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domingo, 13 de setiembre de 2009

Carta a Milagros



Querida Milagros,

Lee esta cursilería.

Adiós,

Al final creo que los dos hemos perdido.

Yo porque perdí lo que más amaba y tu porque perdiste a quien más te amaba.

Pero de nosotros dos, tú pierdes más que yo, porque yo algún día amaré a otra, como a ti te amaba, pero nadie te amara como yo lo hacía.

No dejes nunca a quien te ama por aquel que te gusta, porque ese que te gusta te dejara por quien ama.


¿Quién escribe estas tonterías ah? Chapa tu almohada nomás loser.

Bueno, respondo tú última carta,

En el trabajo bien, sigo siendo el mismo payaso de siempre pero ahora con viáticos, que según mis amigos, es una forma de haber alcanzado el nivel de ejecutivo al que todos apuntan. Yo nunca he querido ocupar ningún cargo gerencial, pero parece que todo el mundo piensa que sólo para eso sirvo, para dirigir cosas que no entiendo bien pero que soluciono sin levantar la voz y sin reunir a toda la junta para consultar nada. Los "viáticos" a que me refiero, (¿qué diablos significa viático realmente?) son por viajar, poner cara de empresario feliz y acomodar clientes con una pipa y pantuflas. Ser un cortesano sonriente con la fuente llena de comida y tragos, los más caros. Acompañarlos con despabiladas mujeres. Apuntar sus observaciones tomando con la otra mano mi barbilla en señal de total atención. Si me vieras. Jamás hubieras imaginado al barboncito que iba a la universidad con su pijama con estas poses de gerentito de bodega. Y haciéndoles firmar contratos que después voy a tergiversar sin el más mínimo pudor ni ética.

En el amor bien, he visto que mi ex esposa se ha recuperado de nuestro divorcio con el mismo aplomo y rapidez con que firmó los papeles por la venta de nuestro departamento y la separación de bienes. El jueves pasado nomás, saliendo del nuevo restorán de Gastón en Enrique Palacios (su éxito me hace sombra), la vi bien abrazadita de un tipo que parecía recién salido de una sesión de modelaje de Gucci. Apreté los dientes, pero sonreí con naturalidad. Despechado, más tarde, llamé de mi celular a las “incondicionales”, que para mi sorpresa ahora tienen peticiones y poquito más lista de regalos en Ripley o Saga Falabella para salir a dar una vuelta. Borré los contactos de todas y me metí a ver una película en Larcomar, previo heladito.

En la salud bien, mi rodilla no volverá a ser la misma. O sea ya no funcionará más para practicar mi deporte estrella y tampoco podré hacer mucho ejercicio porque me han diagnosticado un mal en la columna que tiene que ver con malas posturas y mi obesidad en escalada. También tengo los días contados en la cabeza. Las últimas resonancias magnéticas no son nada entretenidas. Parece que me van a tener que hacer un trasplante de cerebro porque de alma, me dice el médico, todavía no se puede.

Un beso, Milagritos.

P.D. Gracias otra vez por el perrito que me regalaste, cada vez está más lindo y juguetón.

domingo, 17 de mayo de 2009

Sin Mario Benedetti


Por los blogs de Moleskine Literario y Zona del Escribidor me entero que Mario Benedetti ha fallecido en su domicilio a los 88 años.


Hacer reseña de Benedetti sería informar de lo que la mayoría ya sabe. Un escritor notable y referencial para la literatura latinoamericana. Mejor cuento algo personal que tenía con él.


La primera vez que leí a Benedetti fue cuando encontré en mi bolsa de estudiante universitario una carta dirigida a la que en ese entonces era mi novia, Maritza. El poema era imponente y hacía añicos mis versitos adolescentes y cursis. Sin saber que el autor del escrito era Benedetti, lancé diatribas hacia ese hombre que prentendía mi novia. Y lo odié porque su inteligencia y verso superaban ampliamente mi condición.


