Mostrando las entradas con la etiqueta Milagros. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Milagros. Mostrar todas las entradas

domingo, 13 de setiembre de 2009

Carta a Milagros



Querida Milagros,

Lee esta cursilería.

Adiós,

Al final creo que los dos hemos perdido.

Yo porque perdí lo que más amaba y tu porque perdiste a quien más te amaba.

Pero de nosotros dos, tú pierdes más que yo, porque yo algún día amaré a otra, como a ti te amaba, pero nadie te amara como yo lo hacía.

No dejes nunca a quien te ama por aquel que te gusta, porque ese que te gusta te dejara por quien ama.


¿Quién escribe estas tonterías ah? Chapa tu almohada nomás loser.

Bueno, respondo tú última carta,

En el trabajo bien, sigo siendo el mismo payaso de siempre pero ahora con viáticos, que según mis amigos, es una forma de haber alcanzado el nivel de ejecutivo al que todos apuntan. Yo nunca he querido ocupar ningún cargo gerencial, pero parece que todo el mundo piensa que sólo para eso sirvo, para dirigir cosas que no entiendo bien pero que soluciono sin levantar la voz y sin reunir a toda la junta para consultar nada. Los "viáticos" a que me refiero, (¿qué diablos significa viático realmente?) son por viajar, poner cara de empresario feliz y acomodar clientes con una pipa y pantuflas. Ser un cortesano sonriente con la fuente llena de comida y tragos, los más caros. Acompañarlos con despabiladas mujeres. Apuntar sus observaciones tomando con la otra mano mi barbilla en señal de total atención. Si me vieras. Jamás hubieras imaginado al barboncito que iba a la universidad con su pijama con estas poses de gerentito de bodega. Y haciéndoles firmar contratos que después voy a tergiversar sin el más mínimo pudor ni ética.

En el amor bien, he visto que mi ex esposa se ha recuperado de nuestro divorcio con el mismo aplomo y rapidez con que firmó los papeles por la venta de nuestro departamento y la separación de bienes. El jueves pasado nomás, saliendo del nuevo restorán de Gastón en Enrique Palacios (su éxito me hace sombra), la vi bien abrazadita de un tipo que parecía recién salido de una sesión de modelaje de Gucci. Apreté los dientes, pero sonreí con naturalidad. Despechado, más tarde, llamé de mi celular a las “incondicionales”, que para mi sorpresa ahora tienen peticiones y poquito más lista de regalos en Ripley o Saga Falabella para salir a dar una vuelta. Borré los contactos de todas y me metí a ver una película en Larcomar, previo heladito.

En la salud bien, mi rodilla no volverá a ser la misma. O sea ya no funcionará más para practicar mi deporte estrella y tampoco podré hacer mucho ejercicio porque me han diagnosticado un mal en la columna que tiene que ver con malas posturas y mi obesidad en escalada. También tengo los días contados en la cabeza. Las últimas resonancias magnéticas no son nada entretenidas. Parece que me van a tener que hacer un trasplante de cerebro porque de alma, me dice el médico, todavía no se puede.

Un beso, Milagritos.

P.D. Gracias otra vez por el perrito que me regalaste, cada vez está más lindo y juguetón.

viernes, 31 de julio de 2009

Mensaje a la nación



Feliz 28 de julio a todos mis compatriotas peruanos. Soy peruano porque si volviera a nacer escogería ser peruano.

Ese fue mi mensaje a la nación. No como el de Alan García que de tanto hablar piensa que habla bien y sus frases trilladas y criollas arrancan aplausos de algunos que piensan que es todo un intelectual. No más comentarios sólo esta imagen de Rossel que es mejor que mil palabras (considerando también que aquí no se le rindió homenaje a Michael Jackson, esto es lo mejor que puedo hacer).



A quien quiero rendir homenaje es a esta niña fabulosa y preciosa, la única dueña de mi corazón. Tiene unas ocurrencias y una alegría contagiosa y estoy seguro ella es la medicina de todos mis males. Aprovecho para denunciar a sus hermanas que se aprovechan de su bondad y le hacen hacer cosas como este video. Me denuncio a mí mismo también porque yo no la defiendo y dejo que ellas la hagan bailar, imitar a gente, hacer de conejito, etc. (Hay que aprovechar que está chiquita).



Esta es un foto de una de las malévolas hermanas y a la otra no la puse porque tanta maldad es ya censurable en cualquier blog.

martes, 7 de abril de 2009

Para Milagros, porque es viernes


Bajo del taxi. Primera vez que llego tarde y segunda que llego en taxi. Le he agarrado una necesidad imperiosa a usar transporte público. Siento que es una práctica que me devuelve cierto contacto con seres humanos. Me gusta que me rocen, independientemente del sexo, cualquier parte de mi frígido y alicaído cuerpo. Me gusta pedir por favor que abran la ventana. Me gusta detestar los olores baratos de colonias mañaneras y su transformación fétida por las noches. También me gusta mirar por la ventana a la muchedumbre caminando guiados por unos hilos inmensos, mágicos y con fecha de expiración. Me gusta ver a las chicas yendo a sus institutos leyendo alguna separata pirateada de algún libro y a los muchachos durmiendo boca arriba mientras escucho la música que Mara me ha grabado y leo algún libro.

Entro a la oficina y mi jefe me recibe con una sonrisa amarilla (porque fuma como un desgraciado), pero sincera. Carajo, qué habré hecho ahora, pienso. Me dice que estoy haciendo un trabajo de puta madre. Que quiere que le estandarice todo en la empresa. Que quiere que dirija la próxima obra en Toquepala. Que soy un muchacho de la puta madre, me dice. No sé si ligar puta madre con matiz de halago. Lo intento y termino creyendo que soy de puta madre.

En el almuerzo vamos a un lugar discreto pero carísimo. Buena comida. Me conversa de su esposa. Es una mujer alta de expresiones finas y modales alturados. Siempre viste elegante y tiene una expresión de cortesía, adornada por sus ojos azules intensos y su boca pequeña. No la aguanta más, me cuenta. Por eso tiene una chiquilla de 22 años, con ella si se le para toda la noche, lo dice con los ojos abiertos y haciendo puño con la mano derecha moviéndola hacia atrás y adelante. Con ella si siente que su corazón cuarentón late como un chiquillo endiablado. Pero no es la única, tiene otra. Es una bailarina del Eros, el night club. La conoció hace dos años y desde entonces la recoje cada 15 días sin importar la fecha. Ella sube a su carro y sin decir una palabra entran a un hotel. El sexo es salvaje, me asegura. Pero no acaba ahí muchacho, sigue diciendo mientras se lleva un bocado a la boca. Tengo otra, es casada y bordea los 40, con ella el sexo es ligero y calmado, casi como una danza de ballet. Ella pinta cuadros y es afamada. El me dice que con ella se siente todo un caballero. Con ella podría quedarse, pero sin dejar a las otras, ríe, otra vez el amarillo de sus dientes me repite que debo dejar de fumar.

Bebe un trago más de vino. Yo también.

Aspira el cigarro y me dice sin botar el humo que no se separa porque eso sería dejar la mitad de toda su empresa a la arpía esa, así la llama él. Yo asiento toda la conversación sin decir mucho. No quiero poner mi mojigato punto de vista porque es contraproducente y aburrido. Salimos del restaurant. Subimos a su Porsche. Regresamos a la oficina.

Leonardo, me dice. Quédate esta noche y vamos a perrear por ahí.

Mejor mañana, le digo.

Hoy tengo que hacer algo en la noche.

