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jueves, 20 de agosto de 2009

El ocaso de un basquetbolista



Me aconsejaron, advirtieron y prohibieron. Deja de jugar básquetbol hasta recuperarme de la última lesión que tuve en enero de este año. Pero claro, yo como sé mejor que todos y soy un confeso adicto a mi deporte estrella, no hice caso. Por andar recargando mis no pocos 93 kilos sobre el pie sano, lo desbaraté.

Gracias a mis amigos Lesly y Chuy que me llevaron al mecánico de huesos e incluso metieron mano para poder colocar todo en su sitio. Les debo un pollo a la brasa.



Después de jugar en la liga alrededor de 4 años, pasar por 3 equipos... Ya no más Liga Superior B de Lima al menos este año.



Invito cordialmente a mi despedida jubilatoria a todos mis amigos. Las porristas de los Lakers animarán la reunión.



Cambio y fuera.

PD. Necesito que me digan qué otro deporte debería empezar a practicar.

(Nota: la secuencia de las fotos está al revés, la primera es cuando ya me habían enderazado)

viernes, 20 de marzo de 2009

Mientras crujen los huesos II


(Advertencia: hay una foto de mi tobillo no apta para público sensible)


Suena mi celular. Es Gabriel.

- ‘Chacho, que te pasó, diablo. ¿Y dónde tú estás?
- En el hospital, en emergencia, me jodí el tobillo jugando básquetbol. Vente compadre que no tengo quién me lleve de regreso a la casa.
- Ay Dio’. ¿Y eso? Voy pa’ ‘llá, Leonaldo. Pero muchacho…
- Ok, vente a emergencia del Robert Wood Johnson, ahora mismo un doctor con pinta de skater y otra doctora con más músculos que yo me van a enderezar el pie.
- Espérame Leonaldo llego en un chin.
- No voy a ningún lado, Gabriel.

No voy a ningún lado, Gabriel. De pronto esa corta frase despierta una sensación bastante parecida al vacío. Acabo de decir algo que describe mi situación catatónica actual. El forado de esa frase toma forma volumétrica. Grafica mis dos últimos años.

Noto en el tono de Gabriel su ebriedad. Siempre está alcoholizado. A veces envidio su efusivo estado de ánimo. No sé si es lo mismo que envidiar su estado etílico. Quizás sí. La música en su casa siempre borra cualquier vestigio de melancolía. La bachata reventando a toda fuerza es la vacuna contra la tristeza. La casa de Gabriel. Los colores chillones de las paredes, los muebles que no hacen juego con nada. Una fiesta continua de hombres y mujeres dominicanos bailando contagiados de algarabía y de piel canela.

La doctora polaca y el doctor surfer hablan entre sí. Sacan una tijera y ella corta con aspecto marcial mi zapatilla para liberar mi pie. Corta el calcetín transversalmente. Entonces me asusta lo que veo. Entonces me doy cuenta de la gravedad. Me asusto porque no me hecho la pedicure en más de un mes y me doy cuenta de la gravedad cuando no encuentro forma alguna en lo que recuerdo como mi pie. Estoy pálido. Pero no por mi pie. Sino por la impresión que deben causar mis uñas largas de gallinazo viejo a la enfermera angelical y dulce que ahora toma mi mano y me dice que me relaje. ¡Qué vergüenza!

Mi calcetín mojado por el sudor es tomado con unos guantes de látex por la polaca y depositado en un recipiente donde se lee “toxic waste”. Me parece una exageración. Ahí va mi calcetín, entre agujas de pacientes con Sida y hepatitis C. Veo que se acomodan para hacer el jalón y colocar el tobillo en su lugar. Me da ganas de alcanzarles un libro de anatomía básica. Es que son un par de críos que parecen estar discutiendo la clase de huesología básica. Sí, sí dije huesología.