Al poco tiempo leí el mismo poema. Era Benedetti. El hombre había conquistado a Maritza con un poema robado. Yo había quedado sólo y sin saber qué hacer con la verdad. Llamé a Maritza para informarle sobre lo timada que había sido. No me contestó el teléfono.


Maritza, el hombre del que te enamoraste ha muerto.


Aquí dejo un poema que se llama Mundo. No es el poema para Maritza, eso ya sería una flagelación innecesaria. Mi relación con Benedetti es puramante académica. Siento su muerte, pero también lo odio un poco por haber sido partícipe en la pérdida de un amor juvenil.

No vayas a creer lo que te cuentan del mundo
en realidad el mundo es incontable
en todo caso es provincia de ti
no vayas a creer lo que te cuentan del mundo
aun los que te aman mienten sobre
probablemente sin saber que mienten
en la vigilia te sentirás lejano
testigo de tu mundo desde el mundo
sin nubes de tu aliento en los cristales
la humareda del hombre se elevará en la noche
y no sabrás de donde viene el fuego
pero la expectativa te volverá humilde
en el mundo el abismo es un oficio
las preguntas en vano / una vieja costumbre
los desatinos / marca de abolengo
no vayas a creer lo que te cuentan del mundo
(ni siquiera esto que te estoy contando)
ya te dije que el mundo es incontable.
//

miércoles, 17 de diciembre de 2008

Sandro y Nicolás


La puerta se cierra en el mismo instante que la oscuridad del jueves entra por la ventana y él se encuentra, una vez más, solo. Recuerda lo que había soñado la noche anterior, cuando pensaba que ya había muerto y que aquel sueño era el proemio a una nueva dimensión. La dimensión que había imaginado con mucha luz, con mucha paz y con un anciano gigante de facciones arias y mirada cálida, abundante barba color lino, de brazos abiertos en horizontal infinito, a punto de estrecharlo. Pero no era así. Su sueño estaba lleno de agua. Un diluvio recalcitrante y trastocado que lo apretujaba con la presión de mil atmósferas sobre su pecho, sobre sus maltrechas costillas incompletas debido a la operación, y que encontraban refugio en el espacio dejado por el pulmón que había perdido a manos de un cirujano más parecido a mecánico de carros viejos que a cualquier respetable galeno. Una inundación titánica que se llevaba hasta el heroico puente de Puerto Nuevo, en Ñaña, aquel puente mágico que había resistido con una sabiduría barroca y la personalidad adquirida por sus supersticiosos constructores, incontables huaicos y embates de la naturaleza despiadada y ensañada contra la dignidad que poseen dichas construcciones antiguas y partícipes de una cosmética propia del paisaje. El agua ingresaba por sus fosas nasales, por su boca, por la herida abierta de la operación, amainando sus cabellos de erizo y haciendo aletear sus enormes orejas de elefante hindú. Y sentía como le inundaba hasta sus profundos miedos y desdichas humanas. Y sentía como le descoloraba la pigmentación café convirtiéndolo en un espectro pálido y casi traslúcido, roído, muerto.


Cuando despertó de aquel espectáculo, era jueves de mañana, tenía la sed más densa y desesperante de su vida. La enfermera se acercó con arrugas en vez de ojos. Lo miró sin ánimo, le dijo algo que él no entendió. Tuvo ganas de llorar. Lo intentó, pero sus sollozos eran meros suspiros huecos y secos. Sintió que tenía dos bocas y que la que siempre había tenido no le servía para nada. La traqueotomía pensó. Le dio más miedo. Intentó hablar, una lágrima rodó por su mejilla. Es una gota del sueño pensó, yo ya no tengo agua. Planificó moverse pero tuvo miedo en desmoronarse interiormente. Se preguntó por un momento si podría ir a la playa con esa cicatriz que iba desde su hombro hasta la altura del riñón y que ahora era una sensación fría que de alguna forma le producía un terror insoportable. ¿Jugaría básquetbol? ¿Le podría hacer el amor a Claudia? ¿Viviría?