Ya pues ni modo, responde. Tan joven y tan monse, me dice sin el mayor reparo de sus palabras.

Entonces entro a mi casa prendo la computadora y escribo: Para Milagros porque es viernes.

¿Tengo un jefe de la puta madre o mi jefe es un puta de su madre?

sábado, 31 de enero de 2009

Mientras crujen los huesos (primera parte)

Tomo una botella de Atlas bien heladita, le pido un lapicero a la mesera y mirándola a los ojos le miento en seco, diciéndole que se lo devolveré. Saco de mi mochila el cuaderno de Hello Kitty que me regaló Liliana, cándido, rosado e inmenso, así como tierno y digno de ser sacado hasta en las reuniones de trabajo. Empiezo a escribirle a El Gchu, que se casa, y termino escribiéndole a Milagros algo que, probablemente, tampoco enviaré. Todo ha sucedido tan rápido que me da la sensación de haberme quedado varado en alguna parte de esta travesía y que mi cuerpo anda por ahí flotando, o mejor aún, bailando en alguna discoteca ochentera en pleno año 2009, y lo que me acompaña en este momento es la mera carcasa de un espíritu sujeto con goma de mascar. Estoy en un bar del Tocumen, Aeropuerto Internacional de Panamá esperando por el vuelo a mi insuperable Perú.

Hace un par de semanas sufrí un accidente “traumante”, traumático y traumatizante para mí y para los boquiabiertos testigos que unísonos repetían “Oh my God, Oh my God”, viendo mi pie derecho colgando como cadáver de pollo en pleno mercado tercermundista. Mis 92 kilos alcanzando la altura de 3.30 metros en un salto vertical para recuperar un rebote, aterrizaron sobre el pie de otro jugador, Ralph, haciendo torsión con mi peso y culminando en mi ceniciento tobillo, que a manera de protesta, decidió abandonar su puesto de trabajo e irse a conversar con otros huesos desconocidos. En ese momento sentí que era una mujer virgen y que con caderas estrechas daba a luz a trillizos con hidrocefalia temporal. Mis gritos bien podrían haber sido la representación gutural de una conquista medieval. Tendido boca arriba y con mi pie apuntando a otra dirección totalmente inerte, lo primero que pensé fue “puta madre, voy a engordar”. En ese preciso instante Ralph, un musculoso negro de 2.05 metros de altura, me tomó de la mano (no jodan) y me empezó a gritar “you’ve got to fight man, fight de pain, fight it!”. Entonces me trasladé mentalmente a una película gringa representando la guerra de Vietnam y que me habían herido, y que a fuerza de alientos verbales sortearía la muerte, o moriría valientemente sin derramar una sola lágrima gritando “freedom!” así como Mel Gibson ahuyentaba la mariconada a fuerza de alaridos mientras le cortaban las gónadas en Braveheart.

Cinco minutos más tarde tenía un policía a mi lado impecablemente uniformado mirando mi tobillo y diciendo “Oh my God”. Pasaron tres minutos más y cuatro paramédicos entraban con una camilla como las que usan en la serie ER. Y uno de los más jóvenes me preguntaba qué me pasaba. Tragando saliva espesa, con el dolor devorando mis neuronas quería decirle “no me pasa nada, sólo quería saber si George Clooney todavía trabaja con ustedes”. En realidad eran tres adolescentes en prácticas para ser paramédicos y una mujer paramédico de mediana edad que con una mirada me regaló un poco de calma y con otra derritió al que preguntaba que cuál era el problema. La paramédico mayor señaló mi tobillo que colgaba como chivo expiatorio degollado de mi pierna y el preguntón replicó con cara desencajada “Oh my God”.

Al pasar en camilla amarradito como tamalito verde en vitrina, recuerdo “carajo, justo la clase de aeróbicos”. Se detiene la música y todas las bellas féminas duritas y apretaditas del gimnasio se acercan para ver a este pobre huevoncito más pálido que emo japonés, con una sonrisa de cojudo, a punto de saludarlas con la palma de la mano como si hubiera ganado un concurso de belleza.

Mi siguiente preocupación es el frío al salir del gimnasio, la temperatura está a -22 ⁰ C. Entonces le pido a Ralph que traiga mi ropa del casillero. “No se preocupe por el frío” me dice el preguntón en vías de paramédico aunque en ese momento hubiese querido que esté en vías de extinción, juro, me daba ganas de preguntar su edad porque el solo hecho de que me ande toqueteando me infiere una idea delictiva al menor. “Tenemos un mantita para protegerlo del clima”. Felizmente, pienso. Estos gringos, seguro tienen una manta súper moderna, eléctrica y hasta con conexión internet para estos casos. Madre. Era un pedacito de tela parecida a las que te dan en los aviones. Hubiera preferido la que me tejió mi bisabuelita que a pesar de su ceguera, lograba realizar estas manifestaciones textiles de cariño.

Salgo al estacionamiento en mi pesebre rodante, y no pues, no es que te de frío. No es que te frotas un poquito los brazos y ya. No. El frío no es frío. Es una chaveteada olímpica por todo el cuerpo, es una despellejada con cuchillo sin filo, que te inutiliza hasta para reconocer tu propio sexo. Para colmo los tres aprendices no saben usar la camilla que se acopla y se sube automáticamente al vehículo. Con amabilidad les sugiero, “me bajo y me subo a la ambulancia, que si no me mata el dolor del tobillo, la hipotermia será un asesino mucho más eficaz”. Llega Ralph con mi casaca y con cara de haber cometido un crimen. “You fucking fight that pain man” le sonrío, agradezco y me cubro con la mantita para enanos que me dieron estos huevas y que apenas me cubre el ombliguito al descubierto.

En la ambulancia me toman mi presión y mi pulso, mientras yo les converso entre quejidos de animal nocturno cualquier cosa que se me viene a la cabeza. De pronto la única mujer entre los aprendices mira desconcertada a su compañero, ella es de rasgos asiáticos pero sus ojos se abren como caricatura manga (¿por qué todos los mangas tienen ojos inmensos?), y le dice “¡no encuentro su pulso, no encuentro su pulso!” hundiéndome los dedos en el brazo. Yo no me aguanto y contesto “¿ya me morí?”. La única paramédico y conductora de la ambulancia ahora con más vergüenza que ganas de reprenderlos les dice que mantengan el tobillo en alto. El otro cuasi paramédico, pelirrojo, delgado y de piel casi transparente extrae de una gaveta numerosos papeles. Los firmo sin mirar. Por algún irracional motivo confío en los pelirrojos. Pero cuando me empieza a hacer una encuesta sobre la calidad de su servicio me da ganas de dislocarle el tobillo con mis propias manos y compartir camilla con él.

En la sala de emergencia del hospital Robert Wood Johnson el primero que me ve es el conserje que desinfecta el piso sin ánimo, de pronto mi tobillo le devuelve expresión al rostro y me dice, acercándose con el trapeador “Oh my God”. Unos segundos más tarde viene una enfermera de rostro angelical, de intensos ojos azules y de maneras gráciles. Su presencia me convierte en Rambo. Ya no me quejo. Saco pecho, flexiono mis bíceps. Poso. Ella me pregunta algunos datos y yo quiero darle una biografía de mi vida en versión éxitos only. Me pregunta a quién debe contactar. Mi sonrisa coqueta se borra en un santiamén, no sé qué responder, Juliette debe estar durmiendo, no quiero molestar a nadie. Para comprar tiempo le pregunto con cara de asilado político si en ese espacio puede colocar su número telefónico. Ríe con ética profesional. Saco mi celular y le doy el número de Gabriel. Es el único que se me ocurre.

