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lunes, 10 de agosto de 2009

Vivir para contarla


A Lilian Ferrada.

Estoy haciendo mi primera relectura. Decía Borges que lo importante es hacer relecturas buenas, no leer indiscriminadamente. Esta vez no leeré en un trance casi autista deambulando por todos lados como un loco calato pegado a las páginas para marcar una estrellita más en mi lista de lecturas. Esta vez, me serviré un vasito de vino, prenderé la chimenea que no tengo y me saciaré hasta chupar los huesitos de cada línea que leo. No apretaré el acelerador. Ya no quiero competir para llegar a los mil libros antes de que me lleve la Pelona. Aunque ya se llevó mis pelos.

"Desde que tuve memoria sufrí la tortura matinal de que Mina me cepillara los dientes, mientras ella gozaba del privilegio mágico de quitarse los suyos para lavarlos, y dejarlos en un vaso de agua mientras dormía. Convencido que era su dentadura natural que se quitaba y ponía por artes guajiras, hice que me mostrara el interior de la boca para ver cómo era por dentro el revés de sus ojos, del cerebro, de la nariz, de los oídos, y sufrí la desilusión de no ver nada más que el paladar. Pero nadie me descifró el prodigio y por un buen tiempo me empeciné en que el dentista me hiciera lo mismo que a la abuela, para que ella me cepillara los dientes mientras yo jugaba en la calle".

Gabo cuenta sus aventuras desde que tiene memoria pues dice la vida no es lo que uno ha vivido sino lo que uno recuerda para contar. De este libro uno puede hacer los paralelismos con los personajes creados en sus otras obras. Fueron, muchos de ellos, inspirados en familiares que lo vieron crecer.

Que no se le ocurra a Gabriel García Márquez, en un exceso de creatividad, morirse.

viernes, 8 de mayo de 2009

La montaña embrujada

A Enrique Planas

Nadie puede leer dos mil libros. En los cuatro siglos que vivo no habré pasado de una media docena. Además no importa leer sino releer. La imprenta, ahora abolida, ha sido uno de los peores males del hombre, ya que tendió a multiplicar hasta el vértigo textos innecesarios.

Jorge Luis Borges
Extracto del cuento: Utopía de un hombre que está cansado.
El libro de arena.

No recuerdo el aroma del perfume que surcaba tu cuello aquella noche. Nada más me queda intacta la precaria y dudosa manía del perfume tratando de ocultar tu verdadera esencia de mujer. Tu olor a secas. Ese olor que lo tengo todavía fraguado en mis entrañas. Ese olor que escapaba iracundo por tu poros y se abalanzaba contra mí con un cuchillo entre los dientes arrancándome y fileteando sin piedad lo poco que quedaba de mí mientras te besaba. Me voy desarmando entre tus labios hasta quedar resumido en un escombro humeante. Hoy te vi con los rizos hechos un moñito y no me saludaste.


Tus ojos siempre perdiéndose en todos los puntos que forman una recta infinita transformada en un plano intersectado por la cofradía de la noche y la luna resinosa. Tus ojos que cerrados son más expresivos. La música que no atina y se va golpeando contra las paredes como un gorgojo ciego volador. Otra vez tú en medio del torbellino de las voces y el humo del cigarrillo. Si pudiera adivinar dónde fijas tu mirada con tanta resolución pero sin vincularla a nada hubiera tenido la valentía de besarte en aquel bar de segundo piso en la Avenida Larco. Donde hace años íbamos Aurelio y yo a desobedecer cada ley seca previa a las elecciones presidenciales. Él ahora no puede ir más, pero estoy seguro que yo estaré a su lado pronto.


No logro descifrarte, Layla. Quizá es mejor así para ir descubriéndote poco a poco. En cada intento de beso, en cada intento de caricia. Porque a tu lado me convierto en un intento, en una maroma, una finta hacia todos los lados sin avanzar a ninguno.


Ahora no sé si al besarte te estuve besando.


Te vi en la desfile de modas, tú también me viste pero miraste al vacío. O derrepente me miraste directamente a los ojos y encontraste mi vacío. En fin, hay cosas que quizá no entiendo. Me gustaría conversar contigo. Preguntarte. Pero entiendo que mirar al vacío es también responder. También es probable que sea tú única forma de ver.


Me quedo con tu olor para llenar mi vacío.

miércoles, 31 de diciembre de 2008

Lechuza de colores


Escucho a Devotchka y apareces. Con tus cejas exageradas en señal de sorpresa, indelebles y seguramente, obtenidas de algún relato de Esopo. Haciendo referencia a madrastra encrispada de fábula o, quizás, férrea enemiga de la Sirenita. Con tus cejas pobladas de cono limeño. Con tu sinuosidad y destello permanente de hada madrina. Con esos ojos de princesa mediterránea. Y existes, como recomendada de alguna criatura enviada de Borges. Apareces y te visualizo. Sentada aquí. Con tu mimetismo frenético. Con tu incapacidad para explicar cómo te sientes. Con tu corte de cabello emo flagrante. Detrás de ese cabello de medusa. De ese corte que me parece el desorden completo de un nido de mariposas adolescentes. Eres la hermana que me hubiera gustado tener todo el tiempo, jodiéndome carismáticamente la vida. Eres el ser que me hubiera gustado desfasar cuando se sintiera frágil entre la neblina de la existencia. Porque te quiero mucho. Porque eres Mara Rosario.