La sed era insoportable. Lo ahogaba. Entró su madre con la expresión propia de haber descubierto la forma de levitar. Y le publicó una sonrisa a Sandro sin mover los labios. Sandro la abrazó con todas sus fuerzas sin tocarla y se dejó llevar en lágrimas que venían importadas de su sueño. Le señaló con la mano que quería agua. Su madre mojó un algodón y le humedeció los labios. Al rato entro Nicolás.

Nicolás Y Sandro habían sido amigos desde la infancia. Sandro al ver el semblante de Nicolás, sintió culpabilidad de haberle propinado a su amigo esa expresión de angustia y profundo dolor. Sintió la necesidad de pedirle disculpas por haberse enfermado. Por haber dejado de pintar aquella vieja casa juntos, escuchando a Queen y música trova, en el viejo tocadiscos de la abuela. Ese trabajo lo realizaban con la absoluta convicción que duraría para toda la vida. Hasta hablaron de pintar como medio de sustento, mientras cantaban canciones en inglés que ninguno de los dos sabia pronunciar. La cuestión era alargar lo más que se pudiera aquel trabajo. Pero Sandro enfermó, o quizás nunca había sanado. Tuvieron que extraerle el pulmón derecho para salvarle la vida. Nicolás sintió que también se lo habían extraído a él.

Sandro nunca se había dado al cigarrillo o alguna actividad que ponga en peligro su salud. Las travesuras que hacían con Nicolás difícilmente podían ser consideradas faltas a la buena crianza. Siempre se portó bien y trató a todos con respeto y consideración. Tenía un corazón tan noble que sólo puede ser adquirido como trasplante divino. El mismo corazón que uso para escuchar a Nicolás, con lujo de detalles y paciencia patriarcal, todo lo que se había demorado en darle a Maritza el beso que había planificado desde que la conoció. En la Costa Verde, empezó besando sus mejillas de niña buena; siguiendo por su frente, sus cejas, incluso su cabello; hasta finalizar, casi dos horas después, luego de haber recitado de memoria a Neruda y después a sí mismo, con un beso de película antigua, pero a todo color, en sus labios temblorosos. Sandro lo escuchó con atención y se alegró con el suceso. Ambos se fueron a jugar básquetbol hasta la puesta del sol. Nicolás pensaba, mientras lo miraba recostado, que Dios era un ser divorciado del sufrimiento humano. Sin sentido de la congruencia causa efecto. Y lo odió un poco. Porque Sandro no merecía nada de esto.

Era jueves todavía cuando la misma enfermera de arrugas en vez de ojos anunció que el horario de visita había culminado. Sandro sintió una sensación de desamparo que traspasó su propia mirada. Nicolás la percibió y le dio una palmada en la mano, asegurando que mañana vendría. Todos abandonaron la sala. Sandro pensó que no moriría porque era jueves. Sería demasiado literario pensó. Nicolás pensaba lo mismo mientras salía por esos pasillos lúgubres y que parecían pertenecer más a un museo, que a un nosocomio.

Esa noche Sandro sueña que está rodeado de agua y abismos. Entra en una catedral gótica con puertas echas de alas de gallinazos, escapando de unos monjes vestidos de marrón oscuro que tenían en lugar de ojos, unos cirios de llamas rojas. Las paredes de la catedral están formadas de partes humanas y el mortero usado es aceite de pescado. Los monjes lo llamaban por su nombre y ladraban como perros. La tercera noche no soñó más. Asimismo, las demás.
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Se recupera en dos años.
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Su amistad transcurre intacta a pesar de las distancias geográficas.

Han pasado diez años desde la cirugía de Sandro, ahora, lo atribula una vez más con una noticia dolosa, llama a Nicolás y le cuenta que su padre tiene cáncer. Nicolás está lejos. Nicolás siempre está lejos de todo justo en los momentos que lo necesitan o que desean su compañía. Ha optado por desterrarse de sus seres queridos y de las amistades que ha considerado familia desde que tenía uso de razón. Quisiera consolar y dar ánimo a Sandro, pero desiste porque piensa que las palabras fluidas no pueden desplazar una presencia silenciosa.


