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domingo, 13 de setiembre de 2009

Carta a Milagros



Querida Milagros,

Lee esta cursilería.

Adiós,

Al final creo que los dos hemos perdido.

Yo porque perdí lo que más amaba y tu porque perdiste a quien más te amaba.

Pero de nosotros dos, tú pierdes más que yo, porque yo algún día amaré a otra, como a ti te amaba, pero nadie te amara como yo lo hacía.

No dejes nunca a quien te ama por aquel que te gusta, porque ese que te gusta te dejara por quien ama.


¿Quién escribe estas tonterías ah? Chapa tu almohada nomás loser.

Bueno, respondo tú última carta,

En el trabajo bien, sigo siendo el mismo payaso de siempre pero ahora con viáticos, que según mis amigos, es una forma de haber alcanzado el nivel de ejecutivo al que todos apuntan. Yo nunca he querido ocupar ningún cargo gerencial, pero parece que todo el mundo piensa que sólo para eso sirvo, para dirigir cosas que no entiendo bien pero que soluciono sin levantar la voz y sin reunir a toda la junta para consultar nada. Los "viáticos" a que me refiero, (¿qué diablos significa viático realmente?) son por viajar, poner cara de empresario feliz y acomodar clientes con una pipa y pantuflas. Ser un cortesano sonriente con la fuente llena de comida y tragos, los más caros. Acompañarlos con despabiladas mujeres. Apuntar sus observaciones tomando con la otra mano mi barbilla en señal de total atención. Si me vieras. Jamás hubieras imaginado al barboncito que iba a la universidad con su pijama con estas poses de gerentito de bodega. Y haciéndoles firmar contratos que después voy a tergiversar sin el más mínimo pudor ni ética.

En el amor bien, he visto que mi ex esposa se ha recuperado de nuestro divorcio con el mismo aplomo y rapidez con que firmó los papeles por la venta de nuestro departamento y la separación de bienes. El jueves pasado nomás, saliendo del nuevo restorán de Gastón en Enrique Palacios (su éxito me hace sombra), la vi bien abrazadita de un tipo que parecía recién salido de una sesión de modelaje de Gucci. Apreté los dientes, pero sonreí con naturalidad. Despechado, más tarde, llamé de mi celular a las “incondicionales”, que para mi sorpresa ahora tienen peticiones y poquito más lista de regalos en Ripley o Saga Falabella para salir a dar una vuelta. Borré los contactos de todas y me metí a ver una película en Larcomar, previo heladito.

En la salud bien, mi rodilla no volverá a ser la misma. O sea ya no funcionará más para practicar mi deporte estrella y tampoco podré hacer mucho ejercicio porque me han diagnosticado un mal en la columna que tiene que ver con malas posturas y mi obesidad en escalada. También tengo los días contados en la cabeza. Las últimas resonancias magnéticas no son nada entretenidas. Parece que me van a tener que hacer un trasplante de cerebro porque de alma, me dice el médico, todavía no se puede.

Un beso, Milagritos.

P.D. Gracias otra vez por el perrito que me regalaste, cada vez está más lindo y juguetón.

martes, 18 de agosto de 2009

La erradicación de los libros



"Estoy con un grupo escritores y editores que comentan el Amazon Kindle 2. Se trata de una caja electrónica con una pantalla, de un tamaño y forma parecidos a los de un libro. Se compra con varios cientos de novelas clásicas incorporadas. Luego, por diez dólares, uno puede ir adquiriendo las novedades de los autores modernos, cuya versión digital llega a la caja electrónica.

Preso del romanticismo, pongo una objeción. Uno no puede anotar sus comentarios en el papel. Mi objeción no es válida. En futuras versiones digitales uno podrá hacer apuntes al borde de los textos. Pongo otra. La sensualidad de las portadas. Tampoco es aceptada. Muchos libros digitales tendrán también carátulas. ¿Qué desaparece con esta novedad? El olor al papel, la sensualidad del tacto. Me insisten en que lo importante es el texto. Me rindo. Quizá tengo que resignarme ante las ventajas del nuevo objeto: ocupa poco espacio, no gasta papel, es más barato.

Ya en casa, por el blog de Iván Thays, me entero de la aparición de un libro electrónico más moderno: Un Kindle de 530 gramos y de 26 por 18 cm. Y solo un centímetro de grosor. Y, en vez de los 1,500 libros del Kindle 2, este tiene capacidad para 3,500. Es el Kindle Dx y vale casi 500 dólares. Casi nada (para algunos). Apple, por otro lado, acaba de entrar en la carrera de la producción de libros electrónicos.

Pienso que un medio no desplazará al otro. Seguirán habiendo libros y librerías. Los manuscritos siguieron existiendo cientos de años después de la imprenta. Podrán coexistir los libros tradicionales y los electrónicos, quizá 50 o 100 años. Pero, a la larga, romanticismos aparte, el futuro es una caja con una pantalla, y no una ruma de libros en la mesa de noche". (Alonso Cueto http://peru21.pe/impresa/noticia/libro-objeto/2009-05-11/246238)

Yo si quisiera gozar de la compañía de mis libros subrayados, anotados y arrumados como testigos de un momento en mi vida. Quiero verlos avejentarse y guardar en sus páginas el olor, el café derramado, los marcadores simbólicos... esas conversaciones que tuve cual orate con cada escritor. Que me acompañen en una inmensa estantería como la de Mario Vargas Llosa.

Claro que yo también estoy pasando a formar parte de los artículos de antaño.

lunes, 10 de agosto de 2009

Vivir para contarla


A Lilian Ferrada.

Estoy haciendo mi primera relectura. Decía Borges que lo importante es hacer relecturas buenas, no leer indiscriminadamente. Esta vez no leeré en un trance casi autista deambulando por todos lados como un loco calato pegado a las páginas para marcar una estrellita más en mi lista de lecturas. Esta vez, me serviré un vasito de vino, prenderé la chimenea que no tengo y me saciaré hasta chupar los huesitos de cada línea que leo. No apretaré el acelerador. Ya no quiero competir para llegar a los mil libros antes de que me lleve la Pelona. Aunque ya se llevó mis pelos.

"Desde que tuve memoria sufrí la tortura matinal de que Mina me cepillara los dientes, mientras ella gozaba del privilegio mágico de quitarse los suyos para lavarlos, y dejarlos en un vaso de agua mientras dormía. Convencido que era su dentadura natural que se quitaba y ponía por artes guajiras, hice que me mostrara el interior de la boca para ver cómo era por dentro el revés de sus ojos, del cerebro, de la nariz, de los oídos, y sufrí la desilusión de no ver nada más que el paladar. Pero nadie me descifró el prodigio y por un buen tiempo me empeciné en que el dentista me hiciera lo mismo que a la abuela, para que ella me cepillara los dientes mientras yo jugaba en la calle".

Gabo cuenta sus aventuras desde que tiene memoria pues dice la vida no es lo que uno ha vivido sino lo que uno recuerda para contar. De este libro uno puede hacer los paralelismos con los personajes creados en sus otras obras. Fueron, muchos de ellos, inspirados en familiares que lo vieron crecer.

Que no se le ocurra a Gabriel García Márquez, en un exceso de creatividad, morirse.

jueves, 6 de agosto de 2009

El olor de los sueños


Manuela Gracia Arellano

El insomnio es el compañero de mis noches desde hace once meses. Son las tres de la madrugada, y aquí esoy despierta y con frío. Se ha apagado la calefacción, y no volverá a encenderse hasta las siete.

Tendré que intentarlo otra vez, cuando termine la infusión de verbena, lavanda, valeriana y demás yerbajos, que se supone, me ayudarán a dormir. Me duelen los párpados. Mientras el resto de la humanidad duerme, yo me desespero, y me convierto en una sombra que camina sin hacer ruido, que baja y que sube, que enciende la luz, que lee sin enterarse de lo que lee. Deambulo un poco más. Fuera, veo la niebla anarajandada por la luz de las farolas. Los árboles me miran, esperando mi cara alucinada, como cada noche, hace casi un año.

Después de la visita a la cocina, ver los periódicos en internet, y si hay algún correo nuevo, tendría que volver de nuevo a la cama.

Me acuesto. Las sábanas están frías y me he dejado encendida la tele. Aquí comienzo una de las actividades insomnes: cambiar los muebles sin esfuerzo físico.

Se cierran los ojos y en lugar de dormir, empiezan a colocarse las cosas como tú quieres. Desaparecen las que no te gustan, y aparecen otras. Así he redecorado mi vida y la de toda mi parentela. Cuando acabo con mi casa, empiezo con la de mi madre o la de algún amigo. Los sofás, se vuelven de otro color y las paredes se pintan de blanco, agrando las ventanas. Es como construir el decorado de una obra de teatro que jamás se va a poner en escena. Y lo más importante: se elimina la casa del vecino de enfrente. La presencia de este vecino, forma parte, de mis noches de pesadillas. Yo me acuesto, apago la luz, y desde la oscuridad azul de mi cuarto siento que me vigila.

No dormir durante horas y horas, dar mil vueltas en la cama, es tan inútil como escribir, sólo imaginando, en los momentos que casi, consigo soñar ¿No lo has hecho nunca? Si yo tuviera escritas todas las páginas, en mis millones de horas de insomnio, tendría otros tantos millones de historias sin sentido. A veces, tengo tentaciones de escribirlas, pero prefiero seguir pensándolas, y dejarlo para otro día. La noche es para que pase deprisa.

Saltando de una historia para otra, de un personaje a otro, buscando títulos, empieza a clarear y siento pánico, queda poco tiempo, para que amanezca. De nuevo el alba, y yo despierta.

