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viernes, 31 de julio de 2009

Mensaje a la nación



Feliz 28 de julio a todos mis compatriotas peruanos. Soy peruano porque si volviera a nacer escogería ser peruano.

Ese fue mi mensaje a la nación. No como el de Alan García que de tanto hablar piensa que habla bien y sus frases trilladas y criollas arrancan aplausos de algunos que piensan que es todo un intelectual. No más comentarios sólo esta imagen de Rossel que es mejor que mil palabras (considerando también que aquí no se le rindió homenaje a Michael Jackson, esto es lo mejor que puedo hacer).



A quien quiero rendir homenaje es a esta niña fabulosa y preciosa, la única dueña de mi corazón. Tiene unas ocurrencias y una alegría contagiosa y estoy seguro ella es la medicina de todos mis males. Aprovecho para denunciar a sus hermanas que se aprovechan de su bondad y le hacen hacer cosas como este video. Me denuncio a mí mismo también porque yo no la defiendo y dejo que ellas la hagan bailar, imitar a gente, hacer de conejito, etc. (Hay que aprovechar que está chiquita).



Esta es un foto de una de las malévolas hermanas y a la otra no la puse porque tanta maldad es ya censurable en cualquier blog.

sábado, 31 de enero de 2009

Mientras crujen los huesos (primera parte)

Tomo una botella de Atlas bien heladita, le pido un lapicero a la mesera y mirándola a los ojos le miento en seco, diciéndole que se lo devolveré. Saco de mi mochila el cuaderno de Hello Kitty que me regaló Liliana, cándido, rosado e inmenso, así como tierno y digno de ser sacado hasta en las reuniones de trabajo. Empiezo a escribirle a El Gchu, que se casa, y termino escribiéndole a Milagros algo que, probablemente, tampoco enviaré. Todo ha sucedido tan rápido que me da la sensación de haberme quedado varado en alguna parte de esta travesía y que mi cuerpo anda por ahí flotando, o mejor aún, bailando en alguna discoteca ochentera en pleno año 2009, y lo que me acompaña en este momento es la mera carcasa de un espíritu sujeto con goma de mascar. Estoy en un bar del Tocumen, Aeropuerto Internacional de Panamá esperando por el vuelo a mi insuperable Perú.

Hace un par de semanas sufrí un accidente “traumante”, traumático y traumatizante para mí y para los boquiabiertos testigos que unísonos repetían “Oh my God, Oh my God”, viendo mi pie derecho colgando como cadáver de pollo en pleno mercado tercermundista. Mis 92 kilos alcanzando la altura de 3.30 metros en un salto vertical para recuperar un rebote, aterrizaron sobre el pie de otro jugador, Ralph, haciendo torsión con mi peso y culminando en mi ceniciento tobillo, que a manera de protesta, decidió abandonar su puesto de trabajo e irse a conversar con otros huesos desconocidos. En ese momento sentí que era una mujer virgen y que con caderas estrechas daba a luz a trillizos con hidrocefalia temporal. Mis gritos bien podrían haber sido la representación gutural de una conquista medieval. Tendido boca arriba y con mi pie apuntando a otra dirección totalmente inerte, lo primero que pensé fue “puta madre, voy a engordar”. En ese preciso instante Ralph, un musculoso negro de 2.05 metros de altura, me tomó de la mano (no jodan) y me empezó a gritar “you’ve got to fight man, fight de pain, fight it!”. Entonces me trasladé mentalmente a una película gringa representando la guerra de Vietnam y que me habían herido, y que a fuerza de alientos verbales sortearía la muerte, o moriría valientemente sin derramar una sola lágrima gritando “freedom!” así como Mel Gibson ahuyentaba la mariconada a fuerza de alaridos mientras le cortaban las gónadas en Braveheart.

Cinco minutos más tarde tenía un policía a mi lado impecablemente uniformado mirando mi tobillo y diciendo “Oh my God”. Pasaron tres minutos más y cuatro paramédicos entraban con una camilla como las que usan en la serie ER. Y uno de los más jóvenes me preguntaba qué me pasaba. Tragando saliva espesa, con el dolor devorando mis neuronas quería decirle “no me pasa nada, sólo quería saber si George Clooney todavía trabaja con ustedes”. En realidad eran tres adolescentes en prácticas para ser paramédicos y una mujer paramédico de mediana edad que con una mirada me regaló un poco de calma y con otra derritió al que preguntaba que cuál era el problema. La paramédico mayor señaló mi tobillo que colgaba como chivo expiatorio degollado de mi pierna y el preguntón replicó con cara desencajada “Oh my God”.

