jueves, 20 de octubre de 2011

El dios es Banville (Recortes de Los Infinitos, John Banville)



Beckett se nota en la prosa de Banville pero de una forma lateral, se ha agregado la descripción pulida de Nabokov y la funcionalidad de las historias de Saul Bellow. Los infinitos, la última obra de John Banville peca de ingeniosa, sutil, profunda y nos sumerge a todos en su pecado, en su vasta luz mortecina.

Adam Godley, padre, está al borde de la muerte por una isquemia. Adam, hijo, y su esposa Helena han venido a visitarlos, así también un amigo de la familia, Roddy Wagstaff, que desea hacer una biografía del moribundo. Petra, hermana de Adam hijo, es una mujer atormentada por su imaginación, una suerte de Remedios, la bella, atrapada en sus propios ensueños y fijaciones. La esposa de Adam Godley padre es una mujer alcohólica y por momentos parece demente. La familia y Roddy se reúnen para presenciar la muerte del padre, así también dos seudo sirvientes, que viven cerca, Ivy y Duffy. Pero estos eventos, complicados ya, se vuelven aún más extraños por la visita de los dioses Zeus, Hermes y Pan. Zeus adopta formas humanas para acostarse con Helena, Pan en la forma de Benny Grace, amigo de Adam padre y Hermes que es el narrador “casi omnisciente” que logra internarse en los pensamientos de cada uno, pero que, cuando toma formas humanas no sabe lo que ocurre en la habitación continua.

El límite cuando tiende al infinito es una manera matemática de explicar este libro. Pero infinitos superpuestos es ya una forma poética, la teoría de la renormalización, que trabaja con varios infinitos a la vez, para entender esta desnormalización en la vida de esta familia. Estos dioses que juegan con las tragedias humanas sólo para hacer su insoportable existencia, viable. Pero en el fondo, los dioses envidian la fugacidad, la lealtad del amor imperfecto, la trivialidad de lo efímero: el ser humano, su propia creación.

“Para nosotros, los inmortales, no hay Cielo, ni Infierno, no hay arriba o abajo, sólo un infinito aquí, que es como no estar aquí. Piensa en eso” (pág. 15 la traducción es mía).

El narrador es Hermes, el que condujo a Príamo para rescatar el cuerpo de Héctor en el campamento de Aquiles. Hermes, durante el transcurso de un día, nos cuenta, a veces al oído, otras desde un podio, pero siempre con una minuciosidad y estética grandiosa, lo que ocurre con cada personaje y lo que los dioses quieren para sí mismos.

Nada en este libro es gratuito, esa es, quizás, la debilidad, una construcción tan esmerada tanto en la prosa como en los conflictos no puede ser leída sin la constante alerta de lo que significa el lado B. Por ejemplo, los nombres, Adam, el primer hombre, según la Biblia, siendo sacrificado y el hijo, que simboliza Jesucristo, sin afección por nada excepto la atracción a su esposa; o incluso el Dr. Fortuna, el médico de la familia, donde destruye la capacidad de la ciencia. Ciencia y religión destruidas. Sin mencionar Helena, Benny Grace, quien creo, al final su nombre alcanzará su verdadero significado. O el apellido de por sí, Godley, que mal podría ser traducido como Godlike o lo que se parece a dios o divinamente.

El entorno siempre se ve afectado por la falta de luz, dando a los personajes un efecto fantasmagórico. La luz siempre duda en entrar a las habitaciones.

“La luz cae desde el techo de vidrio como una lluvia silenciosa, indiferente, una cosa absorbida en otra, todo junto” (pág. 140)

“La luz del día parece dudar un momento antes de entrar” (pág. 144).



Guiños a Shakespeare y Nietzche. La fuerza de una prosa impresionante y no diseñada para impresionar. Esa voz de Hermes tan segura para contar los hechos y las explicaciones sobre su estancia, sobre los móviles de los dioses. “Entiendo tu escepticismo. ¿Por qué en tiempos como estos regresarían los dioses entre los humanos? Pero el hecho es que nunca nos fuimos, sólo nos dejaron de entretener” (pág 202).

Los infinitos resulta, por temática, una novela existencialista: habla de la muerte o la otredad como límites del individuo, y del amor como superación, quizás falsa pero consoladora.

Esta novela es, hasta el momento, la mejor que he leído este año. Sí, es demasiado ingeniosa y estilizada. Hay un trabajo minucioso y equilibrado. La historia parece, por momentos, que deja cabos sueltos; pero las imágenes y la prosa construyen, suplen, inyectan una creación magnífica ¿Serán estas las claves de una novela genial? Es probable.

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