¡El maldito insomnio! Dicen que acorta la vida, así que yo debo tener los días contados. Prefiero no pensarlo, y "seguir escribiendo" sobre la gente, de amores imposibles y posibles, de la muerte, de la infancia, de la soledad, de ciudades y calles inventadas... sin mover ni un dedo, en el teclado del ordenador.

La noche aún da mucho de sí.

La tele sigue encendida. Hay un programa de libros. Lo oigo, cierro los ojos intentando dormir. El formato es simple, invitan a un autor que acabe de publicar un libro y tres lectores lo comentan con el presentador, que a la vez lo va entrevistando y hablan también de toda su obra. La última vez que lo vi, estaba Millás, presentando una novela y le oí decir algo, que fue como oír mis propios pensamientos, "Sólo si estás en los recuerdos de alguien se puede seguir viviendo después de haber muerto". Puede que no recuerde las palabras idénticas, pero lo que importa es como coincidía, con lo que yo he pensado mil veces. Quiero ver qué pasa, qué hacen, qué dicen, y si alguien habla de mí cuando esté muerta. Tal vez, entonces, tendrán sentido las noches de insomnio, mis libros pensados, el desorden de mis recuerdos y la lucidez de algunas noches... ¿Nada importará, si no hablan de nosotros cuando estemos muertos?

Se me ocurre, que no duermo porque así la muerte no llegará. Y este es uno de los miedos que he venido arrastrando desde que recuerdo. ¿Dónde estaré? Sería paradójico que estuviera dormida y no me enterara. En fin, me gustaría saber qué pasa, y poder negociar los términos. Que todo siga pareciendo, el sobresalto al despertar, de un mal sueño.



Cierro los ojos.

Recuerdo el olor de los membrillos, cuando en setiembre, a la salida del instituto, íbamos a robarlos a los huertos de la estación. Los llevaba a casa y mi madre los ponía entre la ropa blanca. Yo quiero dormir, oler en la almohada, ese aroma, cuando no había noches interminables.

Abro los ojos.

Siento la presencia del tipo de enfrente. Tampoco duerme, está de pie, mira su piscina. El verano pasado, hubo noches asfixiantes, le oía chapotear con la luna. Ahora, el agua iluminada por los focos del fondo, es azul transparente, su reflejo hace que la noche sea más clara. Podría bajar la persiana, pero entonces sabrá que estoy despierta. Y se quedará esperando, lo sé, me espía. Cuando estoy leyendo tumbada en el sofá de la sala, él, entren los prunos me observa, siento su mirada de intruso.

Son las 5:45. Me duelen los ojos. Tengo que dormir. Busco un Orfidal en el neceser. Sólo las utilizo para lso viajes, para ya son demasiados días de insomnio, demasiado caos. Pongo la minúscula pastilla debajo de mi lengua y siento como poco a poco cede la tensión de la mandíbula, me estoy quedando... dormida.

Y tengo un sueño.

Una mujer, aparece muerta en su jardín, colgada por el cuello en la rama de un pruno, las ciruelas, se han caído con su peso y los mirlos, comen las frutas reventadas contra el suelo. Algunas han quedado en su pelo y al tratar de comerlas, los pájaros picotean la piel. Pequeños hilos de sangre, corren por su escote. Bandadas de pájaros vuelan hasta allí atraídos por la extraña mezcla de sangre y fruta. Pasan horas y los vecinos de las calles cercanas a Zarzamora, se preguntan qué buscan los pájaros, qué está ocurriendo al otro lado de la tapia. Al llegar el marido, horas después, no entiende que hace toda esa gente en la puerta de su casa, no comprende por qué está la policía, tratando de forzar la verja. Entran. Es terrible el espectáculo, el césped ha desaparecido bajo cientos de pájaros, y el macabro bulto del cuerpo, es un enjambre de aleteos y graznidos. La policía los espanta, emitiendo unos sonidos que sólo los pájaros perciben. El hombre, dando alaridos, abraza los ensangrentados pies de su mujer, de rodillas en ese charco de fruta machacada, plumas y desolación. Al fondo, en la piscina, unas palomas, beben agua, posadas en la boya del cloro, ajenas y egoístas, sucias las patas de sangre. Los policía, descuelgan el cuerpo de la mujer. El hombre, permanece ahí durante horas, encogido, perdido, sin entenderque todo aquello pueda ser verdad... levanta la cabeza y sólo quedan las malditas palomas, saciadas, inflando en buche... Las echa a gritos y él se queda allí, en medio de esa soledad, que huele a podrido.

Me despierto. Sobresaltada y sudando, afectada por el macabro sueño. Un fuerte olor a quemado, hace que salte de la cama. El sol de invierno se cuela a través de la humaredaque viene de la casa de enfrente. Corro por las escaleras, me pongo el primer abrigo que encuentro en el perchero y salgo a la calle. Pregunto qué pasa.

- ¿No se ha enterado? El vecino del 245, parece que de madrugada ha prendido fuego a su casa. Lo han encontrado flotando, ahogado... boca abajo... desnudo. Nunca superó la muerte de su esposa.

Siento frío, estoy descalza, en medio de la calle. El sol, se cuela entre las ramas desnudas de los prunos.

viernes, 31 de julio de 2009

Mensaje a la nación



Feliz 28 de julio a todos mis compatriotas peruanos. Soy peruano porque si volviera a nacer escogería ser peruano.

Ese fue mi mensaje a la nación. No como el de Alan García que de tanto hablar piensa que habla bien y sus frases trilladas y criollas arrancan aplausos de algunos que piensan que es todo un intelectual. No más comentarios sólo esta imagen de Rossel que es mejor que mil palabras (considerando también que aquí no se le rindió homenaje a Michael Jackson, esto es lo mejor que puedo hacer).



A quien quiero rendir homenaje es a esta niña fabulosa y preciosa, la única dueña de mi corazón. Tiene unas ocurrencias y una alegría contagiosa y estoy seguro ella es la medicina de todos mis males. Aprovecho para denunciar a sus hermanas que se aprovechan de su bondad y le hacen hacer cosas como este video. Me denuncio a mí mismo también porque yo no la defiendo y dejo que ellas la hagan bailar, imitar a gente, hacer de conejito, etc. (Hay que aprovechar que está chiquita).



Esta es un foto de una de las malévolas hermanas y a la otra no la puse porque tanta maldad es ya censurable en cualquier blog.

domingo, 21 de junio de 2009

Al otro lado del parque, el otoño

Manuela Gracia Arellano



En el patio de la escuela los chicos juegan a atrapar la luz que yo les dirijo a los ojos con mi espejo. Corren detrás de ella cuando la muevo, saltan para alcanzarla, pero yo que soy el dueño la subo y la bajo, la levanto y la hago caminar por el suelo. Ellos la pisan, pero no consiguen que se quede quieta bajo su zapatilla, yo soy el dueño, por fin, de algo que a todos les hace reir. No se imaginan de dónde viene, ni quién mueve el espejo, no sospechan siquiera, de quién se trata, hoy les puedo hacer correr detrás de la rata de luz.

Los veo desde mi ventana entrar a las nueve, cuando empiezan las clases, jugar media hora a las once, salir a correr por la pequeña pista de suelo rojo, entrenando y midiendo sus tiempos. Sus gritos jugando al fútbol, a veces llegan a desesperarme, pero me acompañan, y hasta me ilusiono con ser uno de ellos.

Soy, el que entre visillos, quiere participar de sus bromas. No recuerdo sus nombres, ni los apodos que se gritan una y otra vez, no se cansan de llamarse. Mientras, se quieren apoderar de la luz. Se insultan y ríen a carcajadas, se tiran al suelo rodando, raspándose las rodillas sólo por apoyar sus manos encima del inocente reflejo.

Invisible para todos, ya no sabría correr, aunque pudiera hacerlo. Soy el que se conforma con esperar cada mañana, en esta ventana, desde donde veo pasar mi reducido mundo, un patio de colegio y las copas de los árboles anunciando, con sus hojas ocres, al invierno.

Son las seis de la tarde, empieza a anochecer y no quedad nadie, sólo puedo esperar que mis amigos del otro lado de la tapia vuelvan. Se irán pero ellos volverán mañana ¿O también se esfumarán sin decir nada?

Así es, como se fue ella, sin pedirme permiso, sin consultarme. Se fue sin que yo sospechara nada, sin que me dijera, “Te vas a quedar solo”. No puedo perdonar, que otra vez, la vida, me hiciera semejante jugarreta. No soy el que se muere, soy el que se queda solo, el que resiste a pesar de ser más débil. Los cobardes somos siempre sobrevivientes. Ni siquiera fui capaz, de seguirte. Te fuiste y desde entonces, sigo mirando la vida detrás de los balcones que dan al parque. La soledad llegó de repente, se instaló en mis rodillas inútiles, y se resiste a dejarme.

Cada día, de los mil que parecen haber pasado desde entonces, me he preguntado, sin saber la respuesta, que he hecho tantas horas, de tantos días, en los que no supe encontrar un motivo para seguir aquí.

Ahora, tengo el juego con los niños del patio, y a veces, hasta se me escapa una sonrisa, al verlos jugar ajenos, tan cerca, tan lejos.

Aunque para ellos no sea nadie, y menos sospechen que los necesito, espero que salga el sol del otoño, sólo en mi espejo. Apenas necesito unos minutos, el tiempo de pasearlo por sus caras, que tan bien conozco ya.

**
Puedo ver la casa azul.

Si espero, en este lado, pegado a la pared, seguro que aparece en el balcón del primer piso. Allí vive él.