Y cuando el frío de lo desconocido te esclaviza el alma con una dependencia impúdica, me gustaría abrazarte, con temor a entrar en lo cursi, que siempre evitamos, pero del que a veces dependemos. Y decirte que todo estará bien. Que vivir los apenas 20 es una tarea recóndita y a veces caótica, pero al mismo tiempo orgánica, singular e insuperable. Que la nube que tienes lloviéndote encima con sus rayos marca ACME, al final, es un remedo de rociador hipnotizante, nada más. Que eres más grande y más fuerte. Que las brumas se disiparán, mientras vivas apasionadamente cada milímetro de tu arte. Mientras te dejes llevar por tus aspavientos. Sólo si, impregnas cualquier elemento con tu creatividad innata que, estoy seguro, te llevará a ser lumbrera. Para dejar tus huellitas, tus rulitos, tus figuritas de colores. Porque cuando tocas algo con esas manos tersas, pero igual, de villana; no creas, no cambias, no das forma, simplemente, das vida.


Admiro tu entrega, tu desorden, tu maquillaje alternativo que confundo con ojeras. Tus cambios de ruta intempestivas, como zigzagueantes, son tus cambios de ánimo. Tu arrebato efímero. Tu creencia favorita de no encajar en ningún molde de la sociedad que cuestionas y criticas. Tus artistas favoritos: Sigur Ros, Imogen Heap, Stinna Nordenstam, Damien Rice, Corinne Bayley y otros, que espero, logren superar su depresión antes de dispararse en la sien en plena grabación.
Yo he visto tus creaciones con estos ojos de ¨oso arcoíris¨ (la chapa más chévere que me han puesto, aunque sea medio gay). Una de mis favoritas es esta http://www.youtube.com/watch?v=M2cO4rvcqko. Una forma que va dando vida a su creación con tanta entrega, que en el proceso, la va perdiendo. Termina deshecha por su propia creatividad. Porque crear también es despojarse de uno mismo. Es echarse una cana intelectual al aire. Es envejecer mientras se generan espacios. Es otorgar pedazos de uno mientras se va perfeccionado, y en ese trance se va perdiendo episodios de su propia visión inicial. Porque toda evolución es la renuncia a uno mismo en el tiempo. La concepción de una nueva esencia en lo creado.


Tienes un humor refinado, contraproducente, perverso, pero indiscutiblemente inteligente e incisivo. Es humor negro terciopelo es el que quiero disfrutar cuando nos tomemos aquella bebida que nos hemos prometido a orillas del mar. Y conversar de nuestras tragedias en el tono sarcástico que tenemos como código. Tratando de parecer uno, más cool que el otro.

Me gustaría en este momento, trasnochante, salir corriendo y comprarte chocolate. Para que irrumpas la monotonía de la amanecida engullendo bombones y dulces que te vuelvan aún más dulce de lo que ya eres. Para que entiendas que soy tu big brother. Que no me importa dilucidar un REPSOL abierto. Que no me importa salir en pantuflas con mi piyama de patitos cartunescos, y poco solemnes, a estas horas de la madrugada y buscarte esa droga azucarada que te mantenga despierta mientras terminas tu última maqueta. Que te prepararía harto café, para ti y todos tus compañeros de arquitectura. Que tampoco me importaría el bullicio de sus conversaciones, que por mi edad, ya no entiendo, pero igual disfruto de su ritmo contagioso y vibrante.


Lechucita de colores, niña bella, que todas tus emociones, se conviertan en luna llena.


Acaba la canción de Devotchka y desapareces.

sábado, 4 de octubre de 2008

Hoy es sábado,


hay una llovizna inconclusa, una humedad del caribe y una tristeza del carajo impregnada en cada árbol. He ido a la iglesia donde un predicador hispano pero nacido aquí, tratando de hablar un español (como dicen ellos, pero si mi amigo vasco se enterara que le dicen español a la lengua de Castilla los fusila a todos) adoptado de cubanos o boricuas porque no pronuncia la R al final de la palabra, intenta bajo todo su compostura y calva meditación hacernos creer que por ser adventistas somos la última Coca Cola del desierto. Luego la musiquita angelical que me hace sentir más pecador que nunca. Luego la oración que me hace sentir que nunca veré a Dios sentado en sus nubes con la barba de Juan Luis Guerra y una sonrisa de ortodoncia perfecta viniendo para resucitarme y llevarme una eternidad. Una eternidad, pienso absorto. ¿Qué es lo que se hace en una eternidad? Según Borges servía únicamente para hacer todo lo que se puede hacer más de una vez. De seguro mucho de lo que quisiera hacer allá no podré hacerlo porque no estarán mis personas favoritas. Creo que ningún escritor estará allá. Y si yo llego a serlo, tampoco.


Suena mi teléfono y me pongo rojo de la verguenza. Es la voz de un banco, sí, los bancos tienen voces, disfrazadas de cordialidad. Diciéndome que por no tener dinero en mi cuenta me quitarán el poco que tengo. Qué quedaré con 5 dólares. Lo peor de todo es que esos 5 dólares no puedo sacarlos. Luego me quitarán otros 15 y me quedaré con -10. Confío en que Bush nos rescate a todos aunque yo no tenga hermanos que apelliden Lehman. Porque hasta donde sé a los que tienen más dinero se les proporciona más para que no tengan -10 como yo.


Un codazo dulce me devuelve a la irrealidad de la iglesia. El predicador me mira con sus ojos de chivo expiatorio y me extiende la Biblia para que lea en voz alta. La leo con mi perfecto español, perdón castellano. La señora que me dio el codazo se rie solapa y me dice que sólo me falta la corbatita azul, que hablo como Bayly. Le sonrío en inglés y apago mi celular.


Pienso en cómo será tener -10 en el banco. Y en cómo llegué a parar aquí.