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martes, 13 de enero de 2009

Lo que llevas dentro de ti


Abre los ojos y lo ve acostado a su lado, con la espalda desnuda y con la expresión de un niño después de haber cogido todos los dulces de la piñata. Plácido. No quiere moverse para no despertarlo. Y lo contempla como si fuera un cuadro colgado en la pared. Como si perteneciera a una dimensión a punto de quebrarse por su respiración. Su cara está apoyada sobre sus manos cruzadas. Su barba ya le ha crecido un poco, la evoca raspándole los hombros, la espalda, su propia esencia de mujer. Su boca está cerrada pero aun puede oír sus palabras deslizándose por su cuello, trepándose, revolviéndola toda, alojándose en sus sentidos. Y suspira para sí con una realidad prestada de un ser feliz y sin miedo a nada. Cierra los ojos, pero no la embarga la oscuridad, sino la imagen de ese hombre enorme y de movimientos armónicos que duerme a su lado y que al menos ahí, en ese momento, le pertenece sólo a ella. Cierra los ojos tratando de copiar su expresión. En el fondo presiente que no lo logrará.


José se despierta, ella lo oye incorporarse, oye sus pasos descalzos por el piso de losetas. Por un momento la sensación de su cuerpo alejándose de ella la conmueve y le produce un vacío en el vientre, un frío lejano. Pero no abre los ojos porque sería darle tregua a la realidad de la que ella quiere escaparse. La realidad que ella sabe que la asalta con el pretexto del nuevo día, y porque a su luz, vuelve a ser la misma mujer que olvidó durante la noche. Una mujer comprometida con otro hombre.
Quizás ama a Roberto, pero él no la hace reir como José. Roberto no se merece eso, mujer, piensa. Pero yo también merezco tener este tipo de sensaciones, se replica. Se sienta en la cama y observa en el espejo de la pared su vientre plano, su cintura diminuta, sus senos pequeños pero erguidos. Me veo bien. Creo que José se podría enamorar de mí. Pero Roberto es tan bueno y cariñoso conmigo. José es un buen tipo pero nunca tendría exclusividad con él. Roberto me da la estabilidad que necesito. José jamás podría llevarse bien con mi familia. Roberto se esmera para llevarse bien con ellos.

José regresa del baño. Ambos se miran y se sonríen. Se visten. Es un momento incómodo. Es la consumación del acto. La renuncia a permanecer en ese ambiente íntimo. El enfrentamiento de la vida que los espera afuera. O sólo a ella. Porque él siempre parece ajeno a todo tránsito. Parece secuestrado por su propia presencia. Como extranjero de todo síntoma de minusvalía. Lo ve y lo encuentra más atractivo con la camisa arrugada y los botones a medio camino. A la vez distante. Su celular suena, pulverizándola. Es Roberto.

- ¿Hola?

- Susanita, tu mamá me acaba de llamar preocupada porque no has ido a dormir a tu casa. La hubieras llamado.

- ¿Y qué le dijiste?

- Le dije que habías estado conmigo, que se hizo tarde y te quedaste por acá. Así que ya sabes si te pregunta.

- Gracias, amor. Ya tú sabes cómo se pone ella con eso de ir a la casa de Fátima. La pasamos bien. Las chicas dicen que cuándo nos vamos a la playa en mancha.

- (Ríe) La próxima semana aprovechando el fin de semana largo. Dile a Fátima que le diga a su enamorado para ir en su carro. ¿Ya llegaste a la oficina?

- Sí, te dejo, me acaba de llegar un mail urgente. Besitos.

- Ok, chiquita, paso por ti para almorzar. Chau.


José termina de abotonarse la camisa, las mangas. Ella se acomoda el cabello, ya no tiene tiempo de bañarse, en el fondo eso la reconforta pues su aroma la acompañará, al menos hasta medio día. José la mira y sonríe moviendo la cabeza. Ella se sonroja y ensaya una expresión de pudor, bajando la mirada.

- Después dicen que los hombres somos mentirosos - dice José mientras se coloca los calcetines -. Nosotros nunca podríamos mentir tan bien como ustedes.

- No todos, pero tú sí - le responde Susana mientras se acerca por detrás y lo abraza recostándose en su espalda -. ¿Cuándo te veré?

- Por lo visto este fin semana no porque te vas a la playita - agrega con un tono juguetón y sin mostrar molestia -.

- A veces me gustaría que te pongas un poco celoso - confiesa Susana mirándose en el espejo, donde todavía está el corazón que dibujó con su lápiz labial y las iniciales de ambos - .