El hombre del espejo, nos pone el reflejo del sol en los ojos. Sé quién es. Lo conozco, lo veía en el parque, siempre iba con una mujer, hablaban, se miraban y se reían. Se sentaban cerca del césped, donde jugamos al fútbol. Ella, nos devolvía la pelota que le llegaba a sus pies, con una patada fuerte. Él, siempre sentado, esperaba…

Al hombre parece que no le importa ir en esa silla de ruedas. La mujer la empuja despacio. Lo pasea, como un niño pequeño por la alameda.

Hace tiempo que ya no los he visto. Ya no van al parque. Ella no está, nunca se asoma.

Desde que comenzaron las clases, el hombre, escondido detrás de los visillos, empezó a mover el sol para nosotros. Hoy, cuando empiece el juego, yo iré a la casa azul.

**

Creo que uno de ellos a descubierto de donde sale la luz, no deja de mirar, quiere saber quién hay al otro lado. Puedo esconderme, cerrar las cortinas, que piense que aquí no hay nadie…

Suena el timbre. Me alejo del balcón, deslizo las ruedas con mis manos por el pasillo, abro la puerta, y ahí está el chaval, con la cara roja, jadeando.

- Hola, soy Manuel, ¿Estás solo? Si quieres, yo podría pasearte algún día, por la alameda del parque.

martes, 7 de abril de 2009

Para Milagros, porque es viernes


Bajo del taxi. Primera vez que llego tarde y segunda que llego en taxi. Le he agarrado una necesidad imperiosa a usar transporte público. Siento que es una práctica que me devuelve cierto contacto con seres humanos. Me gusta que me rocen, independientemente del sexo, cualquier parte de mi frígido y alicaído cuerpo. Me gusta pedir por favor que abran la ventana. Me gusta detestar los olores baratos de colonias mañaneras y su transformación fétida por las noches. También me gusta mirar por la ventana a la muchedumbre caminando guiados por unos hilos inmensos, mágicos y con fecha de expiración. Me gusta ver a las chicas yendo a sus institutos leyendo alguna separata pirateada de algún libro y a los muchachos durmiendo boca arriba mientras escucho la música que Mara me ha grabado y leo algún libro.

Entro a la oficina y mi jefe me recibe con una sonrisa amarilla (porque fuma como un desgraciado), pero sincera. Carajo, qué habré hecho ahora, pienso. Me dice que estoy haciendo un trabajo de puta madre. Que quiere que le estandarice todo en la empresa. Que quiere que dirija la próxima obra en Toquepala. Que soy un muchacho de la puta madre, me dice. No sé si ligar puta madre con matiz de halago. Lo intento y termino creyendo que soy de puta madre.

En el almuerzo vamos a un lugar discreto pero carísimo. Buena comida. Me conversa de su esposa. Es una mujer alta de expresiones finas y modales alturados. Siempre viste elegante y tiene una expresión de cortesía, adornada por sus ojos azules intensos y su boca pequeña. No la aguanta más, me cuenta. Por eso tiene una chiquilla de 22 años, con ella si se le para toda la noche, lo dice con los ojos abiertos y haciendo puño con la mano derecha moviéndola hacia atrás y adelante. Con ella si siente que su corazón cuarentón late como un chiquillo endiablado. Pero no es la única, tiene otra. Es una bailarina del Eros, el night club. La conoció hace dos años y desde entonces la recoje cada 15 días sin importar la fecha. Ella sube a su carro y sin decir una palabra entran a un hotel. El sexo es salvaje, me asegura. Pero no acaba ahí muchacho, sigue diciendo mientras se lleva un bocado a la boca. Tengo otra, es casada y bordea los 40, con ella el sexo es ligero y calmado, casi como una danza de ballet. Ella pinta cuadros y es afamada. El me dice que con ella se siente todo un caballero. Con ella podría quedarse, pero sin dejar a las otras, ríe, otra vez el amarillo de sus dientes me repite que debo dejar de fumar.

Bebe un trago más de vino. Yo también.

Aspira el cigarro y me dice sin botar el humo que no se separa porque eso sería dejar la mitad de toda su empresa a la arpía esa, así la llama él. Yo asiento toda la conversación sin decir mucho. No quiero poner mi mojigato punto de vista porque es contraproducente y aburrido. Salimos del restaurant. Subimos a su Porsche. Regresamos a la oficina.

Leonardo, me dice. Quédate esta noche y vamos a perrear por ahí.

Mejor mañana, le digo.

Hoy tengo que hacer algo en la noche.

Ya pues ni modo, responde. Tan joven y tan monse, me dice sin el mayor reparo de sus palabras.

Entonces entro a mi casa prendo la computadora y escribo: Para Milagros porque es viernes.

¿Tengo un jefe de la puta madre o mi jefe es un puta de su madre?

viernes, 20 de marzo de 2009

Mientras crujen los huesos II


(Advertencia: hay una foto de mi tobillo no apta para público sensible)


Suena mi celular. Es Gabriel.

- ‘Chacho, que te pasó, diablo. ¿Y dónde tú estás?
- En el hospital, en emergencia, me jodí el tobillo jugando básquetbol. Vente compadre que no tengo quién me lleve de regreso a la casa.
- Ay Dio’. ¿Y eso? Voy pa’ ‘llá, Leonaldo. Pero muchacho…
- Ok, vente a emergencia del Robert Wood Johnson, ahora mismo un doctor con pinta de skater y otra doctora con más músculos que yo me van a enderezar el pie.
- Espérame Leonaldo llego en un chin.
- No voy a ningún lado, Gabriel.

No voy a ningún lado, Gabriel. De pronto esa corta frase despierta una sensación bastante parecida al vacío. Acabo de decir algo que describe mi situación catatónica actual. El forado de esa frase toma forma volumétrica. Grafica mis dos últimos años.

Noto en el tono de Gabriel su ebriedad. Siempre está alcoholizado. A veces envidio su efusivo estado de ánimo. No sé si es lo mismo que envidiar su estado etílico. Quizás sí. La música en su casa siempre borra cualquier vestigio de melancolía. La bachata reventando a toda fuerza es la vacuna contra la tristeza. La casa de Gabriel. Los colores chillones de las paredes, los muebles que no hacen juego con nada. Una fiesta continua de hombres y mujeres dominicanos bailando contagiados de algarabía y de piel canela.

La doctora polaca y el doctor surfer hablan entre sí. Sacan una tijera y ella corta con aspecto marcial mi zapatilla para liberar mi pie. Corta el calcetín transversalmente. Entonces me asusta lo que veo. Entonces me doy cuenta de la gravedad. Me asusto porque no me hecho la pedicure en más de un mes y me doy cuenta de la gravedad cuando no encuentro forma alguna en lo que recuerdo como mi pie. Estoy pálido. Pero no por mi pie. Sino por la impresión que deben causar mis uñas largas de gallinazo viejo a la enfermera angelical y dulce que ahora toma mi mano y me dice que me relaje. ¡Qué vergüenza!

Mi calcetín mojado por el sudor es tomado con unos guantes de látex por la polaca y depositado en un recipiente donde se lee “toxic waste”. Me parece una exageración. Ahí va mi calcetín, entre agujas de pacientes con Sida y hepatitis C. Veo que se acomodan para hacer el jalón y colocar el tobillo en su lugar. Me da ganas de alcanzarles un libro de anatomía básica. Es que son un par de críos que parecen estar discutiendo la clase de huesología básica. Sí, sí dije huesología.



Dime tu nombre le digo a la dulce enfermera, mientras aplica más anestesia por la vía que me han puesto en el brazo. Fue como un impulso previo a la despedida. Como si me hubieran desahuciado. No te va a pasar nada, me contesta. Fallo otra vez en conseguir su nombre. La anestesia no funciona, yo tampoco.



Jalan en dos tiempos y colocan los huesos en su lugar. Las cuatro manos de los médicos jóvenes me hacen pagar mis pecados en la tierra. Es un dolor desde adentro que para viajar a la superficie desgarra todas las capas de tejidos. Un hilo se conecta con el cerebro y regresa una desbordante ola retorcida y grotesca.



La enfermera mira mis ojos y siento sus manos ya no tan frías. No aprietan. Parecen una caricia. Eso quiero creer. No sé tu nombre, le digo con mi sonrisa chueca y según yo seductora. Ella sonríe, se levanta y se va.



El skater se va diciendo algo que no logro entender y la polaca se queda preparando el yeso. You’ll live, me dice tratando de humanizarse. Firma un papel y le dice a un técnico que me lleve a tomarme radiografías y una tomografía.



Me preguntan cuánto mido. 6’2, respondo. Traen dos muletas. Otra vez las muletas. Me preguntan si deberían mostrarme cómo usarlas. No, les replico con resignación. No es la primera vez que las uso y dudo mucho que sea la última.



Llega Gabriel tambaleando. Me conduce al carro. Subimos con dificultad. Avanzamos dos calles bordeadas de nieve y un patrullero prende sus sicodélicas luces detrás de nosotros. Lo sensato es detener el auto.

- ¡Coño!
- ‘ta mare.



Sólo faltan diez cuadras para llegar a mi departamento. Gabriel decidido acelera. Te van a joder, le digo. Para, no seas loco. Que se joda ese perro, me contesta. Pasan exactamente 10 segundos y dos patrulleros más están detrás de nosotros. Ahora sí me da ganas de sacar un papel y empezar a redactar mi testamento. Pienso si dolerá mucho morir baleado.



Llegamos a mi domicilio. Ahora son 5 patrulleros. Put your hands where I can see them! Grita un policía negro apuntando su pistola hacia Gabriel. Dos más hacen lo mismo en frente del auto y otro me apunta a mí.



Are you under the influence of any drug? me pregunta el policía que apunta su arma hacia mí. Yes, sir, respondo. Pain killers. Step away from the vehicle! me ordena abriendo la puerta sin dejar de apuntarme. Estoy sereno, cualquier movimiento en falso y termino con 42 balas en el cuerpo y en el yeso. Con una bastaría, pero los policías en este país tienen un tic nervioso en el gatillo.