Al pasar en camilla amarradito como tamalito verde en vitrina, recuerdo “carajo, justo la clase de aeróbicos”. Se detiene la música y todas las bellas féminas duritas y apretaditas del gimnasio se acercan para ver a este pobre huevoncito más pálido que emo japonés, con una sonrisa de cojudo, a punto de saludarlas con la palma de la mano como si hubiera ganado un concurso de belleza.

Mi siguiente preocupación es el frío al salir del gimnasio, la temperatura está a -22 ⁰ C. Entonces le pido a Ralph que traiga mi ropa del casillero. “No se preocupe por el frío” me dice el preguntón en vías de paramédico aunque en ese momento hubiese querido que esté en vías de extinción, juro, me daba ganas de preguntar su edad porque el solo hecho de que me ande toqueteando me infiere una idea delictiva al menor. “Tenemos un mantita para protegerlo del clima”. Felizmente, pienso. Estos gringos, seguro tienen una manta súper moderna, eléctrica y hasta con conexión internet para estos casos. Madre. Era un pedacito de tela parecida a las que te dan en los aviones. Hubiera preferido la que me tejió mi bisabuelita que a pesar de su ceguera, lograba realizar estas manifestaciones textiles de cariño.

Salgo al estacionamiento en mi pesebre rodante, y no pues, no es que te de frío. No es que te frotas un poquito los brazos y ya. No. El frío no es frío. Es una chaveteada olímpica por todo el cuerpo, es una despellejada con cuchillo sin filo, que te inutiliza hasta para reconocer tu propio sexo. Para colmo los tres aprendices no saben usar la camilla que se acopla y se sube automáticamente al vehículo. Con amabilidad les sugiero, “me bajo y me subo a la ambulancia, que si no me mata el dolor del tobillo, la hipotermia será un asesino mucho más eficaz”. Llega Ralph con mi casaca y con cara de haber cometido un crimen. “You fucking fight that pain man” le sonrío, agradezco y me cubro con la mantita para enanos que me dieron estos huevas y que apenas me cubre el ombliguito al descubierto.

En la ambulancia me toman mi presión y mi pulso, mientras yo les converso entre quejidos de animal nocturno cualquier cosa que se me viene a la cabeza. De pronto la única mujer entre los aprendices mira desconcertada a su compañero, ella es de rasgos asiáticos pero sus ojos se abren como caricatura manga (¿por qué todos los mangas tienen ojos inmensos?), y le dice “¡no encuentro su pulso, no encuentro su pulso!” hundiéndome los dedos en el brazo. Yo no me aguanto y contesto “¿ya me morí?”. La única paramédico y conductora de la ambulancia ahora con más vergüenza que ganas de reprenderlos les dice que mantengan el tobillo en alto. El otro cuasi paramédico, pelirrojo, delgado y de piel casi transparente extrae de una gaveta numerosos papeles. Los firmo sin mirar. Por algún irracional motivo confío en los pelirrojos. Pero cuando me empieza a hacer una encuesta sobre la calidad de su servicio me da ganas de dislocarle el tobillo con mis propias manos y compartir camilla con él.

En la sala de emergencia del hospital Robert Wood Johnson el primero que me ve es el conserje que desinfecta el piso sin ánimo, de pronto mi tobillo le devuelve expresión al rostro y me dice, acercándose con el trapeador “Oh my God”. Unos segundos más tarde viene una enfermera de rostro angelical, de intensos ojos azules y de maneras gráciles. Su presencia me convierte en Rambo. Ya no me quejo. Saco pecho, flexiono mis bíceps. Poso. Ella me pregunta algunos datos y yo quiero darle una biografía de mi vida en versión éxitos only. Me pregunta a quién debe contactar. Mi sonrisa coqueta se borra en un santiamén, no sé qué responder, Juliette debe estar durmiendo, no quiero molestar a nadie. Para comprar tiempo le pregunto con cara de asilado político si en ese espacio puede colocar su número telefónico. Ríe con ética profesional. Saco mi celular y le doy el número de Gabriel. Es el único que se me ocurre.