Dime tu nombre le digo a la dulce enfermera, mientras aplica más anestesia por la vía que me han puesto en el brazo. Fue como un impulso previo a la despedida. Como si me hubieran desahuciado. No te va a pasar nada, me contesta. Fallo otra vez en conseguir su nombre. La anestesia no funciona, yo tampoco.



Jalan en dos tiempos y colocan los huesos en su lugar. Las cuatro manos de los médicos jóvenes me hacen pagar mis pecados en la tierra. Es un dolor desde adentro que para viajar a la superficie desgarra todas las capas de tejidos. Un hilo se conecta con el cerebro y regresa una desbordante ola retorcida y grotesca.



La enfermera mira mis ojos y siento sus manos ya no tan frías. No aprietan. Parecen una caricia. Eso quiero creer. No sé tu nombre, le digo con mi sonrisa chueca y según yo seductora. Ella sonríe, se levanta y se va.



El skater se va diciendo algo que no logro entender y la polaca se queda preparando el yeso. You’ll live, me dice tratando de humanizarse. Firma un papel y le dice a un técnico que me lleve a tomarme radiografías y una tomografía.



Me preguntan cuánto mido. 6’2, respondo. Traen dos muletas. Otra vez las muletas. Me preguntan si deberían mostrarme cómo usarlas. No, les replico con resignación. No es la primera vez que las uso y dudo mucho que sea la última.



Llega Gabriel tambaleando. Me conduce al carro. Subimos con dificultad. Avanzamos dos calles bordeadas de nieve y un patrullero prende sus sicodélicas luces detrás de nosotros. Lo sensato es detener el auto.

- ¡Coño!
- ‘ta mare.



Sólo faltan diez cuadras para llegar a mi departamento. Gabriel decidido acelera. Te van a joder, le digo. Para, no seas loco. Que se joda ese perro, me contesta. Pasan exactamente 10 segundos y dos patrulleros más están detrás de nosotros. Ahora sí me da ganas de sacar un papel y empezar a redactar mi testamento. Pienso si dolerá mucho morir baleado.



Llegamos a mi domicilio. Ahora son 5 patrulleros. Put your hands where I can see them! Grita un policía negro apuntando su pistola hacia Gabriel. Dos más hacen lo mismo en frente del auto y otro me apunta a mí.



Are you under the influence of any drug? me pregunta el policía que apunta su arma hacia mí. Yes, sir, respondo. Pain killers. Step away from the vehicle! me ordena abriendo la puerta sin dejar de apuntarme. Estoy sereno, cualquier movimiento en falso y termino con 42 balas en el cuerpo y en el yeso. Con una bastaría, pero los policías en este país tienen un tic nervioso en el gatillo.



Guarda su arma al ver mi pierna enyesada. Le explico lo ocurrido. Gabriel es esposado. Yo subo a duras penas las tres gradas. Entro a mi departamento. Está oscuro. El silencio me abraza, me tiro sobre la cama y tomo una de las botellas de agua que guardo cerca de mi cabecera. Tomo otra. Tengo sed. Una más. Siento dolor y tomo el Vicodin que me dieron como si fuera tic tac.



Duermo 3 horas y las ganas de orinar son irritantes. No tengo los cojones para llegar hasta el baño. Entonces quejándome como plañidera me semi arrodillo en la cama, tomo uno de los envases vacios de plástico y lo lleno. Apuntando con calma. Tomo otro, lo lleno también. Algunas gotitas calientes me mojan la mano. No es fácil.



Satisfecho me tiro a la cama otra vez. Siento un dolor punzante y latente. Son las 4:47 de la madrugada. Llega un mensaje de texto multimedia. Es la foto de mi pie, más abajo dice, me llamo Evelyn, espero que te mejores pronto.