Guarda su arma al ver mi pierna enyesada. Le explico lo ocurrido. Gabriel es esposado. Yo subo a duras penas las tres gradas. Entro a mi departamento. Está oscuro. El silencio me abraza, me tiro sobre la cama y tomo una de las botellas de agua que guardo cerca de mi cabecera. Tomo otra. Tengo sed. Una más. Siento dolor y tomo el Vicodin que me dieron como si fuera tic tac.



Duermo 3 horas y las ganas de orinar son irritantes. No tengo los cojones para llegar hasta el baño. Entonces quejándome como plañidera me semi arrodillo en la cama, tomo uno de los envases vacios de plástico y lo lleno. Apuntando con calma. Tomo otro, lo lleno también. Algunas gotitas calientes me mojan la mano. No es fácil.



Satisfecho me tiro a la cama otra vez. Siento un dolor punzante y latente. Son las 4:47 de la madrugada. Llega un mensaje de texto multimedia. Es la foto de mi pie, más abajo dice, me llamo Evelyn, espero que te mejores pronto.



La mañana es luminosa. Llamo a Gabriel y me dice que todo está bien. Gracias, Gabriel. Lleno otra botella vacía con más destreza. Mis botellitas y yo vemos televisión. Así es. La libertad tiene un precio. Botellitas de pipí.

sábado, 28 de febrero de 2009

Se lo diré fuerte

A Jesús Trelles.


Escribo. Escribo que escribo. Mentalmente me veo escribir que escribo y también puedo verme ver que escribo. Me recuerdo escribiendo ya y también viéndome que escribía. Y me veo recordando que me veo escribir y me recuerdo viéndome recordar que escribía y escribo viéndome escribir que recuerdo haberme visto escribir que me veía escribir que recordaba haberme visto escribir que escribía que escribo que escribía. También puedo imaginarme escribiendo que ya había escrito que me imaginaría escribiendo que había escrito que me imaginaba escribiendo que me veo escribir que escribo.

Salvador Elizondo. El grafógrafo.






- Pensé que te amaba hasta que me casé contigo - murmura Alonso recogiendo su chaleco antibalas del piso de mármol negro. Un gallo canta a lo lejos. Un perro le contesta.


- Yo era feliz creyendo que te amaba hasta que me di cuenta que nunca podré amarte - le responde Rosalía apagando el despertador y tapándose con las sábanas.

Alonso baja las escaleras, tiene hambre, la boca seca. Ingresa a la cocina, pero la encuentra como si hubiera sido banalizada por lobos hambrientos en una constante detonación de nostalgia y sudor. Como si se oyera dentro de ella un grito en total vacío y desolación. Un grito de barro. Un jadeo recalcitrante.

La cocina está intacta. Limpia. El sol de la mañana ingresa por los ventanales como encadenando y encerrando una derrota en destellos y aves canoras. La cocina es una prisión cercada por su propio recuerdo.

No se atreve a entrar a pesar de la sed y el sonido hueco de su estómago vacío.

El también se siente acorralado por sus sueños quebrados. Siente que la vida le pasó encima como una estampida de ratas bubónicas marcándole la espalda con sus patitas cubiertas de podredumbre y que todo lo que queda de él… Todo lo que hay de él: es este chaleco marrón. Antibalas. Mira. Ojalá fuese pro-balas, pro-fin. Quizás sea tiempo de decirlo fuerte. Esta noche lo haré, se promete.


Su uniforme marrón de vigilante. Su aspecto cuadrado en la cara y lánguido en el torso. Es quizás la explicación más lógica de su situación. Como si hubiera sido ensamblado por partes distantes y encajado a la fuerza. Desiguales y lacónicas. Es el componente retardado y definitorio de su ser. Su prolongación. Su elongación al mundo que no lo observa. Esta noche tengo que decirlo fuerte.


Camina a través del inmenso jardín. Las plantas sacudidas por el viento otoñal no logran situarlo en la realidad. Tampoco las flores. Abre la puerta hacia la calle. El sol está radiante. La gente se apresura a cumplir con la rutina del día. Respira hondo.

Los loros. Su comida. Rosalía los odia.

Cruza de regreso el jardín. La sala. La cocina, donde sucedió seis meses atrás. Esta noche se lo dirá fuerte. Se lo diré fuerte. Ingresa en el patio. Observa impávido la jaula de loros. Su sorpresa se vuelve una salivación efusiva, instantánea.


Es una escena que lo paraliza. Intenta separar los elementos. La pareja de loros. La jaula. El otro animal en la jaula. La sangre. Roja, marrón, forma parte de la jaula. Parece que la jaula está sangrando.


No se atreve a mirar más allá de lo que acaba de ver. No quiero deglutirlo en la razón. Es sólo la jaula que sangra. Lo demás no puede ser. No debería ser. No es. A fuerza de voluntad uno puede generar su propia realidad. Su mecanismo de protección se encuentra en el descuartizamiento de los detalles que fabriquen la imagen final.

Pero lo ha visto todo.

Sale de la casa a toda prisa. Toma el autobús.

Llega al puesto de vigilancia. Su firma en el papel. La hora de entrada. Una mujer vestida de pantalón negro se acerca enredada en sus rizos rojos. Qué hora tienes por favor. Alonso mira su reloj. Esboza una sonrisa.

Sus loros: Aurora y Paco. Nombres de loros. Quizás Paco no. Su sangre. Con el tiempo se volverá marrón. La sangre se oxida. Es el oxígeno que al final nos termina matando. Nos oxida. Marrón como su uniforme. O gris como el otro animal.

Las 8:05 de la mañana. Ella no le contesta y detiene un taxi.


Más tarde pasa el heladero. Más tarde los niños que hacen malabares con dos bolas y se dan volantines cuando el semáforo está en rojo. Una mujer embarazada toma un helado y se mancha la barriga.


Esta es su vida. Una silla. Una puerta que abre y cierra. Unas mujeres que entran y salen. Hombres sinuosos. La Avenida Javier Prado, es su universo lineal, una función constante, llena de humo de vehículos, desde donde salen insultos y ruidos emitidos por los cláxones.


Hoy le diré todo fuerte.


De regreso a casa siente una sensación de vació. El autobús está lleno. La gente suda en el interior pero no abre las ventanas. Alonso intenta abrir una. Si me entra frío, me resfrío, señor. Como si el aire enfermara. Como si la gripe contraída por un deficiente sistema inmunológico se curara con una chalina en pleno verano. No dice nada y abandona el intento de abrirla. Siente las primeras gotas de sudor bajando por sus sienes.


Aurora y Paco. La jaula desangrándose. La rata en el medio. No puede ser. No es.


En el trayecto a casa ensaya iniciar la conversación con Rosalía. Se lo diré fuerte. Levantaré la voz y le diré que la he visto caminar de la mano con ese hombre, por el parque de Chosica. Luego le contaré que tuve sexo con su hermana, con Fresia, en la cocina. Terminaré diciéndole que Paco está decapitado y yace sin vida al lado de una rata inerte, seguramente Aurora lo mató.


Ingresa a la casa.


Sube a la recámara. Todo está en silencio. Entonces, justo antes de entrar a la habitación. Lo presiente. La ve. En medio de la cama. Una carta. Antes de leerla sabe su contenido. Antes de tocarla siente como la sensación de frío, lo resfría. Antes de finalizarla ya siente el peso de la soledad.


Rosalía se ha ido. Alonso cree que para siempre.


Baja las escaleras. Se saca el chaleco antibalas y lo deja en el sillón de la sala. Pasa por la cocina como si no la hubiese atravesado. Como levitando por las losetas. La jaula está vacía y con las puertitas abiertas. En su interior yace un huevo.


Él lo toma y lo guarda en su bolsillo.

lunes, 16 de febrero de 2009

Blogging sobre bloggers



Así como periodismo sobre periodistas. Esta maña la tengo por la innecesaria, agotadora y maniática inclinación de siempre andar comparando y comparándome con el entorno, haciendo suposiciones infinitas de efectos y predicciones matemáticas que al final sirven nada más que para contraer un dolor de cabeza menstrual.


Mi siquiatra me ha dicho que siempre hable de lo que me moleste y que use la frase “siento que…” y que describa el sentimiento. Yo siempre le hago caso y termino recitando como si tuviera rosario implantado y luego divagando en lo que acabo de decir en un laberinto microscópico, tedioso y confuso. Pago sus excesivos honorarios y salgo prometiéndome que no malgastaré el dinero en nada innecesario, porque la economía anda como mi tobillo, maltrecha. Pagar a esta erudita me niega la posibilidad de comprar muchos chocolates y helados (nieves, para mis amigos mexicanos) que al final me hacen más feliz, aunque también cuestiono esta fijación a la comida rica. Al final sería más feliz en una confitería que en un consultorio, diván incluido. Pero ella ha demostrado que me conoce mejor que yo, y por ese circo yo pago callado. Camino una cuadra y veo la última edición de Etiqueta Negra, Dedo Medio, Le Monde Diplomatique, y quiebro mi promesa, las compro todas. También compro un libro más de Alonso Cueto y el último de Iván Thays.


Pero mi siquiatra ha estudiado. Ella sabe. Yo le hago caso. “Siento que” estoy molesto que Iván Thays (ahora todos dirán que me quiero colgar de su fama, tienen razón) me haya censurado en su blog. Al inicio leía sus posts, dejaba un comentario y él, condescendiente o buena onda quizás, respondía animoso. Incluso me recomendó estudiar un taller de 8 meses de literatura a cargo de la prestigiosa Pontificia Universidad Católica del Perú. Todo bien, yo feliz que un escritor de su talla ande intercambiando líneas con un basquetbolista de la mía.