- A mí también me gustaría -añade José - . No te olvides de llamarme cuando lo saques - le inculca tomando su maletín, practicando un gesto de preocupación nada convincente -.

Salen del hotel. José maneja hablando por el celular. Compra un diario en el semáforo. Lo ojea rápidamente antes que cambie la luz. Susana siente que ya no existe. Se echa crema en las manos y se frota las mejillas con delicadeza. Llegan a la oficina de Susana. Ella baja, antes de cerrar la puerta del auto tras ella, José le recalca sin alejar el celular.

- No te olvides de llamarme - abre los ojos en sorpresa y con la otra mano se señala el vientre -.

Susana ingresa a la oficina. Ha llegado tarde pero sabe que nadie lo notará. Se sienta y deja su bolso colgado en el respaldar de su silla. Ahora está preocupada porque no pudo sacarlo antes de quedarse dormida. Piensa en Ricardo, el médico de turno. Pero desiste rápidamente por la vergüenza que le produciría toparse con él en el trabajo. Si no fuera tan joven y tan hablador, se lo hubiera pedido. Enciende la computadora, contesta el teléfono. Pasan dos horas. Se acerca el mediodía. No puede más. Toma su bolso y decidida a sacarlo, ingresa al baño. Así no podría comer con Roberto, eso sí sería una falta de respeto.
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- Usted se ha comunicado con el buzón de voz de 9-9-9-5-8-2-1-6-6 deje su mensaje después de la señal.

- José, soy yo, ya lo saqué. No compres nunca más esos preservativos - Susana nunca los llama condones, cree que es una palabra muy fea y vulgar -.

domingo, 19 de octubre de 2008

Tristeza y Felicidad


Bajo mis ojos unos costales oscuros de sentimentales y a veces adoloridas amanecidas se dibujan monocromáticos y tan inciertos como la vida misma. Son mis ojeras sobrecogedoras con una personalidad tan impávida que parecen atadas a sus propios deseos, a su propio estigma. Quedo mirando mi reflejo en el espejo y apenas me reconozco. Desde ayer ese taxista desgraciado que bajó la velocidad sólo para insultarme me ha tenido pensando en sus palabras con una seriedad que no me pertenece. Entre otras muy hirientes, me dijo infeliz. Abro el caño y un chorro de agua caliente me adormece las manos. Pienso en todas esas personas que conozco, retazos de recuerdos van deslizándose como una bailarina exótica en el brillante tubo. Caras, imágenes, historias. Trato de descifrar la felicidad, si he conocido personas felices, si se parecen a mí. Trato de descifrar la tristeza. Las dos parecen hermanadas como zapatitos de bebé en el espejo retrovisor de las combis.

Aurora baja corriendo las escaleras del Hospital Grau para dirigirse a su casa, ha sido una noche larga en la unidad de cuidados intensivos. Su uniforme turquesa no logra impedir que su figura se traduzca en la acostumbrada sensualidad que provoca. Está cansada y pegajosa, pero eso no impide que se columpie una leve sonrisa de satisfacción en su rostro. Es feliz. Siente que está aprendiendo a ser enfermera. Siente que pronto podrá salir de su casa y vivir con Manuel finalmente. Entonces siente el aliento de cigarro añejo. Ya es demasiado tarde para reaccionar. El Dr. Alvarado la ha estado siguiendo por el corredor sin que se haya dado cuenta. Y ahora se acerca a ella como un toro salvaje. Con los pelos blancos que salen como raíces en manglar de su nariz, haciendo juego con sus bigotes blancos de western. La toma de la cintura y le dice con una sonrisa amarilla, nos vemos hijita. La aprieta contra su pecho. Ella sonríe sin ánimo y en tono de súplica. Pero ya se ganó el viejo desgraciado con sus senos. Ahora está enojada y sale a la calle. Manuel la espera con un ramo de rosas. Es su aniversario. Ella sólo le dice que quiere ir a su casa a dormir.

- Bieto, Bieto - ríe descontrolado. Son felices.

Ahora lo entiende con claridad. Más claro que el vodkatonic que se acaba de pedir. Aurelio lo mira con desparpajo. Y qué más te dijo, pregunta Aurelio. Sin responder se lleva la mano al bolsillo en busca de su celular que vibra sin ganas. Toma un trago, es feliz. Escucha la voz del gordo por el teléfono. Nicolás, no nos dejan entrar estos pitucos de mierda. Nicolás se pone en pie y baja las escaleras riendo, para qué eres cholo pues, le dice al gordo. Llega a la puerta y le dice al guardia de seguridad que el gordo y el chato píldora son sus amigos y que los deje entrar. El guardia de seguridad se aparta como puerta corrediza. Suben y se sientan con Aurelio. Todos ríen de lo que acaba de ocurrir. Ya entrado en tragos, dos horas más tarde, el gordo se levanta tambaleado y decidido resolla, este huachimán de porquería ahora va a ver quién chucha soy yo. Aurelio trata de detenerlo. Nicolás le hace un gesto para que lo deje. Toma otro trago y ya no es feliz.