“Te voy a colocar un catéter venoso, va a salir un poco de sangre”. Por ti, hasta la última gota, pienso tratando de disimular mi carita de enfermo. Le pido que le tome una foto a la aberración que tengo por tobillo y me la envíe al celular, en el fondo sólo es una treta para conseguir su número. Lo hace. Acto seguido, me inyecta una droga que simplemente la convierte en un ser intenso, rodeada de ese cabello dorado, hasta puedo ver que le crecen alas de colibrí y no se desplaza, si no que vuela en la habitación como un hada madrina y me ilumina todo con esos ojos brillantes y dóciles. Sin embargo el dolor no disminuye.

Entra la doctora, me siento el de mayor edad en la sala, es una joven polaca, pecosa, musculosa y sin revelación humana alguna en el rostro. Otra vez el “Oh my God”. Llama a su colega traumatólogo. Viene un muchacho con pinta de surfer hablando por su iphone, risueño y mirando su reloj. Con tanta juventud rodeándome la primera idea de amputación discurre por mi cerebro.

sábado, 4 de octubre de 2008

19 julio de 2023


Al salir de la ducha luces tan bella como hace 15 años, la toalla que aprieta tus senos da la sensación que te acaricia, la otra en tu cabeza te brinda la oportunidad de ser una princesa zulu. Tu despiadada sensualidad te hace invisible. Irreal. Vas caminando hacia la habitación donde ya no dormimos hace quién sabe cuánto, pero te vas meneando con la única forma que has caminado para todo, hasta cuando fuimos a bautizar a Alessandra y el cura no hacía más que agarrar su rosario fuerte cual salvavidas, como una diosa encaprichada. Tu cabello que es ahora rojo intenso como si fuera sacado de una escena de crimen pasional se suicida por tus hombros. Un portazo me cachetea el alma. Esta vez no hay marcha atrás.

Sentado en el comedor me sirvo un vaso de whisky, son las 8 de la mañana pienso, qué chucha, me respondo. Y en el primer trago que me va pateando la tráquea como futbolista encojonado tengo la certeza que todo era mejor cuando no teníamos todo esto. Miro alrededor y no termino de ver la sala, es tan grande pienso. Cuadros de Mara Rosario, le dije que su nombre sí era artístico, que por fin se decidió a pintar llenan las paredes. Más tarde vendrán a almorzar, y todo será diferente. Ya no seré parte de ellos. Habré perdido filiación. Liliana felizmente está lejos porque si no sería demasiado. Nos ha ido tan bien que estudia medicina en La Sorbona, y habla francés como si siempre lo hubiera hablado. Sería demasiado verla y contarle lo que vamos a hacer en una hora. Ella no me lo perdonaría nunca.

- Ya estoy lista. – Me dices, sin mirarme.

Al verte siento que te voy a extrañar, todos los días hasta el fin de mi vida. Porque desde que te conocí siempre te he extrañado. Porque reír a tu lado es irremplazable. Porque cada vez que te veo durmiendo siento que el tiempo se detiene, que los grillos se callan, que la luna se deja de vainas, que la noche, sus mariposas y todos venimos de puntitas como cojudos a observarte. No sé que voy a hacer sin ti.

Alessandra se levanta y sale caminando restregándose los ojos justo cuando estamos por salir. Te miro, me miras, puedo ver que todavía tienes lágrimas pero que no se atreven a rodar por tus mejillas, hasta ellas no hacen ni un carajo sin tu consentimiento.

- Te espero en el carro. – Y bajas fulminante con tus botas alucinantes.

Yo abrazo a Alessandra. Es idéntica a ti y a Liliana cuando eran chiquitas, ustedes me han estado secuestrando el corazón con ese rostro hace más de 20 años, no es justo. Papito y mamita verán al tío Rubén y regresamos a desayunar contigo ¿ya mi amor? Dile a Eugenia que te prepare lo que quieras. Rubén es hermano del esposo de Mara y es abogado.