Hasta que mi réplica a un artículo suyo me separó para siempre de su círculo de agradables comentaristas (http://notasmoleskine.blogspot.com/2009/01/el-mnibus-sbato.html#comments). En este post, Thays explica que en Buenos Aires hay un recorrido turístico literario donde el viajero puede visitar espacios transitados por Sábato, así también existe en Cartagena, paquetes que implican peregrinar por lugares conocidos por García Márquez. Su nota termina sugiriendo que esto se realice en Perú (según su visión, en Lima únicamente) con Vargas Llosa, Bryce Echenique o Julio Ramón Ribeyro.


Mi apostasía consistió en no resistir la tentación de mencionar a INDECOPI (entidad del Estado que, entre otras cosas que no hace bien, vela por la protección intelectual) como parada obligada en el recorrido de Bryce. Ardió Roma. Censurado.


Bryce es uno de los hitos que tenemos en literatura. Pero ha plagiado sin pudor. No por falta de ideas, yo creo que es pura flojera. Y eso, muy pocos han condenado. Condeno la vergonzosa acción. La de él por ser tan flojo en generar artículos propios, encima de haber negado altivamente, pasando por echarle la culpa a la secretaria y otras sinrazones propias de la capacidad imaginativa de un escritor. También condeno a los que lo apañan.


Thays en un escritor de gran renombre. Su último libro (ya en mi poder), Un lugar llamado oreja de perro, ha tenido un reconocimiento interesante en la comunidad literaria. Lo felicito por su éxito. Y por supuesto que todos son libres de aceptar o no ciertos comentarios en sus respectivos blogs. Pero Thays ha aceptado algunos subidos de tono e incluso muy críticos de su obra, contestándolos, a veces, ardorosamente. El mío no era ni vulgar ni grotesco. Por eso no entiendo la tendencia que maneja en censurarme. Pura argollería parece. Como mi corazón es grande y de buen humor lo perdono, he comprado su libro (en Crisol por si acaso) y lo leeré después del de Cueto que estoy leyendo.


También me molesta que el blog de Renato Cisneros sea casi una secta. Y él, el mesías. Estoy seguro que si publicaría la grabación de un pedo suyo, a los 3 minutos tendría 587 comentarios hablando de su gas. Qué buen gas, oh qué gas tan romántico, soy primero soy primero… En fin, soy picón pues.


Me jode que Hildebrandt pueda escribir casi todos los días con calidad y claridad. Todos los días. Y yo tenga que pasar 15 días escribiendo otra cosa para finalmente publicar esto. Esto que cualquier cachimbo estudiante de periodismo lo podría hacer en dos minutos y medio. Y con más técnica.


Extraño el blog de La Pluma del Pato Feo, porque era uno de los pocos liberados de egos, con veracidad y con talento. Y también porque me comentaba y a mí me gusta que me comenten para no sentirme solo.


Cada vez que pasan días que no escribe La Chica Diez, la odio un poco, luego escribe y la perdono y la adoro nuevamente. Y le hago un comentario sobón, pero sincero. Es mi favorita (después te paso la cuenta por el cherry, Iziar).


Como dijo Beto Ortiz en su columna Pandemonio, empecé a escribir y no sé qué quise decir, finalmente.

jueves, 5 de febrero de 2009

Se está muriendo gente que antes no se moría *


La señora que vendía quesos ha muerto. No era más señora que otras, ni sus quesos mejores quesos. Era simplemente la señora que vendía quesos de puerta en puerta. A veces vendía flores. Pero casi siempre quesos. De su cabello escarlata descendían dos trenzas. Amarradas entre ellas de lejos.

Yo abría la puerta. Ahí estaba con su mirada buena. En el fondo los cerros, más allá el cielo a medias celeste y a medias azul, pero siempre entero. En el fondo, el nevado medio blanco, medio triste, medio serio. En sus manos arrugadas, los quesos.

Ahora abro la puerta y no está la señora que vendía los quesos. Tampoco está el nevado. Ni los cerros. Ni el cielo entero.

* El título corresponde a una frase expresada por el genial y desaparecido John Updike.

sábado, 31 de enero de 2009

Mientras crujen los huesos (primera parte)

Tomo una botella de Atlas bien heladita, le pido un lapicero a la mesera y mirándola a los ojos le miento en seco, diciéndole que se lo devolveré. Saco de mi mochila el cuaderno de Hello Kitty que me regaló Liliana, cándido, rosado e inmenso, así como tierno y digno de ser sacado hasta en las reuniones de trabajo. Empiezo a escribirle a El Gchu, que se casa, y termino escribiéndole a Milagros algo que, probablemente, tampoco enviaré. Todo ha sucedido tan rápido que me da la sensación de haberme quedado varado en alguna parte de esta travesía y que mi cuerpo anda por ahí flotando, o mejor aún, bailando en alguna discoteca ochentera en pleno año 2009, y lo que me acompaña en este momento es la mera carcasa de un espíritu sujeto con goma de mascar. Estoy en un bar del Tocumen, Aeropuerto Internacional de Panamá esperando por el vuelo a mi insuperable Perú.

Hace un par de semanas sufrí un accidente “traumante”, traumático y traumatizante para mí y para los boquiabiertos testigos que unísonos repetían “Oh my God, Oh my God”, viendo mi pie derecho colgando como cadáver de pollo en pleno mercado tercermundista. Mis 92 kilos alcanzando la altura de 3.30 metros en un salto vertical para recuperar un rebote, aterrizaron sobre el pie de otro jugador, Ralph, haciendo torsión con mi peso y culminando en mi ceniciento tobillo, que a manera de protesta, decidió abandonar su puesto de trabajo e irse a conversar con otros huesos desconocidos. En ese momento sentí que era una mujer virgen y que con caderas estrechas daba a luz a trillizos con hidrocefalia temporal. Mis gritos bien podrían haber sido la representación gutural de una conquista medieval. Tendido boca arriba y con mi pie apuntando a otra dirección totalmente inerte, lo primero que pensé fue “puta madre, voy a engordar”. En ese preciso instante Ralph, un musculoso negro de 2.05 metros de altura, me tomó de la mano (no jodan) y me empezó a gritar “you’ve got to fight man, fight de pain, fight it!”. Entonces me trasladé mentalmente a una película gringa representando la guerra de Vietnam y que me habían herido, y que a fuerza de alientos verbales sortearía la muerte, o moriría valientemente sin derramar una sola lágrima gritando “freedom!” así como Mel Gibson ahuyentaba la mariconada a fuerza de alaridos mientras le cortaban las gónadas en Braveheart.

Cinco minutos más tarde tenía un policía a mi lado impecablemente uniformado mirando mi tobillo y diciendo “Oh my God”. Pasaron tres minutos más y cuatro paramédicos entraban con una camilla como las que usan en la serie ER. Y uno de los más jóvenes me preguntaba qué me pasaba. Tragando saliva espesa, con el dolor devorando mis neuronas quería decirle “no me pasa nada, sólo quería saber si George Clooney todavía trabaja con ustedes”. En realidad eran tres adolescentes en prácticas para ser paramédicos y una mujer paramédico de mediana edad que con una mirada me regaló un poco de calma y con otra derritió al que preguntaba que cuál era el problema. La paramédico mayor señaló mi tobillo que colgaba como chivo expiatorio degollado de mi pierna y el preguntón replicó con cara desencajada “Oh my God”.

Al pasar en camilla amarradito como tamalito verde en vitrina, recuerdo “carajo, justo la clase de aeróbicos”. Se detiene la música y todas las bellas féminas duritas y apretaditas del gimnasio se acercan para ver a este pobre huevoncito más pálido que emo japonés, con una sonrisa de cojudo, a punto de saludarlas con la palma de la mano como si hubiera ganado un concurso de belleza.

Mi siguiente preocupación es el frío al salir del gimnasio, la temperatura está a -22 ⁰ C. Entonces le pido a Ralph que traiga mi ropa del casillero. “No se preocupe por el frío” me dice el preguntón en vías de paramédico aunque en ese momento hubiese querido que esté en vías de extinción, juro, me daba ganas de preguntar su edad porque el solo hecho de que me ande toqueteando me infiere una idea delictiva al menor. “Tenemos un mantita para protegerlo del clima”. Felizmente, pienso. Estos gringos, seguro tienen una manta súper moderna, eléctrica y hasta con conexión internet para estos casos. Madre. Era un pedacito de tela parecida a las que te dan en los aviones. Hubiera preferido la que me tejió mi bisabuelita que a pesar de su ceguera, lograba realizar estas manifestaciones textiles de cariño.

Salgo al estacionamiento en mi pesebre rodante, y no pues, no es que te de frío. No es que te frotas un poquito los brazos y ya. No. El frío no es frío. Es una chaveteada olímpica por todo el cuerpo, es una despellejada con cuchillo sin filo, que te inutiliza hasta para reconocer tu propio sexo. Para colmo los tres aprendices no saben usar la camilla que se acopla y se sube automáticamente al vehículo. Con amabilidad les sugiero, “me bajo y me subo a la ambulancia, que si no me mata el dolor del tobillo, la hipotermia será un asesino mucho más eficaz”. Llega Ralph con mi casaca y con cara de haber cometido un crimen. “You fucking fight that pain man” le sonrío, agradezco y me cubro con la mantita para enanos que me dieron estos huevas y que apenas me cubre el ombliguito al descubierto.