- Te estoy llamando para que me saludes por mi cumpleaños - es Milagros, no le reconoce la voz. Hablan y son felices, pero se despiden pronto y al menos él, ya no lo es.

Susana tiene cinco meses de embarazo y no es feliz. Ya le dijeron que son mellizos. No quiere pensar en los nombres. Roberto está emocionado comprando ropa de bebés en Gamarra, después de tantos avatares podrá hacer la vida que siempre quiso con la mujer a la que estuvo devoto desde secundaria, su Susanita linda. Susana está enamorada de otro hombre, su nombre es José. Ellos han sido amantes por un año. Roberto lo sabía y planeó todo hasta que lo consiguió. Ahora nada podrá separarlos. José está manejando su camioneta hacia Punta Hermosa cuando Susana le cuenta que está grávida. El la felicita. Ella recuerda cuando salía de la playa en su bikini de conchitas de mar y José la esperaba en la hamaca tomando un Gatorade para la resaca. Ella recuerda cuando le decía a José que quería irse a vivir a cualquier lado que no sea Perú. Que lo conseguiría. Que no se casaría ni tendría hijos hasta los 33 años. Pero faltan 12 años y tendrá dos.

El único trabajo que tiene Mario es buscar trabajo. No es feliz.

Rocío tiene 37 años y ha perdido a Judith, a Xiomara y a Carlos. Esta es la cuarta vez que lo intentará. En el fondo sabe que su probabilidad de éxito es casi nula. Piensa en que todavía podrían adoptar. Entonces es feliz. Toma su rosario y le dice a Luis que deje de llorar.

Daniel y David tienen la misma edad y son amigos desde los 6 años. El hallazgo en el cajón del padre de Daniel ha sido suficiente para hacerlos felices a los 10 años. Es una revista Playboy que esconderán en el techo debajo de unos ladrillos cubiertos de maíz para que las palomas defequen y nadie se atreva a moverlos. El plan es perfecto. Además a David le ha salido el primer vello púbico y se siente un actor mexicano, se siente como Andrés García. A los dos días se le cae y ya no es feliz.

Miguel llega a su casa en la moto que le regaló un feligrés. Está lloviendo pero sabe que llegará pronto a casa donde su esposa y su hijo lo recibirán con alegría y chocolate caliente. Le abren la puerta los dos, el niño en brazos. Hay goteras por todos lados como si la casa toda se rehusara a compartir la felicidad que él siente. Pero la sonrisa de su esposa basta y sobra para poner ollas por todos lados que contengan el goteo desenfrenado. Miguel es ministro de una iglesia protestante. Se sienta a la mesa, abre su agenda y ve que no ha conseguido el número de personas bautizadas, inscritas y por lo tanto donantes de ofrendas, en el periodo que le habían asignado. Arrastra la silla y se dirige a la salida, toma la manija de la puerta y con la otra su abrigo impermeable, voltea, la esposa ya no sonríe. Se sube a la moto y no arranca. La lluvia lo apedrea.

Maritza gana su tercera partida seguida de Majhong y es feliz.

Ernestina es feliz porque todavía puede recordar su nombre. Lo repite sin cesar mientras observa fotografías mordisqueadas por el tiempo y la luz solar. Sin duda eran tiempos mejores. Todos se veían tan elegantes, no como los muchachos de hoy. Se pone triste porque no se logra reconocer en ninguna de las fotos, otra vez olvidó su rostro.

Me termino de afeitar con una entrega de artista italiano del renacimiento. Me pongo las cremas. Mi piel es tersa, suave, como comercial de Nivea. Todos mis personajes desaparecen en mi cabeza diciendo adiós con las manos y pañuelos blancos, alejándose en el Titanic. Qué será de la vida de toda esta gente en este momento, pienso, mientras me pongo las medias de nylon negro. La faldita corta, los tacos, arriba nada, sólo el abrigo. La peluca pelirroja que combine con el color de los labios. Le ruego a mi San Martincito que nadie me insulte, que nadie me pegue, que me paguen con sencillo y que me perdone por ser tan pecadora, mejor dicho pecador. Sí soy feliz, repito en voz alta. Paro el taxi. ¿Cuánto al Puente Quiñones?