“Te voy a colocar un catéter venoso, va a salir un poco de sangre”. Por ti, hasta la última gota, pienso tratando de disimular mi carita de enfermo. Le pido que le tome una foto a la aberración que tengo por tobillo y me la envíe al celular, en el fondo sólo es una treta para conseguir su número. Lo hace. Acto seguido, me inyecta una droga que simplemente la convierte en un ser intenso, rodeada de ese cabello dorado, hasta puedo ver que le crecen alas de colibrí y no se desplaza, si no que vuela en la habitación como un hada madrina y me ilumina todo con esos ojos brillantes y dóciles. Sin embargo el dolor no disminuye.

Entra la doctora, me siento el de mayor edad en la sala, es una joven polaca, pecosa, musculosa y sin revelación humana alguna en el rostro. Otra vez el “Oh my God”. Llama a su colega traumatólogo. Viene un muchacho con pinta de surfer hablando por su iphone, risueño y mirando su reloj. Con tanta juventud rodeándome la primera idea de amputación discurre por mi cerebro.

viernes, 9 de enero de 2009

Viernes


Salgo del gimnasio sintiéndome Hércules. Me doy un baño. Me voy a un bar. Hoy he hecho dinero y me siento autosuficiente. Siento que no necesito de nadie y que nadie necesita de mí. Hoy he hecho dinero, me repito, no es mucho, pero es el sueldo de un médico de ESSALUD. Sí, soy libre y con plata. Suena la bachatita, se acerca una mujer en mini con unas curvas pornográficas. No gracias, le digo. Hoy estoy solo. Y me río en su cara. Sí. No la necesito, no la quiero. Hoy soy inalcanzable.

Gabriel llega. Y con él la aparatosa carrera de su hablar folclórico y alegre. Yo he construido un muro a mi alrededor, con grietas y telarañas, en su asimetría me siento seguro. Repaso con la mirada el entorno. Lo que me rodea me haría presa fácil de lo que me persigue. Pero hoy no. Hoy he triunfado sobre mi reguero de sensaciones. Hoy soy un hombre solitario e impenetrable. Hasta un poco despiadado. Gabriel sigue conversándome, pero no lo escucho a pesar de sus arritmias orales y risa histriónica.

Pero es viernes y regreso a mi casa. Y te escribo. Y ahora tú eres inalcanzable.

domingo, 4 de enero de 2009

Mi último meme


Sólo por Pequitas haré este meme (palabra de significado desconocido por mí). Porque me contagia con su entusiasmo y buena vibra.

1.- ¿Qué apodos tienes?

Mi entorno cercano me conoce como Nayo (no sé el origen). El más representativo: lechón (gracias a Daniel), variación Lechonardo (El Gchu), también derivan otros dolorosos, producto de mi sobrepeso en la niñez, mi esbeltez en la adolescencia, mi recaída a la obesidad cuando tenía unos 22 cuando nos vetaron de la liga de básquetbol limeña, ahora estoy en mi peso normal a duras penas. Otros apodos ingeniados también por mi pelo largo hasta el hombro en épocas de abundancia y barba poblada, según yo parecía un surfer rebelde, pero la verdad, era la viva imagen de Marco Antonio Soliz, el buki. Pero la lista es casi infinita. Pocos me llaman por mi nombre. He tenido algunos incluso dudosos: matrona, oso arcoiris (el mejor), pequeño (cuando estaba en la universidad, ojo, hacía frío), flacuchento tela, vikingo (por procesar industrialmente bebidas espirituosas sin mayores consecuencias), etc.

2.- ¿Cómo te arreglas el pelo?

Esta pregunta es cruel. Estoy perdiendo cabello. Una tala ilegal. Deforestación de monje franciscano irremediable. Acepto donaciones.

3.- ¿Qué hay nuevo en tu vida?

Personas con mucho talento que escriben en bitácoras virtuales.

4.- ¿Cuántos colores luces hoy?

Negro, verde y el amarillo de mi tanga de tigre.

5.- ¿Introvertido o extrovertido?

Controvertido.

6.- ¿El último libro que has leído?

Madame Bovary de Gustave Flaubert.

7.- ¿Duermes mucho?

Sueño mucho despierto ¿vale?

8.- Si la persona que te gusta está cogida, ¿qué haces?

Enamoro a su novio para que se vuelva gay, lo dejo y conquisto a la chica. Infalible.

9.- ¿Hay algo que te haya hecho infeliz estos días?

La última conversación con Milagros.

10.- ¿Tu postre favorito?

Cheesecake de lúcuma. Soy adicto al dulce. Aunque también me gusta el pastel de acelga, los pastelitos dominicanos, la comida tai, toda la comida peruana, uhmm, ¿de qué estábamos hablando?

11.- ¿Cuánto tardas en prepararte por la mañana?

¿Hay que prepararse? La única ventaja de no tener pelo es no tener que peinarse y salir en 10 minutos.

12.- ¿Qué websites visitas diariamente?

Visitaba Perú21, ahora sólo sigo los titulares y leo La República, por protesta. Noticias mundiales. Los blogs que sigo. http://www.pandora.com/ para escuchar música.

13.- ¿Qué asignaturas estás estudiando ahora mismo?

El caos en todas sus formas. Y una compilación de EPA.

14.- ¿Te gusta conducir y limpiar?

En Lima me gusta conducir porque es un Indy Car sin reglas y con un ajetreo de dedos medios, insultos elaborados y full adrenalina. En otros lados conducir es relajante. Limpiar: me gusta conducir la limpieza. Pero me gusta todo limpio, incluso mi desorden.

15.- ¿Me cuentas un sueño que desees hacer realidad?

Dar con el cocktail perfecto para dormir 8 horas durante la noche.

16.- ¿La última película que has visto?

Soporté La casa del lago, sólo por ver a Sandrita.

17.- ¿Qué es mejor: amor eterno o amor memorable?
Amor sin memoria.

18.- ¿Qué es lo que menos te gusta hacer de tus tareas diarias?
Tender mi cama. Creo que por eso no duermo.

19.- ¿Cuál es tu helado favorito?

El Francesca de Laritza. El yogurt light de fresa cuando recuerdo mi obesidad temprana. El helado cappuccino cuando quiero aparentar ser sofisticado cuando no lo soy.

20.- ¿Qué es lo que esperas con más ansias de los próximos treinta días?

Tener bíceps presentables.

PD. La invitación está abierta a quién quiera hacer el meme a través de los comentarios o por medio de su blog.

martes, 23 de diciembre de 2008

Gente que no me conoció


Conocí a Pedro Pablo Kuczynski en los vehículos que te transportan de la puerta de embarque hacia el avión, en el aeropuerto Jorge Chávez, mientras revisaba una y otra vez mi pasaporte vencido, como si de tanto revisarlo, tendría a bien regresar a la vigencia. Ideando la cara de idiota que pondría al explicar mi ineptitud al agente de migraciones cuando llegase a Boston, quién, estoy seguro, insultándome, me mandaría al cuartito de torturas, porque, vamos, cuando veas esos dedos lubricándose y escuches el látex de los guantes, empieza el drama sicológico. PPK, sus siglas en un maletín de lo más sofisticado, es él, pensé, como si no hubiera sido suficiente reconocerlo instantáneamente viéndole la cara. Adopté postura de diplomático y le dije, Ud. es Pedro Pablo Kuczynski, ministro de economía. Orgulloso de mi conocimiento político, le estreché la mano. El, fino y educado, hizo lo mismo con una sonrisa tan sofisticada como su maletín de cuero. Me dijo que tenía que ir a Washington a una reunión importante. Fue amable, cordial y nunca borró su sonrisa mientras conversaba conmigo. Me dio su tarjeta, al mismo tiempo que lo felicitaba por su labor. Tarjeta que más tarde perdí por la inercia de mi desorden.