La mañana es luminosa. Llamo a Gabriel y me dice que todo está bien. Gracias, Gabriel. Lleno otra botella vacía con más destreza. Mis botellitas y yo vemos televisión. Así es. La libertad tiene un precio. Botellitas de pipí.

sábado, 31 de enero de 2009

Mientras crujen los huesos (primera parte)

Tomo una botella de Atlas bien heladita, le pido un lapicero a la mesera y mirándola a los ojos le miento en seco, diciéndole que se lo devolveré. Saco de mi mochila el cuaderno de Hello Kitty que me regaló Liliana, cándido, rosado e inmenso, así como tierno y digno de ser sacado hasta en las reuniones de trabajo. Empiezo a escribirle a El Gchu, que se casa, y termino escribiéndole a Milagros algo que, probablemente, tampoco enviaré. Todo ha sucedido tan rápido que me da la sensación de haberme quedado varado en alguna parte de esta travesía y que mi cuerpo anda por ahí flotando, o mejor aún, bailando en alguna discoteca ochentera en pleno año 2009, y lo que me acompaña en este momento es la mera carcasa de un espíritu sujeto con goma de mascar. Estoy en un bar del Tocumen, Aeropuerto Internacional de Panamá esperando por el vuelo a mi insuperable Perú.

Hace un par de semanas sufrí un accidente “traumante”, traumático y traumatizante para mí y para los boquiabiertos testigos que unísonos repetían “Oh my God, Oh my God”, viendo mi pie derecho colgando como cadáver de pollo en pleno mercado tercermundista. Mis 92 kilos alcanzando la altura de 3.30 metros en un salto vertical para recuperar un rebote, aterrizaron sobre el pie de otro jugador, Ralph, haciendo torsión con mi peso y culminando en mi ceniciento tobillo, que a manera de protesta, decidió abandonar su puesto de trabajo e irse a conversar con otros huesos desconocidos. En ese momento sentí que era una mujer virgen y que con caderas estrechas daba a luz a trillizos con hidrocefalia temporal. Mis gritos bien podrían haber sido la representación gutural de una conquista medieval. Tendido boca arriba y con mi pie apuntando a otra dirección totalmente inerte, lo primero que pensé fue “puta madre, voy a engordar”. En ese preciso instante Ralph, un musculoso negro de 2.05 metros de altura, me tomó de la mano (no jodan) y me empezó a gritar “you’ve got to fight man, fight de pain, fight it!”. Entonces me trasladé mentalmente a una película gringa representando la guerra de Vietnam y que me habían herido, y que a fuerza de alientos verbales sortearía la muerte, o moriría valientemente sin derramar una sola lágrima gritando “freedom!” así como Mel Gibson ahuyentaba la mariconada a fuerza de alaridos mientras le cortaban las gónadas en Braveheart.

Cinco minutos más tarde tenía un policía a mi lado impecablemente uniformado mirando mi tobillo y diciendo “Oh my God”. Pasaron tres minutos más y cuatro paramédicos entraban con una camilla como las que usan en la serie ER. Y uno de los más jóvenes me preguntaba qué me pasaba. Tragando saliva espesa, con el dolor devorando mis neuronas quería decirle “no me pasa nada, sólo quería saber si George Clooney todavía trabaja con ustedes”. En realidad eran tres adolescentes en prácticas para ser paramédicos y una mujer paramédico de mediana edad que con una mirada me regaló un poco de calma y con otra derritió al que preguntaba que cuál era el problema. La paramédico mayor señaló mi tobillo que colgaba como chivo expiatorio degollado de mi pierna y el preguntón replicó con cara desencajada “Oh my God”.

Al pasar en camilla amarradito como tamalito verde en vitrina, recuerdo “carajo, justo la clase de aeróbicos”. Se detiene la música y todas las bellas féminas duritas y apretaditas del gimnasio se acercan para ver a este pobre huevoncito más pálido que emo japonés, con una sonrisa de cojudo, a punto de saludarlas con la palma de la mano como si hubiera ganado un concurso de belleza.

