sábado, 23 de enero de 2010

En las gardenias, una piedra

A mi amigo Daniel Taipe


Al siguiente día tomó el otro camino, donde no crecían plantas y donde todas las piedras eran pecas sobre una cara corroída por el silencio. Algunas golondrinas volaban bajo entre nubes de polvo como pedazos de papel a medio quemar que escapan de una hoguera. Ladridos de perro a lo lejos. El sonido del río abajo en la quebrada. Un rosario enorme colgaba de su cuello y un ramo de gardenias ondeaban debido a su paso ligero en su mano izquierda, el bolsillo de un gastado saco de gabardina estaba henchido de billetes de cien soles. Tenía un poco de hambre y en las comisuras de los labios se formaba una materia pegajosa y blanca debido a la sed. No disminuyó el paso, ya casi estaba por llegar. Una piedra enorme de forma rectangular estaba postrada sobre la senda, mirando hacia los cuatro puntos cardinales, hacia el sol y hacia la tierra. Bien podría ser una piedra, dijo en voz alta Renzo.

Tenía que pasar por una casa morada y dar vuelta al cerro antes de llegar a su destino. La casa estaba cubierta de una enredadera donde casi siempre veía lagartijas escabulléndose entre las flores azules en forma de campana. En la azotea un perro pequeño vestido con un chaleco negro ladraba y corría de un lado a otro. Una niña con overall, botitas de hule rosadas y cintas del mismo color en las largas trenzas caminaba despreocupada por la orilla con un balde de comida y otro más pequeño lleno de agua. El perro corría a su alrededor dando brincos de alegría y moviendo la cola impetuoso. Me gustaría ser feliz de forma simple, pensó Renzo. De pronto, el perro posó ambas patas sobre el pecho de la niña y esta tras un leve quejido de admiración cayó al suelo. Renzo se acercó corriendo pero nada atinaba a hacer mientras un hilo rojo que salía del oído de la pequeña serpenteaba con una calma inusitada.

Tocó la puerta fuerte y gritó por auxilio. En segundos una mujer de cabello castaño y desordenado gritaba desconsolada de rodillas delante del cuerpo inmóvil de la niña. Renzo corrió a la carretera que se encontraba a medio kilómetro, asido del ramo de gardenias y con la otra del rosario, moviendo los labios repitiendo una plegaria que entrecortaba diciendo Dios mío, Dios mío. En lontananza divisó una destartalada camioneta que transportaba gardenias. La madre de la niña ya corría cargándola hacia la carretera. El la tomó en sus brazos y los tres subieron en la tolva.

El camino transcurrió en silencio. Los ojos de la madre perdidos mirando al horizonte. La niña inmóvil. Renzo aferrado al rosario y a las gardenias. Al cabo de quince minutos llegaron a un centro de salud. Renzo dobló con cuidado un billete y se lo dio al chofer de la camioneta, le dijo que no tenía cambio, Renzo no le respondió y entró con la niña en brazos. El guardián del establecimiento dormía recostado en la puerta. Las dos únicas enfermeras estaban en un poblado cercano enseñando sobre lactancia materna y el único médico de turno estaba sentado tras un escritorio cortándose las uñas.



- La niña está muerta – dijo el médico sacando un pedazo de piel con los dientes de su dedo pulgar, tras auscultarla. – Tengo que hacer el acta de defunción, - agregó.
Renzo miraba como la madre empezó a contarle todo al médico. A veces entre sollozos decía, mi niña, mi niña, interrumpiendo sus respuestas. Renzo quería en ese momento abrazarla, tocar su cabello y decirle lo mucho que lo sentía, lo mucho que le dolía ver a su hija muerta.

- Nombre de la madre – dijo el médico.
- Concepción Regueiros Vda. de Alca.