A los 14 años, en la Feria del Hogar, abrazado de mi chica castaña, 3 años mayor que yo, apiñado en la primera fila, conocí a Ricardo Arjona. Cantaba esa canción ¨Mujeres¨ que detesto tanto, por su letra ridícula, su rima insoportable y porque me recuerda, que con esa canción, se acercó orondo a Tatiana y le alcanzó una rosa que había sido recibida momentos antes por una fan estridente. Recuerdo que me miró sarcástico y con aires de galán. Esa misma noche, Tatiana, en vista del atropello que había sufrido, me regaló un anillo diciéndome que me querría siempre, el cual también, creo, he perdido por la voracidad de mi caos.

Haciendo hora, decidiéndome entre El gran laberinto de Fernando Savater y The Cleft de Doris Lessing, en Crisol del Jockey Plaza, mientras esperaba a Milagros (anuncio para todos los cobradores y taxistas, entre amigos y entendidos, que me han corregido por decir jo-quei, en vez de yo-quei, como dicen ellos; yo hablo castellano en Lima y digo jo-quei, si quisiera decirlo en inglés diría yo-qui ('dʒɒkɪ)); ingresó Gian Marco Zignano para firmar autógrafos y promocionar el libro que acababa de publicar, La madera del alma. Su sonrisa no le pertenecía. Creo estaba estipulada en un contrato. Lo vi mucho mayor de lo que lo hubiera proyectado. Preferí no acercarme y guardar la memoria intacta de esa conversación que tuvimos, a la salida del Montecarlo, 1998, ambos con pelo, cuando presentó la obra músico teatral Voces y Cuerdas, junto a Jean Paul Strauss, Domingo Garibaldi y Jorge Pardo. La vimos con Maritza, una semana después de haber terminado nuestra relación. Aquella noche, Maritza y yo, salimos cogidos de la mano regresando a su casa, sin decir una palabra.


Cecilia Valenzuela hacía compras en Wong (cuando fue comprado por los chilenos, sentí que me quitaban Arica otra vez) del Ovalo Gutierrez, mi preferido, por su atención insuperable y por el viejito siempre enternado y eternizado, el señor Cochrane, que vive en Enrique Meiggs, que gusta de escuchar el piano, sentadito, esperando conversación. Risueña y acomedida, le dije que siempre veía su programa (no le dije que lo hacía únicamente mientras Rosa María Palacios estaba en comerciales).

A Luis Horna lo conocí entrando a Ace de la Javier Prado, con mirada de pocos amigos, yo que andaba rociado de un humor triunfante preso de alguna bebida vivaz, me acerqué para felicitarlo por su victoria con Pablo Cuevas en el Roland Garros. Apenas me miró. Estaba seguido por su esposa, de cara hermética también.



Saliendo de Plaza Vea, con El Gchu, nos topamos con Farid Matuk. Lo saludamos y comprobamos que sí usa esa corbatita peculiar con el bigote que no le hace juego. Parecía apurado pero fue cortés. Creo que nadie lo saluda en la calle.

En Larcomar vi a Laura Huarcayo, que es más bella de lo que sale en la tele, y es real y simpática. Tomándose fotos con niños, mera excusa de sus no tan angelicales padres para acercarse a ella. En esos momentos yo también quería ser padre de trillizos y tomarme muchas fotos con ella. Hola Laura le dije, hola me respondió con su sonrisa de media cuadra, pero hermosa igual.



En el restaurant de Isla Negra, conocí a Pedro Lemebel, con temor le pedí que me firmara su libro Los incontables, que por suerte había comprado horas antes en el Paseo Ahumada. Por supuesto, guapo, me dijo, tú no eres de acá, tú eres peruano, sí, le respondí, enrojecido. Tenía una bufanda que le cubría la cabeza y una alegría impostada, pero en ese momento, más real que la mía.

A Shakira (cuando era nuestra y no de los gringos, como ahora), la conocí, apenas cuando tenía ella unos 20 años, y yo 18, yo era parte de Defensa Civil y cuidábamos la seguridad en El Estelar de la Feria del Hogar, en el Backstage, nos repartió discos compactos y se tomó fotos con nosotros. El disco soportó mi desorden, pero no a Ximena, que terminó llevándoselo, entre otras cosas, aduciendo venganza por un engaño que nunca cometí, y que en el fondo fue la disculpa perfecta para estar con Rodrigo, mi amigo, quién después me comentó, hacían el amor escuchando mi disco firmado por Shakira.

También conocí a Alberto Fujimori, cuando fue a mi colegio, el Colegio Unión, en Lurigancho, construyó una pista de acceso y donó dos omnibuses que hasta ahora los he visto rondando. Yo estaba en la escolta y saludó los que la integrábamos. Rompimos protocolo y le estrechamos la mano. Todos menos el que cargaba la bandera que no se movió y después se enojó con nosotros por haberlo hecho. Más tarde el poder lo convirtió en tirano. Y al de la bandera en guardaespaldas de Alejandro Toledo.

En el Resort Puerta Palmeras, en Tarapoto, una noche que me puse a jugar billar con una pareja de suecos. Conocí a Alfredo Ferrero, hombre muy amoroso con su esposa e hijas. Es más joven de lo que aparenta en los medios. Risueño y relajado, conversamos a gusto en el bar del hotel, él sólo tomando un refresco de frutas. Yo, algo menos saludable. El siguiente día compartimos una expedición a la Catarata de Ahuashiyacu.


Alonso Cueto no me conoce, pero me escribió debido a la publicación Premio VERDEOPINION 2008, sus palabras infundieron ánimo que perdurará para seguir escribiendo. Me gustaría conocerlo.

jueves, 11 de diciembre de 2008

Exiliados


Acabo de llamar a Perú y felicitar a Aurora, que ahora es profesional. Estoy en Niágara pero me da la sensación de estar plasmado dentro de una postal en esta tierra canadiense, con sus floridos amaneceres y su cielo azul acompañado de obesas nubes blancas. En abril del siguiente año cumpliré dos veranos sin hacer el amor. Por eso no he podido disfrutar de este viaje, que a pesar de ser un escape ante mis propias intrigas, es más bien un recordatorio de lo poco evolucionado que me encuentro.

Juliette me ha traído porque su abuelo ha fallecido y hay que enterrarlo. Un ex combatiente de la lucha armada dominicana contra el dictador Trujillo que tuvo, entre exiliados y desaparecidos, un sabor numérico y contundente de derrota. Cuando ella me contaba lo sucedido, sentí una vez más, en contra de la seriedad del momento, que permanecía flotando dentro de sus ojos que hasta ahora no he logrado, y posiblemente no logre, descifrar su verdadero color. Premonitoriamente tuve la certeza que iría con ella. Ella ya sabía que debía visitar un cliente de la compañía en la que trabajo, en el mismo condado donde murió aquel revolucionario monolítico de más de 85 años.

Me hizo la invitación al funeral mientras yo levantaba dos dietéticas mancuernas para socorrer mis mal formados y avergonzados bíceps, víctimas de las burlas de Milagros y comparados angularmente con los de Matías, jugador de Rugby profesional y brontosaurio por vocación. Ella lo conoce porque pertenecen al mismo equipo y viajan en giras deportivas; ostentando, él, sus músculos voluminosos y ella, su atletismo empedernido. ¡Qué Milagros y Matías se hagan hijos el uno al otro tomando turnos de gravidez y que usen anabólicos en vez de viagra! O mejor aún, que se clonen y vuelvan a juntarse uno contra todos hasta dar con la raza fórmula perfecta que perpetúe su insoportable vanidad.