Mi siguiente preocupación es el frío al salir del gimnasio, la temperatura está a -22 ⁰ C. Entonces le pido a Ralph que traiga mi ropa del casillero. “No se preocupe por el frío” me dice el preguntón en vías de paramédico aunque en ese momento hubiese querido que esté en vías de extinción, juro, me daba ganas de preguntar su edad porque el solo hecho de que me ande toqueteando me infiere una idea delictiva al menor. “Tenemos un mantita para protegerlo del clima”. Felizmente, pienso. Estos gringos, seguro tienen una manta súper moderna, eléctrica y hasta con conexión internet para estos casos. Madre. Era un pedacito de tela parecida a las que te dan en los aviones. Hubiera preferido la que me tejió mi bisabuelita que a pesar de su ceguera, lograba realizar estas manifestaciones textiles de cariño.

Salgo al estacionamiento en mi pesebre rodante, y no pues, no es que te de frío. No es que te frotas un poquito los brazos y ya. No. El frío no es frío. Es una chaveteada olímpica por todo el cuerpo, es una despellejada con cuchillo sin filo, que te inutiliza hasta para reconocer tu propio sexo. Para colmo los tres aprendices no saben usar la camilla que se acopla y se sube automáticamente al vehículo. Con amabilidad les sugiero, “me bajo y me subo a la ambulancia, que si no me mata el dolor del tobillo, la hipotermia será un asesino mucho más eficaz”. Llega Ralph con mi casaca y con cara de haber cometido un crimen. “You fucking fight that pain man” le sonrío, agradezco y me cubro con la mantita para enanos que me dieron estos huevas y que apenas me cubre el ombliguito al descubierto.

En la ambulancia me toman mi presión y mi pulso, mientras yo les converso entre quejidos de animal nocturno cualquier cosa que se me viene a la cabeza. De pronto la única mujer entre los aprendices mira desconcertada a su compañero, ella es de rasgos asiáticos pero sus ojos se abren como caricatura manga (¿por qué todos los mangas tienen ojos inmensos?), y le dice “¡no encuentro su pulso, no encuentro su pulso!” hundiéndome los dedos en el brazo. Yo no me aguanto y contesto “¿ya me morí?”. La única paramédico y conductora de la ambulancia ahora con más vergüenza que ganas de reprenderlos les dice que mantengan el tobillo en alto. El otro cuasi paramédico, pelirrojo, delgado y de piel casi transparente extrae de una gaveta numerosos papeles. Los firmo sin mirar. Por algún irracional motivo confío en los pelirrojos. Pero cuando me empieza a hacer una encuesta sobre la calidad de su servicio me da ganas de dislocarle el tobillo con mis propias manos y compartir camilla con él.

En la sala de emergencia del hospital Robert Wood Johnson el primero que me ve es el conserje que desinfecta el piso sin ánimo, de pronto mi tobillo le devuelve expresión al rostro y me dice, acercándose con el trapeador “Oh my God”. Unos segundos más tarde viene una enfermera de rostro angelical, de intensos ojos azules y de maneras gráciles. Su presencia me convierte en Rambo. Ya no me quejo. Saco pecho, flexiono mis bíceps. Poso. Ella me pregunta algunos datos y yo quiero darle una biografía de mi vida en versión éxitos only. Me pregunta a quién debe contactar. Mi sonrisa coqueta se borra en un santiamén, no sé qué responder, Juliette debe estar durmiendo, no quiero molestar a nadie. Para comprar tiempo le pregunto con cara de asilado político si en ese espacio puede colocar su número telefónico. Ríe con ética profesional. Saco mi celular y le doy el número de Gabriel. Es el único que se me ocurre.

“Te voy a colocar un catéter venoso, va a salir un poco de sangre”. Por ti, hasta la última gota, pienso tratando de disimular mi carita de enfermo. Le pido que le tome una foto a la aberración que tengo por tobillo y me la envíe al celular, en el fondo sólo es una treta para conseguir su número. Lo hace. Acto seguido, me inyecta una droga que simplemente la convierte en un ser intenso, rodeada de ese cabello dorado, hasta puedo ver que le crecen alas de colibrí y no se desplaza, si no que vuela en la habitación como un hada madrina y me ilumina todo con esos ojos brillantes y dóciles. Sin embargo el dolor no disminuye.