En la ambulancia me toman mi presión y mi pulso, mientras yo les converso entre quejidos de animal nocturno cualquier cosa que se me viene a la cabeza. De pronto la única mujer entre los aprendices mira desconcertada a su compañero, ella es de rasgos asiáticos pero sus ojos se abren como caricatura manga (¿por qué todos los mangas tienen ojos inmensos?), y le dice “¡no encuentro su pulso, no encuentro su pulso!” hundiéndome los dedos en el brazo. Yo no me aguanto y contesto “¿ya me morí?”. La única paramédico y conductora de la ambulancia ahora con más vergüenza que ganas de reprenderlos les dice que mantengan el tobillo en alto. El otro cuasi paramédico, pelirrojo, delgado y de piel casi transparente extrae de una gaveta numerosos papeles. Los firmo sin mirar. Por algún irracional motivo confío en los pelirrojos. Pero cuando me empieza a hacer una encuesta sobre la calidad de su servicio me da ganas de dislocarle el tobillo con mis propias manos y compartir camilla con él.

En la sala de emergencia del hospital Robert Wood Johnson el primero que me ve es el conserje que desinfecta el piso sin ánimo, de pronto mi tobillo le devuelve expresión al rostro y me dice, acercándose con el trapeador “Oh my God”. Unos segundos más tarde viene una enfermera de rostro angelical, de intensos ojos azules y de maneras gráciles. Su presencia me convierte en Rambo. Ya no me quejo. Saco pecho, flexiono mis bíceps. Poso. Ella me pregunta algunos datos y yo quiero darle una biografía de mi vida en versión éxitos only. Me pregunta a quién debe contactar. Mi sonrisa coqueta se borra en un santiamén, no sé qué responder, Juliette debe estar durmiendo, no quiero molestar a nadie. Para comprar tiempo le pregunto con cara de asilado político si en ese espacio puede colocar su número telefónico. Ríe con ética profesional. Saco mi celular y le doy el número de Gabriel. Es el único que se me ocurre.

“Te voy a colocar un catéter venoso, va a salir un poco de sangre”. Por ti, hasta la última gota, pienso tratando de disimular mi carita de enfermo. Le pido que le tome una foto a la aberración que tengo por tobillo y me la envíe al celular, en el fondo sólo es una treta para conseguir su número. Lo hace. Acto seguido, me inyecta una droga que simplemente la convierte en un ser intenso, rodeada de ese cabello dorado, hasta puedo ver que le crecen alas de colibrí y no se desplaza, si no que vuela en la habitación como un hada madrina y me ilumina todo con esos ojos brillantes y dóciles. Sin embargo el dolor no disminuye.

Entra la doctora, me siento el de mayor edad en la sala, es una joven polaca, pecosa, musculosa y sin revelación humana alguna en el rostro. Otra vez el “Oh my God”. Llama a su colega traumatólogo. Viene un muchacho con pinta de surfer hablando por su iphone, risueño y mirando su reloj. Con tanta juventud rodeándome la primera idea de amputación discurre por mi cerebro.

martes, 13 de enero de 2009

Lo que llevas dentro de ti


Abre los ojos y lo ve acostado a su lado, con la espalda desnuda y con la expresión de un niño después de haber cogido todos los dulces de la piñata. Plácido. No quiere moverse para no despertarlo. Y lo contempla como si fuera un cuadro colgado en la pared. Como si perteneciera a una dimensión a punto de quebrarse por su respiración. Su cara está apoyada sobre sus manos cruzadas. Su barba ya le ha crecido un poco, la evoca raspándole los hombros, la espalda, su propia esencia de mujer. Su boca está cerrada pero aun puede oír sus palabras deslizándose por su cuello, trepándose, revolviéndola toda, alojándose en sus sentidos. Y suspira para sí con una realidad prestada de un ser feliz y sin miedo a nada. Cierra los ojos, pero no la embarga la oscuridad, sino la imagen de ese hombre enorme y de movimientos armónicos que duerme a su lado y que al menos ahí, en ese momento, le pertenece sólo a ella. Cierra los ojos tratando de copiar su expresión. En el fondo presiente que no lo logrará.


José se despierta, ella lo oye incorporarse, oye sus pasos descalzos por el piso de losetas. Por un momento la sensación de su cuerpo alejándose de ella la conmueve y le produce un vacío en el vientre, un frío lejano. Pero no abre los ojos porque sería darle tregua a la realidad de la que ella quiere escaparse. La realidad que ella sabe que la asalta con el pretexto del nuevo día, y porque a su luz, vuelve a ser la misma mujer que olvidó durante la noche. Una mujer comprometida con otro hombre.
Quizás ama a Roberto, pero él no la hace reir como José. Roberto no se merece eso, mujer, piensa. Pero yo también merezco tener este tipo de sensaciones, se replica. Se sienta en la cama y observa en el espejo de la pared su vientre plano, su cintura diminuta, sus senos pequeños pero erguidos. Me veo bien. Creo que José se podría enamorar de mí. Pero Roberto es tan bueno y cariñoso conmigo. José es un buen tipo pero nunca tendría exclusividad con él. Roberto me da la estabilidad que necesito. José jamás podría llevarse bien con mi familia. Roberto se esmera para llevarse bien con ellos.

José regresa del baño. Ambos se miran y se sonríen. Se visten. Es un momento incómodo. Es la consumación del acto. La renuncia a permanecer en ese ambiente íntimo. El enfrentamiento de la vida que los espera afuera. O sólo a ella. Porque él siempre parece ajeno a todo tránsito. Parece secuestrado por su propia presencia. Como extranjero de todo síntoma de minusvalía. Lo ve y lo encuentra más atractivo con la camisa arrugada y los botones a medio camino. A la vez distante. Su celular suena, pulverizándola. Es Roberto.

- ¿Hola?

- Susanita, tu mamá me acaba de llamar preocupada porque no has ido a dormir a tu casa. La hubieras llamado.

- ¿Y qué le dijiste?

- Le dije que habías estado conmigo, que se hizo tarde y te quedaste por acá. Así que ya sabes si te pregunta.

- Gracias, amor. Ya tú sabes cómo se pone ella con eso de ir a la casa de Fátima. La pasamos bien. Las chicas dicen que cuándo nos vamos a la playa en mancha.

- (Ríe) La próxima semana aprovechando el fin de semana largo. Dile a Fátima que le diga a su enamorado para ir en su carro. ¿Ya llegaste a la oficina?

- Sí, te dejo, me acaba de llegar un mail urgente. Besitos.

- Ok, chiquita, paso por ti para almorzar. Chau.


José termina de abotonarse la camisa, las mangas. Ella se acomoda el cabello, ya no tiene tiempo de bañarse, en el fondo eso la reconforta pues su aroma la acompañará, al menos hasta medio día. José la mira y sonríe moviendo la cabeza. Ella se sonroja y ensaya una expresión de pudor, bajando la mirada.

- Después dicen que los hombres somos mentirosos - dice José mientras se coloca los calcetines -. Nosotros nunca podríamos mentir tan bien como ustedes.

- No todos, pero tú sí - le responde Susana mientras se acerca por detrás y lo abraza recostándose en su espalda -. ¿Cuándo te veré?

- Por lo visto este fin semana no porque te vas a la playita - agrega con un tono juguetón y sin mostrar molestia -.

- A veces me gustaría que te pongas un poco celoso - confiesa Susana mirándose en el espejo, donde todavía está el corazón que dibujó con su lápiz labial y las iniciales de ambos - .

- A mí también me gustaría -añade José - . No te olvides de llamarme cuando lo saques - le inculca tomando su maletín, practicando un gesto de preocupación nada convincente -.

Salen del hotel. José maneja hablando por el celular. Compra un diario en el semáforo. Lo ojea rápidamente antes que cambie la luz. Susana siente que ya no existe. Se echa crema en las manos y se frota las mejillas con delicadeza. Llegan a la oficina de Susana. Ella baja, antes de cerrar la puerta del auto tras ella, José le recalca sin alejar el celular.

- No te olvides de llamarme - abre los ojos en sorpresa y con la otra mano se señala el vientre -.

Susana ingresa a la oficina. Ha llegado tarde pero sabe que nadie lo notará. Se sienta y deja su bolso colgado en el respaldar de su silla. Ahora está preocupada porque no pudo sacarlo antes de quedarse dormida. Piensa en Ricardo, el médico de turno. Pero desiste rápidamente por la vergüenza que le produciría toparse con él en el trabajo. Si no fuera tan joven y tan hablador, se lo hubiera pedido. Enciende la computadora, contesta el teléfono. Pasan dos horas. Se acerca el mediodía. No puede más. Toma su bolso y decidida a sacarlo, ingresa al baño. Así no podría comer con Roberto, eso sí sería una falta de respeto.
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- Usted se ha comunicado con el buzón de voz de 9-9-9-5-8-2-1-6-6 deje su mensaje después de la señal.

- José, soy yo, ya lo saqué. No compres nunca más esos preservativos - Susana nunca los llama condones, cree que es una palabra muy fea y vulgar -.

viernes, 9 de enero de 2009

Viernes


Salgo del gimnasio sintiéndome Hércules. Me doy un baño. Me voy a un bar. Hoy he hecho dinero y me siento autosuficiente. Siento que no necesito de nadie y que nadie necesita de mí. Hoy he hecho dinero, me repito, no es mucho, pero es el sueldo de un médico de ESSALUD. Sí, soy libre y con plata. Suena la bachatita, se acerca una mujer en mini con unas curvas pornográficas. No gracias, le digo. Hoy estoy solo. Y me río en su cara. Sí. No la necesito, no la quiero. Hoy soy inalcanzable.

Gabriel llega. Y con él la aparatosa carrera de su hablar folclórico y alegre. Yo he construido un muro a mi alrededor, con grietas y telarañas, en su asimetría me siento seguro. Repaso con la mirada el entorno. Lo que me rodea me haría presa fácil de lo que me persigue. Pero hoy no. Hoy he triunfado sobre mi reguero de sensaciones. Hoy soy un hombre solitario e impenetrable. Hasta un poco despiadado. Gabriel sigue conversándome, pero no lo escucho a pesar de sus arritmias orales y risa histriónica.