Juliette, sin deformar en ningún momento su expresión facial por la pérdida del abuelo, me dijo que siempre lo recordaría como la primera vez que lo vio entrar en casa de sus padres allá por Cibao, habiéndose cumplido 25 años de la muerte de Trujillo, después de un exilio tormentoso, pero que le preservó la vida. Con un traje elegantísimo azul marino, un sombrero de paño y zapatos de charol negro y blanco. Su figura espigada y ágil pertenecían más a un distinguido y flemático varón inglés extraído de los años 40, que a ese combatiente sanguinario y resuelto que había visto en las fotografías de los periódicos y que había construido en su pequeña cabeza gracias a las historias que escuchaba de su padre. Se sentó en la mesa, con voz grave y bigote breve le dijo:

- Niña, sírveme un vaso de agua, que este calor ya no lo sé capear.



Nunca la llamó por su nombre. Ella hasta ahora, no sabe, si en ese apelativo demostraba algo de desprecio porque no podría mantener su apellido. Apellido que buscó preservar durante aquellos años mozos en los que tuvo 8 hijas con 8 mujeres. A las que dejaba por no darle el hijo varón que anhelaba por ese incesante deseo de prolongación que tenemos los humanos, en especial los hombres. Ese deseo de supervivencia que ha originado religiones prometiendo eternidad, y sacrificios prometiendo vírgenes; que gracias a la inteligencia o estupidez, ha logrado superar las barreras biológicas naturales, creando vida después de la vida y una muerte temporal, cuando es, probablemente, todo lo contrario. Mujeres que dejaba porque nunca creyó en segundas oportunidades, ni en el amor. Porque en el fondo, él quería que ese hijo sea lo que él nunca pudo ser. Pero que lo sea de la forma que él supo ser toda su vida: sin rendijas para las dudas o para los sentimientos de segundo orden. Finalmente se quedó con la abuela de Juliette, que le dio el ansiado varón, pero que murió mientras nacía. No volvió a tener pareja.



Debe ser por cariño que te decía niña, le dije. Ella no me respondió. No obstante, como para no desairarme, comentó que a su hermana sí la llamaba por su nombre. Quizás sabiendo que esta hermana menor de piel oscura y ojos más oscuros todavía le haría preservar su genealogía. Casada con un brasilero y teniendo un hijo en Rio de Janeiro, lo normal es que lleve el apellido de la madre; lo justo, que sea la viva imagen del abuelo. Lo normal y lo justo fue diseñado para esa hermana que nunca sobresalió en nada pero que gracias a su constancia ha conseguido lo que ha querido en casi todas las ocasiones, incluso, a fuerza de voluntad, que su hijo sea idéntico al abuelo. Lo ideal sería que las mujeres sean las que mantengan el apellido. Después de todo, son ellas las que realmente cuentan en la formación de ese nuevo ser. Los hombres son simples donantes y pueden ser fácilmente reemplazados en cualquier catálogo de banco de semen.

Juliette es divorciada. Su madre es una francesa de ojos color cielo de Canadá y cabellera de oro 24 kilates; su padre, un mulato dominicano distinguido y reconocido en su país. Que, felizmente, no logró ser el hijo que el abuelo hubiese querido y quedó más que satisfecho con sus dos hijas mujeres. Juliette es hermosa y nunca habla de cosas tristes. O al menos cuando me cuenta algo que podría ser considerado triste, es tan cuidadosa, que termina siendo anecdótico y enternecedor. Nos conocimos en el gimnasio mientras hacíamos ejercicios para los abdominales que nunca tendremos bien definidos como la chica que se colocó delante de nosotros, y que nos espetaba su bien marcado torso. Pero que gracias a esa exposición de estiramientos de gata cabaretera, logramos iniciar nuestra amistad entablando comentarios, primero en inglés y luego en castellano, pero en ambos idiomas, muy venenosos, contra ese cuerpo bien esculpido. Nunca había sentido antipatía por los abdominales de una mujer. Pero viendo a esa petulante muchacha estirándose como contorsionista de circo ruso me pareció un tanto excesivo para las gorditas esmeradas en bajar siquiera media talla para poder ser más apreciadas y apreciables. Y también me pareció un peligroso distractor, entre máquinas semiautomáticas y discos de hierro, para todos los hombres que la miraban de reojo y comentaban en todos los idiomas lo buena que estaba para pasar la noche. Empezamos a criticar todo de ella, que tenía mucha musculatura, que su cabello era muy lacio, que sus codos muy huesudos, que su labio superior no concordaba con su inferior, que sus tobillos eran muy anchos, que el lunar de su espalda muy oscuro, que sus nalgas muy redondas parecían fabricadas en un quirófano, que sus ojos no deberían ser tan grandes y verdes. Pero reímos cuando Juliette dijo:

- Esta desgraciada está tan buena que hasta yo me la tiraría.

Juliette y yo hemos conversado casi siempre en el gimnasio. Nuestra conversación es reposada y con silencios nada incómodos. A ella le encanta leer todo lo que yo no leo. Y escuchar todo lo que quiero demostrarle que leo. Me gusta escucharla, porque creo que me da las noticias sin comerciales. Y me siento tranquilo con ella porque ambos estamos cansados de relaciones fallidas y finalmente hemos decidido ser ancianos retirados, ella a los 34 y yo a los 30. Y ambos renegamos de los sexos opuestos como si fuéramos asexuados por convicción y devotos de la misma fe antisexo. No sexo. Porque hemos aprendido que todo se jode con el sexo. Que el sexo ha sido nuestra piedra de tropiezo y siempre lo hemos practicado con un rigor de médico cirujano a punto de operar a un enfermo de sida. Porque siempre ha sido el protocolo de la protección previa a la contienda, el que hemos tenido que soportar o realizar como agente de aduanas para que nada salga o nada entre, y del que hemos salido bien librados con cierto orgullo intacto. Porque no queremos tener hijos, ya que ambos creemos que son la renuncia, o al menos la postergación, de lo que queremos lograr como seres individuales y egoístas. Pues no creemos en las explicaciones dadas por las personas cercanas que han tenido hijos sin planificación, que al principio han considerado abortar y después los han bendecido como milagro de Dios. Que no los esperaban pero garantizan, vienen con pan bajo el brazo, y que gracias a ellos son mejores personas, que les dan bríos para luchar y que les cambian la vida. Mentira. Sobre lo último estoy totalmente de acuerdo, les cambian la vida, porque no querían dejar la vida que tenían antes de ellos. Así que nos hemos prometido no tener hijos hasta lograr lo que queremos como los seres narcisistas y egocéntricos que somos, porque no queremos que nuestros hijos sean mejores que nosotros, como dicen todos los progenitores, si no todo lo contrario. Y que nuestro apellido les pese y se erija como una valla muy alta por la que tendrán que luchar toda su vida para sobrepasar y no terminen siendo una mera sombra del éxito de sus padres.