Sandro partirá para España o Alemania en julio del 2009. Acaban de hablar por teléfono. Nicolás no le ha dicho que lo quiere mucho porque sería muy cursi. Y él evita ser cursi a toda costa. Nicolás sólo desea que Sandro viva más que él. No como Aurelio. Y que mantengan, como siempre lo han hecho, esa amistad de granito que ha superado las distancias, los contratiempos, la vida misma.

domingo, 19 de octubre de 2008

Tristeza y Felicidad


Bajo mis ojos unos costales oscuros de sentimentales y a veces adoloridas amanecidas se dibujan monocromáticos y tan inciertos como la vida misma. Son mis ojeras sobrecogedoras con una personalidad tan impávida que parecen atadas a sus propios deseos, a su propio estigma. Quedo mirando mi reflejo en el espejo y apenas me reconozco. Desde ayer ese taxista desgraciado que bajó la velocidad sólo para insultarme me ha tenido pensando en sus palabras con una seriedad que no me pertenece. Entre otras muy hirientes, me dijo infeliz. Abro el caño y un chorro de agua caliente me adormece las manos. Pienso en todas esas personas que conozco, retazos de recuerdos van deslizándose como una bailarina exótica en el brillante tubo. Caras, imágenes, historias. Trato de descifrar la felicidad, si he conocido personas felices, si se parecen a mí. Trato de descifrar la tristeza. Las dos parecen hermanadas como zapatitos de bebé en el espejo retrovisor de las combis.

Aurora baja corriendo las escaleras del Hospital Grau para dirigirse a su casa, ha sido una noche larga en la unidad de cuidados intensivos. Su uniforme turquesa no logra impedir que su figura se traduzca en la acostumbrada sensualidad que provoca. Está cansada y pegajosa, pero eso no impide que se columpie una leve sonrisa de satisfacción en su rostro. Es feliz. Siente que está aprendiendo a ser enfermera. Siente que pronto podrá salir de su casa y vivir con Manuel finalmente. Entonces siente el aliento de cigarro añejo. Ya es demasiado tarde para reaccionar. El Dr. Alvarado la ha estado siguiendo por el corredor sin que se haya dado cuenta. Y ahora se acerca a ella como un toro salvaje. Con los pelos blancos que salen como raíces en manglar de su nariz, haciendo juego con sus bigotes blancos de western. La toma de la cintura y le dice con una sonrisa amarilla, nos vemos hijita. La aprieta contra su pecho. Ella sonríe sin ánimo y en tono de súplica. Pero ya se ganó el viejo desgraciado con sus senos. Ahora está enojada y sale a la calle. Manuel la espera con un ramo de rosas. Es su aniversario. Ella sólo le dice que quiere ir a su casa a dormir.

- Bieto, Bieto - ríe descontrolado. Son felices.

Ahora lo entiende con claridad. Más claro que el vodkatonic que se acaba de pedir. Aurelio lo mira con desparpajo. Y qué más te dijo, pregunta Aurelio. Sin responder se lleva la mano al bolsillo en busca de su celular que vibra sin ganas. Toma un trago, es feliz. Escucha la voz del gordo por el teléfono. Nicolás, no nos dejan entrar estos pitucos de mierda. Nicolás se pone en pie y baja las escaleras riendo, para qué eres cholo pues, le dice al gordo. Llega a la puerta y le dice al guardia de seguridad que el gordo y el chato píldora son sus amigos y que los deje entrar. El guardia de seguridad se aparta como puerta corrediza. Suben y se sientan con Aurelio. Todos ríen de lo que acaba de ocurrir. Ya entrado en tragos, dos horas más tarde, el gordo se levanta tambaleado y decidido resolla, este huachimán de porquería ahora va a ver quién chucha soy yo. Aurelio trata de detenerlo. Nicolás le hace un gesto para que lo deje. Toma otro trago y ya no es feliz.

- Te estoy llamando para que me saludes por mi cumpleaños - es Milagros, no le reconoce la voz. Hablan y son felices, pero se despiden pronto y al menos él, ya no lo es.

