Mostrando las entradas con la etiqueta Gabriel García Márquez. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Gabriel García Márquez. Mostrar todas las entradas

domingo, 30 de agosto de 2009

Hipnotizante



En una clase dictada por Pedro Garayar, escucho que Gabriel García Márquez tiene la capacidad de hipnotizarnos con su rítmica. Una estrategia premeditada para llevarte de la mano en separaciones endecasilábicas mezcladas con su pura capacidad de brujo de las letras. Un ejemplo:

Fascinado al instante con la algarabía, me abrí paso a tropezones con mi maleta a rastras por el gentío de las seis de la tarde. Un anciano andrajoso y en los puros huesos me miraba sin parpadear desde la plataforma de los limpiabotas con unos ojos helados de gavilán. Me frenó en seco. Tan pronto como vio que lo había visto se ofreció para llevarme la maleta. Se lo agradecí, hasta que precisó en su lengua materna.
- Son treinta chivos.
Imposible. Treinta centavos por llevar una maleta era un mordisco para los únicos cuatro pesos que me quedaban mientras recibía los refuerzos de mis padres la semana siguiente.
- Eso vale la maleta con todo lo que tiene dentro - le dije.
Además, la pensión donde debía estar ya la pandilla de Bogotá no quedaba muy lejos. El anciano se resignó con tres chivos, se colgó al cuello las abarcas que llevaba puestas y cargó la maleta en el hombro con una fuerza inverosímil para uss huesos, y corrió como un atleta a pie descalzo por un vericueto de casas coloniales descascaradas por siglos de abandono. El corazón se me salía por la boca a mis veintiún años tratando de no perder de vista al vejestorio olímpico al que no podían quedarle muchas horas de vida. Al cabo de cinco cuadras entró por el portón grande del hotel y trepó de dos en dos los peldaños de las escaleras. Con su aliento intacto puso la maleta en el suelo y me tendió la palma de la mano:
- Treinta chivos.
Le recordé que ya le había pagado, pero él se empeñó en que los tres centavos del portal no incluía la escalera. La dueña del hotel, que salió a recibirnos, le dio la razón: la escalera se pagaba aparte. Y me hizo un pronóstico válido para toda mi vida:
- Ya verás que en Cartagena todo es distinto.

(Texto extraído de Vivir para contarla, Gabriel García Márquez).

lunes, 10 de agosto de 2009

Vivir para contarla


A Lilian Ferrada.

Estoy haciendo mi primera relectura. Decía Borges que lo importante es hacer relecturas buenas, no leer indiscriminadamente. Esta vez no leeré en un trance casi autista deambulando por todos lados como un loco calato pegado a las páginas para marcar una estrellita más en mi lista de lecturas. Esta vez, me serviré un vasito de vino, prenderé la chimenea que no tengo y me saciaré hasta chupar los huesitos de cada línea que leo. No apretaré el acelerador. Ya no quiero competir para llegar a los mil libros antes de que me lleve la Pelona. Aunque ya se llevó mis pelos.

"Desde que tuve memoria sufrí la tortura matinal de que Mina me cepillara los dientes, mientras ella gozaba del privilegio mágico de quitarse los suyos para lavarlos, y dejarlos en un vaso de agua mientras dormía. Convencido que era su dentadura natural que se quitaba y ponía por artes guajiras, hice que me mostrara el interior de la boca para ver cómo era por dentro el revés de sus ojos, del cerebro, de la nariz, de los oídos, y sufrí la desilusión de no ver nada más que el paladar. Pero nadie me descifró el prodigio y por un buen tiempo me empeciné en que el dentista me hiciera lo mismo que a la abuela, para que ella me cepillara los dientes mientras yo jugaba en la calle".

Gabo cuenta sus aventuras desde que tiene memoria pues dice la vida no es lo que uno ha vivido sino lo que uno recuerda para contar. De este libro uno puede hacer los paralelismos con los personajes creados en sus otras obras. Fueron, muchos de ellos, inspirados en familiares que lo vieron crecer.

Que no se le ocurra a Gabriel García Márquez, en un exceso de creatividad, morirse.