partes humanas y el mortero usado es aceite de pescado. Los monjes lo llamaban por su nombre y ladraban como perros. La tercera noche no soñó más. Asimismo, las demás.
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Se recupera en dos años.
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Su amistad transcurre intacta a pesar de las distancias geográficas.

Han pasado diez años desde la cirugía de Sandro, ahora, lo atribula una vez más con una noticia dolosa, llama a Nicolás y le cuenta que su padre tiene cáncer. Nicolás está lejos. Nicolás siempre está lejos de todo justo en los momentos que lo necesitan o que desean su compañía. Ha optado por desterrarse de sus seres queridos y de las amistades que ha considerado familia desde que tenía uso de razón. Quisiera consolar y dar ánimo a Sandro, pero desiste porque piensa que las palabras fluidas no pueden desplazar una presencia silenciosa.


Sandro partirá para España o Alemania en julio del 2009. Acaban de hablar por teléfono. Nicolás no le ha dicho que lo quiere mucho porque sería muy cursi. Y él evita ser cursi a toda costa. Nicolás sólo desea que Sandro viva más que él. No como Aurelio. Y que mantengan, como siempre lo han hecho, esa amistad de granito que ha superado las distancias, los contratiempos, la vida misma.