Entra la doctora, me siento el de mayor edad en la sala, es una joven polaca, pecosa, musculosa y sin revelación humana alguna en el rostro. Otra vez el “Oh my God”. Llama a su colega traumatólogo. Viene un muchacho con pinta de surfer hablando por su iphone, risueño y mirando su reloj. Con tanta juventud rodeándome la primera idea de amputación discurre por mi cerebro.

miércoles, 17 de diciembre de 2008

Sandro y Nicolás


La puerta se cierra en el mismo instante que la oscuridad del jueves entra por la ventana y él se encuentra, una vez más, solo. Recuerda lo que había soñado la noche anterior, cuando pensaba que ya había muerto y que aquel sueño era el proemio a una nueva dimensión. La dimensión que había imaginado con mucha luz, con mucha paz y con un anciano gigante de facciones arias y mirada cálida, abundante barba color lino, de brazos abiertos en horizontal infinito, a punto de estrecharlo. Pero no era así. Su sueño estaba lleno de agua. Un diluvio recalcitrante y trastocado que lo apretujaba con la presión de mil atmósferas sobre su pecho, sobre sus maltrechas costillas incompletas debido a la operación, y que encontraban refugio en el espacio dejado por el pulmón que había perdido a manos de un cirujano más parecido a mecánico de carros viejos que a cualquier respetable galeno. Una inundación titánica que se llevaba hasta el heroico puente de Puerto Nuevo, en Ñaña, aquel puente mágico que había resistido con una sabiduría barroca y la personalidad adquirida por sus supersticiosos constructores, incontables huaicos y embates de la naturaleza despiadada y ensañada contra la dignidad que poseen dichas construcciones antiguas y partícipes de una cosmética propia del paisaje. El agua ingresaba por sus fosas nasales, por su boca, por la herida abierta de la operación, amainando sus cabellos de erizo y haciendo aletear sus enormes orejas de elefante hindú. Y sentía como le inundaba hasta sus profundos miedos y desdichas humanas. Y sentía como le descoloraba la pigmentación café convirtiéndolo en un espectro pálido y casi traslúcido, roído, muerto.


Cuando despertó de aquel espectáculo, era jueves de mañana, tenía la sed más densa y desesperante de su vida. La enfermera se acercó con arrugas en vez de ojos. Lo miró sin ánimo, le dijo algo que él no entendió. Tuvo ganas de llorar. Lo intentó, pero sus sollozos eran meros suspiros huecos y secos. Sintió que tenía dos bocas y que la que siempre había tenido no le servía para nada. La traqueotomía pensó. Le dio más miedo. Intentó hablar, una lágrima rodó por su mejilla. Es una gota del sueño pensó, yo ya no tengo agua. Planificó moverse pero tuvo miedo en desmoronarse interiormente. Se preguntó por un momento si podría ir a la playa con esa cicatriz que iba desde su hombro hasta la altura del riñón y que ahora era una sensación fría que de alguna forma le producía un terror insoportable. ¿Jugaría básquetbol? ¿Le podría hacer el amor a Claudia? ¿Viviría?

La sed era insoportable. Lo ahogaba. Entró su madre con la expresión propia de haber descubierto la forma de levitar. Y le publicó una sonrisa a Sandro sin mover los labios. Sandro la abrazó con todas sus fuerzas sin tocarla y se dejó llevar en lágrimas que venían importadas de su sueño. Le señaló con la mano que quería agua. Su madre mojó un algodón y le humedeció los labios. Al rato entro Nicolás.