Susana tiene cinco meses de embarazo y no es feliz. Ya le dijeron que son mellizos. No quiere pensar en los nombres. Roberto está emocionado comprando ropa de bebés en Gamarra, después de tantos avatares podrá hacer la vida que siempre quiso con la mujer a la que estuvo devoto desde secundaria, su Susanita linda. Susana está enamorada de otro hombre, su nombre es José. Ellos han sido amantes por un año. Roberto lo sabía y planeó todo hasta que lo consiguió. Ahora nada podrá separarlos. José está manejando su camioneta hacia Punta Hermosa cuando Susana le cuenta que está grávida. El la felicita. Ella recuerda cuando salía de la playa en su bikini de conchitas de mar y José la esperaba en la hamaca tomando un Gatorade para la resaca. Ella recuerda cuando le decía a José que quería irse a vivir a cualquier lado que no sea Perú. Que lo conseguiría. Que no se casaría ni tendría hijos hasta los 33 años. Pero faltan 12 años y tendrá dos.

El único trabajo que tiene Mario es buscar trabajo. No es feliz.

Rocío tiene 37 años y ha perdido a Judith, a Xiomara y a Carlos. Esta es la cuarta vez que lo intentará. En el fondo sabe que su probabilidad de éxito es casi nula. Piensa en que todavía podrían adoptar. Entonces es feliz. Toma su rosario y le dice a Luis que deje de llorar.

Daniel y David tienen la misma edad y son amigos desde los 6 años. El hallazgo en el cajón del padre de Daniel ha sido suficiente para hacerlos felices a los 10 años. Es una revista Playboy que esconderán en el techo debajo de unos ladrillos cubiertos de maíz para que las palomas defequen y nadie se atreva a moverlos. El plan es perfecto. Además a David le ha salido el primer vello púbico y se siente un actor mexicano, se siente como Andrés García. A los dos días se le cae y ya no es feliz.

Miguel llega a su casa en la moto que le regaló un feligrés. Está lloviendo pero sabe que llegará pronto a casa donde su esposa y su hijo lo recibirán con alegría y chocolate caliente. Le abren la puerta los dos, el niño en brazos. Hay goteras por todos lados como si la casa toda se rehusara a compartir la felicidad que él siente. Pero la sonrisa de su esposa basta y sobra para poner ollas por todos lados que contengan el goteo desenfrenado. Miguel es ministro de una iglesia protestante. Se sienta a la mesa, abre su agenda y ve que no ha conseguido el número de personas bautizadas, inscritas y por lo tanto donantes de ofrendas, en el periodo que le habían asignado. Arrastra la silla y se dirige a la salida, toma la manija de la puerta y con la otra su abrigo impermeable, voltea, la esposa ya no sonríe. Se sube a la moto y no arranca. La lluvia lo apedrea.

Maritza gana su tercera partida seguida de Majhong y es feliz.

Ernestina es feliz porque todavía puede recordar su nombre. Lo repite sin cesar mientras observa fotografías mordisqueadas por el tiempo y la luz solar. Sin duda eran tiempos mejores. Todos se veían tan elegantes, no como los muchachos de hoy. Se pone triste porque no se logra reconocer en ninguna de las fotos, otra vez olvidó su rostro.

Me termino de afeitar con una entrega de artista italiano del renacimiento. Me pongo las cremas. Mi piel es tersa, suave, como comercial de Nivea. Todos mis personajes desaparecen en mi cabeza diciendo adiós con las manos y pañuelos blancos, alejándose en el Titanic. Qué será de la vida de toda esta gente en este momento, pienso, mientras me pongo las medias de nylon negro. La faldita corta, los tacos, arriba nada, sólo el abrigo. La peluca pelirroja que combine con el color de los labios. Le ruego a mi San Martincito que nadie me insulte, que nadie me pegue, que me paguen con sencillo y que me perdone por ser tan pecadora, mejor dicho pecador. Sí soy feliz, repito en voz alta. Paro el taxi. ¿Cuánto al Puente Quiñones?