sábado, 17 de setiembre de 2011

Carta al pasado



Nevó demasiado anoche y hoy no pude sacar el carro para hacer mis visitas. Luego la temperatura congeló lo poco que había de humedad durante la madrugada. Una capa delgada y tiesa, brillante y compacta laminó la superficie de todo. Y los vientos del norte, han inundado el paisaje con su ruido hondo y la sensación de una quietud incómoda. Sí, hay cierta belleza, la soledad intensa y blanca, un cuadro pintado con la obsesión del detalle. Arboles con los dedos cristalinos. Uno se pone a pensar, alguien tiene que estar muy enfermo para crear tanta prolijidad en lo nimio. O muy aburrido con la eternidad.

Me apena no ir a trabajar. Yo que quise siempre ser escritor y ahora vivo la ficción de otros. Es un trabajo que paga bien, llevar la puesta en escena al espectador, en su casa, sus fantasías, escarbar su ternura, ahuyentar el miedo. Que se sirvan del cuerpo de uno.

Por eso te escribo, ayer me trasnoché viendo un programa. Hacen avances interesantes sobre los universos paralelos. Para cuando se tenga una mejor concepción estaré muerto. En este universo al menos. Hay vacuidades irresueltas entre el tiempo y el espacio. Así explican. Bifurcaciones que hacen posible alterarlos, rescatar las corrientes del pasado y reescribirlo para aumentar, para evitar. Ay, los seres humanos y esa convicción de creer corregirse.



Dicen que van a empezar a mandar objetos al pasado, unas cápsulas que van acelerando hasta hacerlas desaparecer, ya en Suiza, hace 20 años hacían estas pruebas. Sensores que registren los otros universos. Por eso te escribo esta carta, para que sepas que pasará contigo si tomas las mismas decisiones. No sé por qué te trato en segunda persona si somos el mismo. Debe ser la lejanía que quiero aparentar.

Te cuento que hace un par de semanas cumplí 52 años. Todavía voy al gimnasio a nadar tres veces por semana y los demás días corro en la máquina. Dejando un día, me llaman a trabajar. Tú decide ahora si es un buen trabajo o no. Se trata de pacientes con Alzheimer, no, todavía no encuentran la cura, pero hay terapias extraordinarias que los mantienen felices y a los familiares tranquilos.

Las llaman esterilizaciones. Reprograman su mente con sus propios recuerdos y yo soy parte de ellos. Te dan un rol: padre, hijo, esposo, amigo; usan mi cara, mi cuerpo y yo voy y cumplo las labores que ellos necesitan para hilvanar esos recuerdos. Voy a sus casas y hacemos las grabaciones para el próximo tratamiento.

Cuando sus familiares quieren dejar al paciente en cuidados de nuestra organización es que empiezan los experimentos. Empezamos a crearles realidades distintas a las que vivieron. Esto parece disminuir el avance de la enfermedad. Les reconstruimos la vida con anhelos, esperanzas de tapiz, trabajos que ellos disfrutan, se los ve felices. Se ha creado una comunidad con estos pacientes.

Hace 20 años tenías la convicción de que solo, estarías mejor. Tu divorcio y la pérdida de tu hija habían terminado con cualquier vestigio de ilusión. Pues, cinco años después, tuviste la oportunidad de casarte otra vez, pero no lo hiciste. Ella te adoraba y tú no parabas de hablar riendo cada vez que estaban juntos. No sé si hubiera resultado. Eso, yo, nunca lo sabré.

Sólo quiero decirte que envidio a esos pacientes.

3 comentarios:

patty yañez dijo...

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kawsay dijo...

Me gustó mucho el texto, sería bueno saber quién es el autor o ¿acaso se le olvidó escribir su nombre? ¿se estará contagiando el personaje de sus pacientes? Me parece que tiene una prosa muy sugerente, enigmática, y provoca saber más. Felicito al autor, aunque mañana se olvide.

verdemundo dijo...

Gracias Kawsay, hace tiempo que no me animaba a colocar algo mío.