Nicolás Y Sandro habían sido amigos desde la infancia. Sandro al ver el semblante de Nicolás, sintió culpabilidad de haberle propinado a su amigo esa expresión de angustia y profundo dolor. Sintió la necesidad de pedirle disculpas por haberse enfermado. Por haber dejado de pintar aquella vieja casa juntos, escuchando a Queen y música trova, en el viejo tocadiscos de la abuela. Ese trabajo lo realizaban con la absoluta convicción que duraría para toda la vida. Hasta hablaron de pintar como medio de sustento, mientras cantaban canciones en inglés que ninguno de los dos sabia pronunciar. La cuestión era alargar lo más que se pudiera aquel trabajo. Pero Sandro enfermó, o quizás nunca había sanado. Tuvieron que extraerle el pulmón derecho para salvarle la vida. Nicolás sintió que también se lo habían extraído a él.

Sandro nunca se había dado al cigarrillo o alguna actividad que ponga en peligro su salud. Las travesuras que hacían con Nicolás difícilmente podían ser consideradas faltas a la buena crianza. Siempre se portó bien y trató a todos con respeto y consideración. Tenía un corazón tan noble que sólo puede ser adquirido como trasplante divino. El mismo corazón que uso para escuchar a Nicolás, con lujo de detalles y paciencia patriarcal, todo lo que se había demorado en darle a Maritza el beso que había planificado desde que la conoció. En la Costa Verde, empezó besando sus mejillas de niña buena; siguiendo por su frente, sus cejas, incluso su cabello; hasta finalizar, casi dos horas después, luego de haber recitado de memoria a Neruda y después a sí mismo, con un beso de película antigua, pero a todo color, en sus labios temblorosos. Sandro lo escuchó con atención y se alegró con el suceso. Ambos se fueron a jugar básquetbol hasta la puesta del sol. Nicolás pensaba, mientras lo miraba recostado, que Dios era un ser divorciado del sufrimiento humano. Sin sentido de la congruencia causa efecto. Y lo odió un poco. Porque Sandro no merecía nada de esto.

Era jueves todavía cuando la misma enfermera de arrugas en vez de ojos anunció que el horario de visita había culminado. Sandro sintió una sensación de desamparo que traspasó su propia mirada. Nicolás la percibió y le dio una palmada en la mano, asegurando que mañana vendría. Todos abandonaron la sala. Sandro pensó que no moriría porque era jueves. Sería demasiado literario pensó. Nicolás pensaba lo mismo mientras salía por esos pasillos lúgubres y que parecían pertenecer más a un museo, que a un nosocomio.

Esa noche Sandro sueña que está rodeado de agua y abismos. Entra en una catedral gótica con puertas echas de alas de gallinazos, escapando de unos monjes vestidos de marrón oscuro que tenían en lugar de ojos, unos cirios de llamas rojas. Las paredes de la catedral están formadas de partes humanas y el mortero usado es aceite de pescado. Los monjes lo llamaban por su nombre y ladraban como perros. La tercera noche no soñó más. Asimismo, las demás.
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Se recupera en dos años.
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Su amistad transcurre intacta a pesar de las distancias geográficas.

Han pasado diez años desde la cirugía de Sandro, ahora, lo atribula una vez más con una noticia dolosa, llama a Nicolás y le cuenta que su padre tiene cáncer. Nicolás está lejos. Nicolás siempre está lejos de todo justo en los momentos que lo necesitan o que desean su compañía. Ha optado por desterrarse de sus seres queridos y de las amistades que ha considerado familia desde que tenía uso de razón. Quisiera consolar y dar ánimo a Sandro, pero desiste porque piensa que las palabras fluidas no pueden desplazar una presencia silenciosa.


Sandro partirá para España o Alemania en julio del 2009. Acaban de hablar por teléfono. Nicolás no le ha dicho que lo quiere mucho porque sería muy cursi. Y él evita ser cursi a toda costa. Nicolás sólo desea que Sandro viva más que él. No como Aurelio. Y que mantengan, como siempre lo han hecho, esa amistad de granito que ha superado las distancias, los contratiempos, la vida misma.