Pero es viernes y regreso a mi casa. Y te escribo. Y ahora tú eres inalcanzable.

domingo, 4 de enero de 2009

Mi último meme


Sólo por Pequitas haré este meme (palabra de significado desconocido por mí). Porque me contagia con su entusiasmo y buena vibra.

1.- ¿Qué apodos tienes?

Mi entorno cercano me conoce como Nayo (no sé el origen). El más representativo: lechón (gracias a Daniel), variación Lechonardo (El Gchu), también derivan otros dolorosos, producto de mi sobrepeso en la niñez, mi esbeltez en la adolescencia, mi recaída a la obesidad cuando tenía unos 22 cuando nos vetaron de la liga de básquetbol limeña, ahora estoy en mi peso normal a duras penas. Otros apodos ingeniados también por mi pelo largo hasta el hombro en épocas de abundancia y barba poblada, según yo parecía un surfer rebelde, pero la verdad, era la viva imagen de Marco Antonio Soliz, el buki. Pero la lista es casi infinita. Pocos me llaman por mi nombre. He tenido algunos incluso dudosos: matrona, oso arcoiris (el mejor), pequeño (cuando estaba en la universidad, ojo, hacía frío), flacuchento tela, vikingo (por procesar industrialmente bebidas espirituosas sin mayores consecuencias), etc.

2.- ¿Cómo te arreglas el pelo?

Esta pregunta es cruel. Estoy perdiendo cabello. Una tala ilegal. Deforestación de monje franciscano irremediable. Acepto donaciones.

3.- ¿Qué hay nuevo en tu vida?

Personas con mucho talento que escriben en bitácoras virtuales.

4.- ¿Cuántos colores luces hoy?

Negro, verde y el amarillo de mi tanga de tigre.

5.- ¿Introvertido o extrovertido?

Controvertido.

6.- ¿El último libro que has leído?

Madame Bovary de Gustave Flaubert.

7.- ¿Duermes mucho?

Sueño mucho despierto ¿vale?

8.- Si la persona que te gusta está cogida, ¿qué haces?

Enamoro a su novio para que se vuelva gay, lo dejo y conquisto a la chica. Infalible.

9.- ¿Hay algo que te haya hecho infeliz estos días?

La última conversación con Milagros.

10.- ¿Tu postre favorito?

Cheesecake de lúcuma. Soy adicto al dulce. Aunque también me gusta el pastel de acelga, los pastelitos dominicanos, la comida tai, toda la comida peruana, uhmm, ¿de qué estábamos hablando?

11.- ¿Cuánto tardas en prepararte por la mañana?

¿Hay que prepararse? La única ventaja de no tener pelo es no tener que peinarse y salir en 10 minutos.

12.- ¿Qué websites visitas diariamente?

Visitaba Perú21, ahora sólo sigo los titulares y leo La República, por protesta. Noticias mundiales. Los blogs que sigo. http://www.pandora.com/ para escuchar música.

13.- ¿Qué asignaturas estás estudiando ahora mismo?

El caos en todas sus formas. Y una compilación de EPA.

14.- ¿Te gusta conducir y limpiar?

En Lima me gusta conducir porque es un Indy Car sin reglas y con un ajetreo de dedos medios, insultos elaborados y full adrenalina. En otros lados conducir es relajante. Limpiar: me gusta conducir la limpieza. Pero me gusta todo limpio, incluso mi desorden.

15.- ¿Me cuentas un sueño que desees hacer realidad?

Dar con el cocktail perfecto para dormir 8 horas durante la noche.

16.- ¿La última película que has visto?

Soporté La casa del lago, sólo por ver a Sandrita.

17.- ¿Qué es mejor: amor eterno o amor memorable?
Amor sin memoria.

18.- ¿Qué es lo que menos te gusta hacer de tus tareas diarias?
Tender mi cama. Creo que por eso no duermo.

19.- ¿Cuál es tu helado favorito?

El Francesca de Laritza. El yogurt light de fresa cuando recuerdo mi obesidad temprana. El helado cappuccino cuando quiero aparentar ser sofisticado cuando no lo soy.

20.- ¿Qué es lo que esperas con más ansias de los próximos treinta días?

Tener bíceps presentables.

PD. La invitación está abierta a quién quiera hacer el meme a través de los comentarios o por medio de su blog.

miércoles, 31 de diciembre de 2008

Lechuza de colores


Escucho a Devotchka y apareces. Con tus cejas exageradas en señal de sorpresa, indelebles y seguramente, obtenidas de algún relato de Esopo. Haciendo referencia a madrastra encrispada de fábula o, quizás, férrea enemiga de la Sirenita. Con tus cejas pobladas de cono limeño. Con tu sinuosidad y destello permanente de hada madrina. Con esos ojos de princesa mediterránea. Y existes, como recomendada de alguna criatura enviada de Borges. Apareces y te visualizo. Sentada aquí. Con tu mimetismo frenético. Con tu incapacidad para explicar cómo te sientes. Con tu corte de cabello emo flagrante. Detrás de ese cabello de medusa. De ese corte que me parece el desorden completo de un nido de mariposas adolescentes. Eres la hermana que me hubiera gustado tener todo el tiempo, jodiéndome carismáticamente la vida. Eres el ser que me hubiera gustado desfasar cuando se sintiera frágil entre la neblina de la existencia. Porque te quiero mucho. Porque eres Mara Rosario.


Y cuando el frío de lo desconocido te esclaviza el alma con una dependencia impúdica, me gustaría abrazarte, con temor a entrar en lo cursi, que siempre evitamos, pero del que a veces dependemos. Y decirte que todo estará bien. Que vivir los apenas 20 es una tarea recóndita y a veces caótica, pero al mismo tiempo orgánica, singular e insuperable. Que la nube que tienes lloviéndote encima con sus rayos marca ACME, al final, es un remedo de rociador hipnotizante, nada más. Que eres más grande y más fuerte. Que las brumas se disiparán, mientras vivas apasionadamente cada milímetro de tu arte. Mientras te dejes llevar por tus aspavientos. Sólo si, impregnas cualquier elemento con tu creatividad innata que, estoy seguro, te llevará a ser lumbrera. Para dejar tus huellitas, tus rulitos, tus figuritas de colores. Porque cuando tocas algo con esas manos tersas, pero igual, de villana; no creas, no cambias, no das forma, simplemente, das vida.


Admiro tu entrega, tu desorden, tu maquillaje alternativo que confundo con ojeras. Tus cambios de ruta intempestivas, como zigzagueantes, son tus cambios de ánimo. Tu arrebato efímero. Tu creencia favorita de no encajar en ningún molde de la sociedad que cuestionas y criticas. Tus artistas favoritos: Sigur Ros, Imogen Heap, Stinna Nordenstam, Damien Rice, Corinne Bayley y otros, que espero, logren superar su depresión antes de dispararse en la sien en plena grabación.
Yo he visto tus creaciones con estos ojos de ¨oso arcoíris¨ (la chapa más chévere que me han puesto, aunque sea medio gay). Una de mis favoritas es esta http://www.youtube.com/watch?v=M2cO4rvcqko. Una forma que va dando vida a su creación con tanta entrega, que en el proceso, la va perdiendo. Termina deshecha por su propia creatividad. Porque crear también es despojarse de uno mismo. Es echarse una cana intelectual al aire. Es envejecer mientras se generan espacios. Es otorgar pedazos de uno mientras se va perfeccionado, y en ese trance se va perdiendo episodios de su propia visión inicial. Porque toda evolución es la renuncia a uno mismo en el tiempo. La concepción de una nueva esencia en lo creado.


Tienes un humor refinado, contraproducente, perverso, pero indiscutiblemente inteligente e incisivo. Es humor negro terciopelo es el que quiero disfrutar cuando nos tomemos aquella bebida que nos hemos prometido a orillas del mar. Y conversar de nuestras tragedias en el tono sarcástico que tenemos como código. Tratando de parecer uno, más cool que el otro.

Me gustaría en este momento, trasnochante, salir corriendo y comprarte chocolate. Para que irrumpas la monotonía de la amanecida engullendo bombones y dulces que te vuelvan aún más dulce de lo que ya eres. Para que entiendas que soy tu big brother. Que no me importa dilucidar un REPSOL abierto. Que no me importa salir en pantuflas con mi piyama de patitos cartunescos, y poco solemnes, a estas horas de la madrugada y buscarte esa droga azucarada que te mantenga despierta mientras terminas tu última maqueta. Que te prepararía harto café, para ti y todos tus compañeros de arquitectura. Que tampoco me importaría el bullicio de sus conversaciones, que por mi edad, ya no entiendo, pero igual disfruto de su ritmo contagioso y vibrante.


Lechucita de colores, niña bella, que todas tus emociones, se conviertan en luna llena.


Acaba la canción de Devotchka y desapareces.

jueves, 11 de diciembre de 2008

Exiliados


Acabo de llamar a Perú y felicitar a Aurora, que ahora es profesional. Estoy en Niágara pero me da la sensación de estar plasmado dentro de una postal en esta tierra canadiense, con sus floridos amaneceres y su cielo azul acompañado de obesas nubes blancas. En abril del siguiente año cumpliré dos veranos sin hacer el amor. Por eso no he podido disfrutar de este viaje, que a pesar de ser un escape ante mis propias intrigas, es más bien un recordatorio de lo poco evolucionado que me encuentro.