Creo que por eso me siento tranquilo a su lado, no tengo que pretender coqueterías. Y ella no tiene que esperar halagos falsos con el fin de ser llevada a la cama. La primera vez que me invitó una taza de café en el pequeño restaurant del costado, me negué. Luego me sentí estúpido por pensar que una taza de café fuera relacionada por mi lógica primitiva como una propuesta indecorosa, que a fuerza debería terminar en alguna pirueta sexual. Sin mirarla a los ojos, entendió. Cuando le dije que no había hecho el amor en casi dos años, me miró con la misma expresión impávida con la que me contó la muerte de su abuelo, pero con una pizca de piedad. Inmediatamente me sentí más estúpido por diagramar esa confesión tan vergonzosa y que según yo explicaría, sin profundidad, mi castidad voluntaria. Esperando algún comentario sarcástico, me sorprendió una vez más con un silencio secuaz y hasta conmovedor.

En el cementerio lloró un poco. Pero no me acerqué a consolarla. Tampoco dije alguna frase rebuscada y esperanzadora. Porque siento que todo eso indica un gesto trivial. Porque a pulso me he convertido en un ser sin mayor convicción por nada. Siento que casi hace dos años mi espíritu se mudó a un cuerpo un poco más hospitalario. Cuando me miró con sus ojos llorosos, entendí que podríamos ser amigos, por asociación o por los ejercicios abdominales que siempre hacemos. Pero jamás nacería entre nosotros ese deseo que nos ha hecho finalmente libres de cualquier vínculo con las personas que nos rodean y de las cuales escapamos para seguir sin sentir. Sin sentir. Si sientes, pierdes.

viernes, 14 de noviembre de 2008

Esa es tu (verde) opinión


Milagros me ha llamado por teléfono hace unas horas para entablar la única conversación con roles definidos que hemos tenido en nuestra relación amical que empezó a principios del 2000. Con roles definidos, porque nunca los hubo, porque bien podríamos ser una fluctuación de pareja conformada por lesbiana y chico homosexual (o viceversa) tan hilarante y desencajada que me hace a veces pensar, sería la dupla más feliz de la aburrida Lima del cono este. Ella apapachándome al ver una pelillorona y yo cocinándole con mi delantal morado, porque el morado está recontra in, suculentas comidas que hagan de su figura más esbelta, más atlética, más deliciosa y más inalcanzable que nunca para todos los rollizos que carecemos de ese gen envidiable. Ese cuerpazo que se maneja que no sé si me provoca tenerlo yo para lucirlo con botas o zapatos fashion, con jeans low cut, mostrando el piercing del ombliguito coqueto y con topcitos, politos apretados, tiritas, lo que sea en realidad, porque siempre relucirán a la perfección esos pechos animosos como caritas felices emoticonas y redonditos, demasiado redonditos, ya me entienden. O tener ese cuerpazo a mi lado caminando por las calles, yo bien erguido como machazo de novela mexicana con pelo en pecho y bigote macizo, para poder abrazarlo apretadito y aplicarle cuanto ungüento sea necesario para mantenerlo acostumbrado a mis manos y a mi sincera veneración. Pero da lo mismo.

Volviendo a la conversación telefónica, es la primera vez que no nos atropellamos para conversar, que no nos forcejeamos, que no nos revolcamos en risas, que no hablamos disparate y medio con una energía tan desmedida e iracunda que termina en orgásmicos suspiros y entretelones fugaces. Hemos aprendido con el tiempo a hablar uno encima del otro, con un desorden tan activo y espeluznante que a veces me pregunto si no es acaso una de las formas más deslumbradas del caos completo. O que si no es acaso la nueva forma de terapia de pareja más hilarante que bien podría ser la clave a una relación duradera y feliz. Pero hoy no fue así. Me dijo que le habían entregado sus resultados de un chequeo médico general. Hubo un silencio que nos succionó a los dos. A pesar de estar tan lejos. Bueno creo que a mí más que a ella. Pues ella siempre dice que soy una dramática y que bien podría ser su amiga o su amigo gay, porque siempre pongo atención a los detalles, porque la escucho y nunca olvido lo que dijo ni lo que usaba mientras lo decía, ni dónde me lo decía y con qué color de lápiz labial me lo decía, y que sirvo para decorador, para diseñador de interiores, o de ropa, porque cuando vamos a comprar ropa es ella la que pregunta mi opinión y yo el que discrepo o asiento con la sabiduría propia o adquirida de Anna Sui, Prada, Versace, Gucci, Dolce & Gabbana, o cualquiera de ellos. Que tengo gusto para los perfumes, para los libros, para los vinos raros o licores extranjeros que ella no se atreve nunca a probar y menos a pronunciar, porque su inglés o francés es tan incipiente y nocivo como mi ritmo para la cumbia. Porque no le gusta nada que no sea piña colada. Lo cual a mí me parece una huachafada, pero la perdono porque es Milagros, y porque la quiero, y porque al menos con la suficiente cantidad creo que también se podría embriagar y ser presa de mi conversación afiebrada y ceder a mis propuestas decentes pero carentes de vestuario alguno, o ceder quizás a su leve inclinación que creo que tiene por mí, aunque sea lésbica, que para efectos prácticos da lo mismo.
Hace algún tiempo me dijo que si algún día llegáramos a ser pareja ella sería la infiel. Porque según ella, en todas las parejas tiene que haber un infiel y prefiere serlo ella. Luego recapacita y me dice que eso no pasará porque soy medio gay. A lo que yo cavilo profusamente, si puede haber algo más inútil que un medio gay, siendo muy maricón para las mujeres y muy macho para los hombres con esas tendencias. ¿Qué desfalco humano podría entonces fijarse en mí?

Volviendo otra vez a la comunicación telefónica.

- Tengo mi colesterol y mis triglicéridos recontra altos, flacuchento tela - así me dice Milagros.

Suspiré aliviado porque pensé que tendría una enfermedad de premio castigo por su encrispante vanidad, o algún mal producto de su arduo trabajo de ingeniera en las minas de cobre a más de 4 000 msnm donde labora, lo cual incluye también, y estoy especulando únicamente, los artificios para combatir el frío entre ellos, el roce de cuerpos, y no creo que el látex esté medicado para calentar cuerpo, sino todo lo contrario.

- Pucha, chola fea - así le digo yo, y adoptando esa postura que jamás había ensayado con ella proseguí - ¿Y te sorprendes? Con toda la chatarra que comes es un milagro que no te haya dado un ataque al corazón - su silencio al otro lado de la línea me dio más autoridad -, cuántas veces te he dicho que comes demasiada fritura, demasiada confitería, que el brownie no es nutritivo, que el agua no es sólo para bañarse, y que la gaseosa no tiene vitaminas.

- Sí pes flacuchento, ta mare, el doctor me ha dicho que soy sedentaria y que debo cambiar mi estilo de vida si no quiero sufrir de diabetes juvenil u otras cosas peores.

- Flaca, hazme caso, come hartas verduras y bebe dos litro de agua diarios para que veas cómo te pones bien al toque. Y deja de estar comiendo como minero, que tú no estás en la mina reventando piedras y que tu consumo de calorías se resume a chatear por el Messenger y hacer una que otra visita técnica - Milagros rió, y todo volvió a la normalidad.

Después empezamos a hablar de dietas y estrategias. Que doy fe, me funcionaron para bajar más de 25 kilos. Pero fueron esos roles efímeros que me hicieron creer que entre ella y yo las cosas quizás nunca serían claras, pero que siempre habría una simbiosis exacta y tácita. Lo que me hizo recordar el único momento que Milagros fue tajante conmigo de la forma más ambigua y nublada como aquella tarde en la que terminamos los dos con cara de autogol en la calle de las pizzas.

Habíamos caminado y conversado toda la tarde, además de comprar productos de primera necesidad, como chocolates, galletitas, brownies, pañuelitos de colores, calzones, medias cartunescas, unos cuantos polos abrigadores, entre otros, para su próxima estadía en la mina, todo bien menos el Zhumir piña colada que compró para sus noches de películas pirata, esa bebida alcohólica me parece una pretensión demasiada cosmopolita para esa tierra inhóspita y fría donde ella trabaja y donde yo seguramente moriría instantáneamente con un desmayo poco varonil.