El médico seguía preguntándole mientras llenaba un papel. En eso se resume tu existencia. En un poco de preguntas y respuestas. Fechas y sucesos que no te describen. Un papel firmado por las uñas cortadas y limadas de un médico que no pasaba los treinta años. Renzo pensaba en todo esto al sacar otros billetes de su saco para dárselo al médico. Luego al gobernador, al teniente alcalde, al dueño del cementerio, al carpintero que ya tenía varios ataúdes listos, al pintor, al enterrador, a un niño para que vaya a buscar al cura. Nadie tenía cambio.

Aquella noche mientras velaban el cuerpo se sentó al lado de Concepción aturdido por el frío que se arrastraba de los nevados, la miraba de soslayo sin decir nada. Llegando la madrugada vio que sus manos estaban teñidas de verde por el ramo de gardenias y que su rosario le había manchado la camisa blanca. Se frotó las manos en su pantalón. Las gardenias aun no estaban marchitas, trajo un poco de agua y se la ofreció a Concepción. Recordó que no había comido ni tomado nada desde que empezó a caminar el día anterior. Pero tomar agua delante de Concepción le pareció un acto frívolo y desconsiderado.

- Doña Concepción, el carpintero me pregunta qué colocar en la cruz.
- Su nombre, - dijo casi delineando las palabras – Consuelo Alca Regueiros.
Quiso también preguntarle la fecha de nacimiento, pero le pareció inoportuno. Regresó al centro médico y lo averiguó. El único carro policía de la zona lo transportó. Les dio los dos últimos billetes.

Los cerros eran los mismos que el día anterior. El valle lleno de un verdor festivo y el murmullo de las aves le parecieron un acto cruel de la naturaleza. El féretro reducido viajaba en sus hombros y en los del enterrador. Al ingresar al cementerio una señora vestida de negro rociaba agua con una regadera al pie de una cruz de madera como la que llevaba Concepción. Sintió más sed. El cura no llegaba. Al cabo de una media hora, el niño con la cara manchada de barro y sudor les dijo que el cura había ido con las enfermeras al pueblo vecino y que vendría mañana.

Renzo tomó su rosario y elevó una plegaria. Cada palabra le parecía torpe y áspera. Concepción no dejaba de ver el ataúd y su lento descenso. Renzo se sacó el rosario y lo guardó en el bolsillo sin decir amén. Tomó las gardenias y las colocó junto a la cruz.

Miro a Concepción, sus ojos cerrados eran dos gaviotas volando al poniente…

6 comentarios:

miralunas dijo...

me he quedado mirando esas golondrinas como pedazos de papel a medio quemar y a Renzo con sus gardenis y sus soles.
y a la niña muerta.y esas dos gaviotas volando hacia el poniente.

dejo un beso en tu alma de escribidor, Leonardo, y en tus ojos imaginadores y en tu frente.

Anónimo dijo...

Hay un extrana forma de crear esas pinturas, aquellas cosas que te hacen sentir que llevas lo que sientes por dentro mientras lees. tienes un talento especial para escribir. mucho mas para sentir.

maria t.

Luly dijo...

Me ha gustado mucho esta entrada, cada palabra calza tanto con la otra que uno no puede dejar de leerlas.

Felicitaciones :)

Besos y abrazos.

Anónimo dijo...

La entrada no me gusta. El resto bien, pero hay mucha simbología. Cuidado con estar leyendo a Dan Brown, que eso puede embrutecer.

Tu prosa está mejorando notablemente.

Pedro C.

verdemundo dijo...

Miralunas, gracias por los besos amiga poetisa. Serán recordados.

Maria trespatines?, hace tiempo que no te veía.. tu tono ha cambiado.. todo bien?

Chévere Luly, abrazos para ti también.

Pedro C. hace tiempo que no venías a dejar tu aguijón por aquí. Sin embargo tu última frase tengo que agradecerla.

Inz (né) dijo...

No he visto mejor forma de presentar la muerte que esa... quedarte con las flores en la mano, con la vida, con todo lo que tenias quedar. Donde luego se va yendo eso de a pocos...

me gustó mucho, felicitaciones de este inzipiente fan. Enormes gracias por la mención, a L también le gustó. Estoy seguro que a Jani más.