Juliette me ha traído porque su abuelo ha fallecido y hay que enterrarlo. Un ex combatiente de la lucha armada dominicana contra el dictador Trujillo que tuvo, entre exiliados y desaparecidos, un sabor numérico y contundente de derrota. Cuando ella me contaba lo sucedido, sentí una vez más, en contra de la seriedad del momento, que permanecía flotando dentro de sus ojos que hasta ahora no he logrado, y posiblemente no logre, descifrar su verdadero color. Premonitoriamente tuve la certeza que iría con ella. Ella ya sabía que debía visitar un cliente de la compañía en la que trabajo, en el mismo condado donde murió aquel revolucionario monolítico de más de 85 años.

Me hizo la invitación al funeral mientras yo levantaba dos dietéticas mancuernas para socorrer mis mal formados y avergonzados bíceps, víctimas de las burlas de Milagros y comparados angularmente con los de Matías, jugador de Rugby profesional y brontosaurio por vocación. Ella lo conoce porque pertenecen al mismo equipo y viajan en giras deportivas; ostentando, él, sus músculos voluminosos y ella, su atletismo empedernido. ¡Qué Milagros y Matías se hagan hijos el uno al otro tomando turnos de gravidez y que usen anabólicos en vez de viagra! O mejor aún, que se clonen y vuelvan a juntarse uno contra todos hasta dar con la raza fórmula perfecta que perpetúe su insoportable vanidad.


Juliette, sin deformar en ningún momento su expresión facial por la pérdida del abuelo, me dijo que siempre lo recordaría como la primera vez que lo vio entrar en casa de sus padres allá por Cibao, habiéndose cumplido 25 años de la muerte de Trujillo, después de un exilio tormentoso, pero que le preservó la vida. Con un traje elegantísimo azul marino, un sombrero de paño y zapatos de charol negro y blanco. Su figura espigada y ágil pertenecían más a un distinguido y flemático varón inglés extraído de los años 40, que a ese combatiente sanguinario y resuelto que había visto en las fotografías de los periódicos y que había construido en su pequeña cabeza gracias a las historias que escuchaba de su padre. Se sentó en la mesa, con voz grave y bigote breve le dijo:

- Niña, sírveme un vaso de agua, que este calor ya no lo sé capear.



Nunca la llamó por su nombre. Ella hasta ahora, no sabe, si en ese apelativo demostraba algo de desprecio porque no podría mantener su apellido. Apellido que buscó preservar durante aquellos años mozos en los que tuvo 8 hijas con 8 mujeres. A las que dejaba por no darle el hijo varón que anhelaba por ese incesante deseo de prolongación que tenemos los humanos, en especial los hombres. Ese deseo de supervivencia que ha originado religiones prometiendo eternidad, y sacrificios prometiendo vírgenes; que gracias a la inteligencia o estupidez, ha logrado superar las barreras biológicas naturales, creando vida después de la vida y una muerte temporal, cuando es, probablemente, todo lo contrario. Mujeres que dejaba porque nunca creyó en segundas oportunidades, ni en el amor. Porque en el fondo, él quería que ese hijo sea lo que él nunca pudo ser. Pero que lo sea de la forma que él supo ser toda su vida: sin rendijas para las dudas o para los sentimientos de segundo orden. Finalmente se quedó con la abuela de Juliette, que le dio el ansiado varón, pero que murió mientras nacía. No volvió a tener pareja.



Debe ser por cariño que te decía niña, le dije. Ella no me respondió. No obstante, como para no desairarme, comentó que a su hermana sí la llamaba por su nombre. Quizás sabiendo que esta hermana menor de piel oscura y ojos más oscuros todavía le haría preservar su genealogía. Casada con un brasilero y teniendo un hijo en Rio de Janeiro, lo normal es que lleve el apellido de la madre; lo justo, que sea la viva imagen del abuelo. Lo normal y lo justo fue diseñado para esa hermana que nunca sobresalió en nada pero que gracias a su constancia ha conseguido lo que ha querido en casi todas las ocasiones, incluso, a fuerza de voluntad, que su hijo sea idéntico al abuelo. Lo ideal sería que las mujeres sean las que mantengan el apellido. Después de todo, son ellas las que realmente cuentan en la formación de ese nuevo ser. Los hombres son simples donantes y pueden ser fácilmente reemplazados en cualquier catálogo de banco de semen.

Juliette es divorciada. Su madre es una francesa de ojos color cielo de Canadá y cabellera de oro 24 kilates; su padre, un mulato dominicano distinguido y reconocido en su país. Que, felizmente, no logró ser el hijo que el abuelo hubiese querido y quedó más que satisfecho con sus dos hijas mujeres. Juliette es hermosa y nunca habla de cosas tristes. O al menos cuando me cuenta algo que podría ser considerado triste, es tan cuidadosa, que termina siendo anecdótico y enternecedor. Nos conocimos en el gimnasio mientras hacíamos ejercicios para los abdominales que nunca tendremos bien definidos como la chica que se colocó delante de nosotros, y que nos espetaba su bien marcado torso. Pero que gracias a esa exposición de estiramientos de gata cabaretera, logramos iniciar nuestra amistad entablando comentarios, primero en inglés y luego en castellano, pero en ambos idiomas, muy venenosos, contra ese cuerpo bien esculpido. Nunca había sentido antipatía por los abdominales de una mujer. Pero viendo a esa petulante muchacha estirándose como contorsionista de circo ruso me pareció un tanto excesivo para las gorditas esmeradas en bajar siquiera media talla para poder ser más apreciadas y apreciables. Y también me pareció un peligroso distractor, entre máquinas semiautomáticas y discos de hierro, para todos los hombres que la miraban de reojo y comentaban en todos los idiomas lo buena que estaba para pasar la noche. Empezamos a criticar todo de ella, que tenía mucha musculatura, que su cabello era muy lacio, que sus codos muy huesudos, que su labio superior no concordaba con su inferior, que sus tobillos eran muy anchos, que el lunar de su espalda muy oscuro, que sus nalgas muy redondas parecían fabricadas en un quirófano, que sus ojos no deberían ser tan grandes y verdes. Pero reímos cuando Juliette dijo:

- Esta desgraciada está tan buena que hasta yo me la tiraría.

Juliette y yo hemos conversado casi siempre en el gimnasio. Nuestra conversación es reposada y con silencios nada incómodos. A ella le encanta leer todo lo que yo no leo. Y escuchar todo lo que quiero demostrarle que leo. Me gusta escucharla, porque creo que me da las noticias sin comerciales. Y me siento tranquilo con ella porque ambos estamos cansados de relaciones fallidas y finalmente hemos decidido ser ancianos retirados, ella a los 34 y yo a los 30. Y ambos renegamos de los sexos opuestos como si fuéramos asexuados por convicción y devotos de la misma fe antisexo. No sexo. Porque hemos aprendido que todo se jode con el sexo. Que el sexo ha sido nuestra piedra de tropiezo y siempre lo hemos practicado con un rigor de médico cirujano a punto de operar a un enfermo de sida. Porque siempre ha sido el protocolo de la protección previa a la contienda, el que hemos tenido que soportar o realizar como agente de aduanas para que nada salga o nada entre, y del que hemos salido bien librados con cierto orgullo intacto. Porque no queremos tener hijos, ya que ambos creemos que son la renuncia, o al menos la postergación, de lo que queremos lograr como seres individuales y egoístas. Pues no creemos en las explicaciones dadas por las personas cercanas que han tenido hijos sin planificación, que al principio han considerado abortar y después los han bendecido como milagro de Dios. Que no los esperaban pero garantizan, vienen con pan bajo el brazo, y que gracias a ellos son mejores personas, que les dan bríos para luchar y que les cambian la vida. Mentira. Sobre lo último estoy totalmente de acuerdo, les cambian la vida, porque no querían dejar la vida que tenían antes de ellos. Así que nos hemos prometido no tener hijos hasta lograr lo que queremos como los seres narcisistas y egocéntricos que somos, porque no queremos que nuestros hijos sean mejores que nosotros, como dicen todos los progenitores, si no todo lo contrario. Y que nuestro apellido les pese y se erija como una valla muy alta por la que tendrán que luchar toda su vida para sobrepasar y no terminen siendo una mera sombra del éxito de sus padres.

Creo que por eso me siento tranquilo a su lado, no tengo que pretender coqueterías. Y ella no tiene que esperar halagos falsos con el fin de ser llevada a la cama. La primera vez que me invitó una taza de café en el pequeño restaurant del costado, me negué. Luego me sentí estúpido por pensar que una taza de café fuera relacionada por mi lógica primitiva como una propuesta indecorosa, que a fuerza debería terminar en alguna pirueta sexual. Sin mirarla a los ojos, entendió. Cuando le dije que no había hecho el amor en casi dos años, me miró con la misma expresión impávida con la que me contó la muerte de su abuelo, pero con una pizca de piedad. Inmediatamente me sentí más estúpido por diagramar esa confesión tan vergonzosa y que según yo explicaría, sin profundidad, mi castidad voluntaria. Esperando algún comentario sarcástico, me sorprendió una vez más con un silencio secuaz y hasta conmovedor.

En el cementerio lloró un poco. Pero no me acerqué a consolarla. Tampoco dije alguna frase rebuscada y esperanzadora. Porque siento que todo eso indica un gesto trivial. Porque a pulso me he convertido en un ser sin mayor convicción por nada. Siento que casi hace dos años mi espíritu se mudó a un cuerpo un poco más hospitalario. Cuando me miró con sus ojos llorosos, entendí que podríamos ser amigos, por asociación o por los ejercicios abdominales que siempre hacemos. Pero jamás nacería entre nosotros ese deseo que nos ha hecho finalmente libres de cualquier vínculo con las personas que nos rodean y de las cuales escapamos para seguir sin sentir. Sin sentir. Si sientes, pierdes.