lunes, 1 de febrero de 2010

Cuando la muerte alcanza a escritores y humanos sentados



Eloy Martínez, ha fallecido. Lo que me hace pensar en por qué personas con menos garbo para la vida no deberían correr la misma suerte. Hace unos días un amigo editor de una revista universitaria americana me pidió que le haga una nota de 1000 palabras sobre la obra de Julio Ramón Ribeyro. Accedí, pues pensé que habiendo leído todo lo escrito por él (incluso el cuento inédito Surf) y algunas notas periodísticas y bibliográficas me bastaría para dicho fin. Estuve equivocado. Tal parece que aquello no es suficiente, que uno también debe tener un nivel de interpretación agudo y educado.

Ayer lo llamé y le pedí disculpas por desistir. Me respondió, tu problema es tomarte estas cosas que te gustan muy a pecho. Sólo escribe.

También tengo una tarea dejada por un afamado escritor con un pie forzado. ¿Por qué Blancanieves está en Nueva York? Ando días pensando en eso y sólo vienen a mi cabeza cosas interiores sin mucha estructura. Mañana es la entrega y tengo que escribir tratando de no ser cursi. Difícil.

En fin. La situación es que Eloy ha muerto. Y todavía no salgo de Salinger. Aquí una nota de mi buen amigo y escritor Alonso Cueto.

La carrera de J.D. Salinger, quien murió la semana pasada a los noventa y un años, es una afirmación de la supervivencia del arte de contar.
Después de servir en el ejército durante la Segunda Guerra Mundial, acompañado de una máquina de escribir, Salinger creó a Holden Caulfield, uno de los personajes más queridos, perdidos y solitarios de la literatura contemporánea, un personaje que nos habla muy de cerca desde que empieza El guardián en el centeno (1951).

En ese inicio, Caulfield renuncia a hablar de sus antecedentes y proclama: “Solo voy a contarles una cosa de locos que pasó en las navidades pasadas…”. Este lenguaje directo, cargado de una jerga que no envejece, la autoridad con la que cuenta el narrador y la composición ambigua de Caulfield, son grandes proezas de la narrativa moderna. Caulfield es inseguro, violento, inapropiado, pero también tierno, necesitado y vulnerable. Ama a su hermana tanto como odia a sus padres y a sus profesores. Es un héroe imperfecto, como cualquiera de sus lectores.

Salinger, quien hace varias décadas se retiró a la casa de campo en Cornish, New Hampshire, se hizo famoso por renunciar a la fama. Todo indica que siguió escribiendo, mostrando que el silencio es el hogar natural de un escritor, y no los ruidos que rodean a cualquier publicación. Puede decirse que pocos lo conocieron de veras y sin embargo en realidad cuánto lo conocimos.

Salinger era Caulfield: si lamentamos la muerte del primero, le agradecemos habernos dejado el segundo para siempre.

4 comentarios:

Inz (né) dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Inz (né) dijo...

Una vez dijiste que en realidad morimos cuando nuestra memoria se desvanece... gracias a personas como tu, el recuerdo de estos grandes tipos puede aún lograr su cometido... educar... ilustrar.

zayi dijo...

Te comprendo...yo también me tomo las cosas de un modo personal... la muerte de Benedetti en mi vida hizo estragos, como la de la Negra... supongo que cuando leemos mucho a alguien, sin querer lo volvemos parte de nuestra gente.
Un beso.

descremado dijo...

Leo ojalá te veamos mañana, sino lloro. Y ojalá te traigas un cuento y un abrazo. Realmente la vas a hacer bien, tienes suerte. Si tan sólo dejaras de beber y de paso los antidepresivos.
Mariquita cursi para los amigos