Ya entrada la oscuridad de la noche decidimos entrar a un bar al final de la calle de las pizzas. Era un recinto que desentonaba con todo lo que ocurría afuera. Afuera donde los mozos parecían bricheros acechando sus víctimas, afuera donde nos habíamos encontrado con Erika, sí con Erika, la que nos hacía los trabajos por computadora en la universidad, a la que le tengo un cariño infinito, aunque me haya palidecido los bolsillos con sus tarifas exorbitantes y abusivas, ella iba del brazo de un español ya entrado en años, seguramente conocido por internet. Ni bien nos saludamos nos despedimos, creo que porque ella no quería dar explicaciones. Pero ahí adentro ya no se sentía el frío. Era un bar más parecido a taberna irlandesa, bien proporcionado por el descalabro de sus paredes llenas de chucherías europeas y música en cualquier idioma menos el castellano. Nos sentamos y pedimos una piña colada y una Cusqueña. La conversación fluía como siempre. Y me sentí tan cautivo por el momento y el lugar que pensé que sería una magnífica oportunidad para decirle lo mucho que la quería. Magro error.

Pero se lo dije. Y ahora que lo recuerdo, no logro entender una vez más su contestación. No logro tampoco entender cómo después de haber tomado tantos Vodkatonics, luego de su original respuesta y siglos después de la primera Cusqueña civilizada, pueda todavía recordar al detalle, cada expresión facial, cada suspiro, y a la gorda y apretada moza que nos atendía, que fácilmente podría haber estado allí o en alguna foto médica del antes de una esmerada liposucción, en su caso, lipoextracción, liporemodelación, liporehabilitación, gorda espesa que venía cada vez más seguido para servirme más Vodka y menos piña colada para Milagros, como confabulada contra mí, en un complot tan denso y prolífico que estoy seguro ella celebra hasta el día de hoy.


En mis varias declaraciones de amor furtivas y en su mayoría derrotistas he escuchado numerosas explicaciones. He escuchado el popular eres lindo, pero no te veo como algo más, o el no estoy lista para empezar una relación, tengo miedo de perder tu amistad, o también el silencio sepulcral con desenlace de sonrisa piadosa por el rebotado, entre otras más patéticas y ridículas que es mejor no mencionar por mi bienestar mental. Todas a mi parecer sobonas, pero llenas de mentiras. Más fácil es decir no me gustas y punto. Pero nunca en mi corta existencia, casi treintera, he escuchado después de haberle dicho lo maravillosa, inteligente y encantadora que la encontraba. Mirando sus ojos negros y punzantes como verduguillo de piraña vieja. Y esperando que su locuacidad me llevara al nirvana mismo, para poder pactar dicho discurso con un beso nerviosón y aclimatado a la belleza del suceso. Pero, no. Nada de eso. Me respondió con una voz que puedo asegurar que no era de ella si no de la gorda amorfa esa que odio tanto.

- Esa es tu opinión.

Sumamente contrariado y pisoteado en mi ego, pero más en la inteligencia por no saber qué significaba eso, ni qué responder. Saqué un cigarrillo, sabiendo que Milagros detesta que fume delante de ella. Lo encendí. Terminé bebiendo todo lo que me puso en la mesa, ese ser adiposo al que le echo la culpa, irracionalmente, de mi ilustre derrota ¿derrota? ¿Podría ser otra cosa? Por supuesto, yo hice uso de mis cualidades histriónicas y Milagros (creo) no se dio ni cuenta del estado vegetal en que me había dejado. Pedí la cuenta. Atónito me prometí empezar un blog y contar este suceso. También le dije que le escribiría todos los viernes, cosa que he cumplido por más de 52 semanas ya. Milagros ya tiene material suficiente para publicar por su cuenta un blog con mis cartas. ¿Lo hará?

Ah, me encanta el color verde, porque es como lo contrario a maduro y porque soy pro ambiente y toda esa vaina que va pegada a mi carrera de ingeniero ambientalista o ambiental, porque no me libro de las bromas: ingeniero de ambiente, ingeniero de lunes, ingeniero salva ballenas (a la gorda moza esa no la salvo ni aunque sea la última de su especie). Milagros siempre será Milagros en mi blog, y cuando reluzca su nombre en las historias, será ella y nadie más que ella. Todavía no sé qué hacer con mi opinión, esa que Milagros me soltó como bomba atómica y de la que salí más irradiado y mutante que nunca. Mi opinión. Mi verdeopinion (la tilde se le quitó porque escuchábamos música en inglés).

domingo, 19 de octubre de 2008

Tristeza y Felicidad


Bajo mis ojos unos costales oscuros de sentimentales y a veces adoloridas amanecidas se dibujan monocromáticos y tan inciertos como la vida misma. Son mis ojeras sobrecogedoras con una personalidad tan impávida que parecen atadas a sus propios deseos, a su propio estigma. Quedo mirando mi reflejo en el espejo y apenas me reconozco. Desde ayer ese taxista desgraciado que bajó la velocidad sólo para insultarme me ha tenido pensando en sus palabras con una seriedad que no me pertenece. Entre otras muy hirientes, me dijo infeliz. Abro el caño y un chorro de agua caliente me adormece las manos. Pienso en todas esas personas que conozco, retazos de recuerdos van deslizándose como una bailarina exótica en el brillante tubo. Caras, imágenes, historias. Trato de descifrar la felicidad, si he conocido personas felices, si se parecen a mí. Trato de descifrar la tristeza. Las dos parecen hermanadas como zapatitos de bebé en el espejo retrovisor de las combis.

Aurora baja corriendo las escaleras del Hospital Grau para dirigirse a su casa, ha sido una noche larga en la unidad de cuidados intensivos. Su uniforme turquesa no logra impedir que su figura se traduzca en la acostumbrada sensualidad que provoca. Está cansada y pegajosa, pero eso no impide que se columpie una leve sonrisa de satisfacción en su rostro. Es feliz. Siente que está aprendiendo a ser enfermera. Siente que pronto podrá salir de su casa y vivir con Manuel finalmente. Entonces siente el aliento de cigarro añejo. Ya es demasiado tarde para reaccionar. El Dr. Alvarado la ha estado siguiendo por el corredor sin que se haya dado cuenta. Y ahora se acerca a ella como un toro salvaje. Con los pelos blancos que salen como raíces en manglar de su nariz, haciendo juego con sus bigotes blancos de western. La toma de la cintura y le dice con una sonrisa amarilla, nos vemos hijita. La aprieta contra su pecho. Ella sonríe sin ánimo y en tono de súplica. Pero ya se ganó el viejo desgraciado con sus senos. Ahora está enojada y sale a la calle. Manuel la espera con un ramo de rosas. Es su aniversario. Ella sólo le dice que quiere ir a su casa a dormir.

- Bieto, Bieto - ríe descontrolado. Son felices.

Ahora lo entiende con claridad. Más claro que el vodkatonic que se acaba de pedir. Aurelio lo mira con desparpajo. Y qué más te dijo, pregunta Aurelio. Sin responder se lleva la mano al bolsillo en busca de su celular que vibra sin ganas. Toma un trago, es feliz. Escucha la voz del gordo por el teléfono. Nicolás, no nos dejan entrar estos pitucos de mierda. Nicolás se pone en pie y baja las escaleras riendo, para qué eres cholo pues, le dice al gordo. Llega a la puerta y le dice al guardia de seguridad que el gordo y el chato píldora son sus amigos y que los deje entrar. El guardia de seguridad se aparta como puerta corrediza. Suben y se sientan con Aurelio. Todos ríen de lo que acaba de ocurrir. Ya entrado en tragos, dos horas más tarde, el gordo se levanta tambaleado y decidido resolla, este huachimán de porquería ahora va a ver quién chucha soy yo. Aurelio trata de detenerlo. Nicolás le hace un gesto para que lo deje. Toma otro trago y ya no es feliz.

- Te estoy llamando para que me saludes por mi cumpleaños - es Milagros, no le reconoce la voz. Hablan y son felices, pero se despiden pronto y al menos él, ya no lo es.

Susana tiene cinco meses de embarazo y no es feliz. Ya le dijeron que son mellizos. No quiere pensar en los nombres. Roberto está emocionado comprando ropa de bebés en Gamarra, después de tantos avatares podrá hacer la vida que siempre quiso con la mujer a la que estuvo devoto desde secundaria, su Susanita linda. Susana está enamorada de otro hombre, su nombre es José. Ellos han sido amantes por un año. Roberto lo sabía y planeó todo hasta que lo consiguió. Ahora nada podrá separarlos. José está manejando su camioneta hacia Punta Hermosa cuando Susana le cuenta que está grávida. El la felicita. Ella recuerda cuando salía de la playa en su bikini de conchitas de mar y José la esperaba en la hamaca tomando un Gatorade para la resaca. Ella recuerda cuando le decía a José que quería irse a vivir a cualquier lado que no sea Perú. Que lo conseguiría. Que no se casaría ni tendría hijos hasta los 33 años. Pero faltan 12 años y tendrá dos.

El único trabajo que tiene Mario es buscar trabajo. No es feliz.

Rocío tiene 37 años y ha perdido a Judith, a Xiomara y a Carlos. Esta es la cuarta vez que lo intentará. En el fondo sabe que su probabilidad de éxito es casi nula. Piensa en que todavía podrían adoptar. Entonces es feliz. Toma su rosario y le dice a Luis que deje de llorar.

Daniel y David tienen la misma edad y son amigos desde los 6 años. El hallazgo en el cajón del padre de Daniel ha sido suficiente para hacerlos felices a los 10 años. Es una revista Playboy que esconderán en el techo debajo de unos ladrillos cubiertos de maíz para que las palomas defequen y nadie se atreva a moverlos. El plan es perfecto. Además a David le ha salido el primer vello púbico y se siente un actor mexicano, se siente como Andrés García. A los dos días se le cae y ya no es feliz.

Miguel llega a su casa en la moto que le regaló un feligrés. Está lloviendo pero sabe que llegará pronto a casa donde su esposa y su hijo lo recibirán con alegría y chocolate caliente. Le abren la puerta los dos, el niño en brazos. Hay goteras por todos lados como si la casa toda se rehusara a compartir la felicidad que él siente. Pero la sonrisa de su esposa basta y sobra para poner ollas por todos lados que contengan el goteo desenfrenado. Miguel es ministro de una iglesia protestante. Se sienta a la mesa, abre su agenda y ve que no ha conseguido el número de personas bautizadas, inscritas y por lo tanto donantes de ofrendas, en el periodo que le habían asignado. Arrastra la silla y se dirige a la salida, toma la manija de la puerta y con la otra su abrigo impermeable, voltea, la esposa ya no sonríe. Se sube a la moto y no arranca. La lluvia lo apedrea.

Maritza gana su tercera partida seguida de Majhong y es feliz.

Ernestina es feliz porque todavía puede recordar su nombre. Lo repite sin cesar mientras observa fotografías mordisqueadas por el tiempo y la luz solar. Sin duda eran tiempos mejores. Todos se veían tan elegantes, no como los muchachos de hoy. Se pone triste porque no se logra reconocer en ninguna de las fotos, otra vez olvidó su rostro.

Me termino de afeitar con una entrega de artista italiano del renacimiento. Me pongo las cremas. Mi piel es tersa, suave, como comercial de Nivea. Todos mis personajes desaparecen en mi cabeza diciendo adiós con las manos y pañuelos blancos, alejándose en el Titanic. Qué será de la vida de toda esta gente en este momento, pienso, mientras me pongo las medias de nylon negro. La faldita corta, los tacos, arriba nada, sólo el abrigo. La peluca pelirroja que combine con el color de los labios. Le ruego a mi San Martincito que nadie me insulte, que nadie me pegue, que me paguen con sencillo y que me perdone por ser tan pecadora, mejor dicho pecador. Sí soy feliz, repito en voz alta. Paro el taxi. ¿Cuánto al Puente Quiñones?

sábado, 4 de octubre de 2008

19 julio de 2023


Al salir de la ducha luces tan bella como hace 15 años, la toalla que aprieta tus senos da la sensación que te acaricia, la otra en tu cabeza te brinda la oportunidad de ser una princesa zulu. Tu despiadada sensualidad te hace invisible. Irreal. Vas caminando hacia la habitación donde ya no dormimos hace quién sabe cuánto, pero te vas meneando con la única forma que has caminado para todo, hasta cuando fuimos a bautizar a Alessandra y el cura no hacía más que agarrar su rosario fuerte cual salvavidas, como una diosa encaprichada. Tu cabello que es ahora rojo intenso como si fuera sacado de una escena de crimen pasional se suicida por tus hombros. Un portazo me cachetea el alma. Esta vez no hay marcha atrás.

Sentado en el comedor me sirvo un vaso de whisky, son las 8 de la mañana pienso, qué chucha, me respondo. Y en el primer trago que me va pateando la tráquea como futbolista encojonado tengo la certeza que todo era mejor cuando no teníamos todo esto. Miro alrededor y no termino de ver la sala, es tan grande pienso. Cuadros de Mara Rosario, le dije que su nombre sí era artístico, que por fin se decidió a pintar llenan las paredes. Más tarde vendrán a almorzar, y todo será diferente. Ya no seré parte de ellos. Habré perdido filiación. Liliana felizmente está lejos porque si no sería demasiado. Nos ha ido tan bien que estudia medicina en La Sorbona, y habla francés como si siempre lo hubiera hablado. Sería demasiado verla y contarle lo que vamos a hacer en una hora. Ella no me lo perdonaría nunca.

- Ya estoy lista. – Me dices, sin mirarme.

Al verte siento que te voy a extrañar, todos los días hasta el fin de mi vida. Porque desde que te conocí siempre te he extrañado. Porque reír a tu lado es irremplazable. Porque cada vez que te veo durmiendo siento que el tiempo se detiene, que los grillos se callan, que la luna se deja de vainas, que la noche, sus mariposas y todos venimos de puntitas como cojudos a observarte. No sé que voy a hacer sin ti.

Alessandra se levanta y sale caminando restregándose los ojos justo cuando estamos por salir. Te miro, me miras, puedo ver que todavía tienes lágrimas pero que no se atreven a rodar por tus mejillas, hasta ellas no hacen ni un carajo sin tu consentimiento.

- Te espero en el carro. – Y bajas fulminante con tus botas alucinantes.

Yo abrazo a Alessandra. Es idéntica a ti y a Liliana cuando eran chiquitas, ustedes me han estado secuestrando el corazón con ese rostro hace más de 20 años, no es justo. Papito y mamita verán al tío Rubén y regresamos a desayunar contigo ¿ya mi amor? Dile a Eugenia que te prepare lo que quieras. Rubén es hermano del esposo de Mara y es abogado.