A Jesús Trelles.
Escribo. Escribo que escribo. Mentalmente me veo escribir que escribo y también puedo verme ver que escribo. Me recuerdo escribiendo ya y también viéndome que escribía. Y me veo recordando que me veo escribir y me recuerdo viéndome recordar que escribía y escribo viéndome escribir que recuerdo haberme visto escribir que me veía escribir que recordaba haberme visto escribir que escribía que escribo que escribía. También puedo imaginarme escribiendo que ya había escrito que me imaginaría escribiendo que había escrito que me imaginaba escribiendo que me veo escribir que escribo.
Salvador Elizondo. El grafógrafo.

- Pensé que te amaba hasta que me casé contigo - murmura Alonso recogiendo su chaleco antibalas del piso de mármol negro. Un gallo canta a lo lejos. Un perro le contesta.
- Yo era feliz creyendo que te amaba hasta que me di cuenta que nunca podré amarte - le responde Rosalía apagando el despertador y tapándose con las sábanas.
Alonso baja las escaleras, tiene hambre, la boca seca. Ingresa a la cocina, pero la encuentra como si hubiera sido banalizada por lobos hambrientos en una constante detonación de nostalgia y sudor. Como si se oyera dentro de ella un grito en total vacío y desolación. Un grito de barro. Un jadeo recalcitrante.
La cocina está intacta. Limpia. El sol de la mañana ingresa por los ventanales como encadenando y encerrando una derrota en destellos y aves canoras. La cocina es una prisión cercada por su propio recuerdo.
No se atreve a entrar a pesar de la sed y el sonido hueco de su estómago vacío.
El también se siente acorralado por sus sueños quebrados. Siente que la vida le pasó encima como una estampida de ratas bubónicas marcándole la espalda con sus patitas cubiertas de podredumbre y que todo lo que queda de él… Todo lo que hay de él: es este chaleco marrón. Antibalas. Mira. Ojalá fuese pro-balas, pro-fin. Quizás sea tiempo de decirlo fuerte. Esta noche lo haré, se promete.

Su uniforme marrón de vigilante. Su aspecto cuadrado en la cara y lánguido en el torso. Es quizás la explicación más lógica de su situación. Como si hubiera sido ensamblado por partes distantes y encajado a la fuerza. Desiguales y lacónicas. Es el componente retardado y definitorio de su ser. Su prolongación. Su elongación al mundo que no lo observa. Esta noche tengo que decirlo fuerte.
Camina a través del inmenso jardín. Las plantas sacudidas por el viento otoñal no logran situarlo en la realidad. Tampoco las flores. Abre la puerta hacia la calle. El sol está radiante. La gente se apresura a cumplir con la rutina del día. Respira hondo.
Los loros. Su comida. Rosalía los odia.
Cruza de regreso el jardín. La sala. La cocina, donde sucedió seis meses atrás. Esta noche se lo dirá fuerte. Se lo diré fuerte. Ingresa en el patio. Observa impávido la jaula de loros. Su sorpresa se vuelve una salivación efusiva, instantánea.

Es una escena que lo paraliza. Intenta separar los elementos. La pareja de loros. La jaula. El otro animal en la jaula. La sangre. Roja, marrón, forma parte de la jaula. Parece que la jaula está sangrando.
No se atreve a mirar más allá de lo que acaba de ver. No quiero deglutirlo en la razón. Es sólo la jaula que sangra. Lo demás no puede ser. No debería ser. No es. A fuerza de voluntad uno puede generar su propia realidad. Su mecanismo de protección se encuentra en el descuartizamiento de los detalles que fabriquen la imagen final.
Pero lo ha visto todo.
Sale de la casa a toda prisa. Toma el autobús.
Llega al puesto de vigilancia. Su firma en el papel. La hora de entrada. Una mujer vestida de pantalón negro se acerca enredada en sus rizos rojos. Qué hora tienes por favor. Alonso mira su reloj. Esboza una sonrisa.
Sus loros: Aurora y Paco. Nombres de loros. Quizás Paco no. Su sangre. Con el tiempo se volverá marrón. La sangre se oxida. Es el oxígeno que al final nos termina matando. Nos oxida. Marrón como su uniforme. O gris como el otro animal.
Las 8:05 de la mañana. Ella no le contesta y detiene un taxi.
Más tarde pasa el heladero. Más tarde los niños que hacen malabares con dos bolas y se dan volantines cuando el semáforo está en rojo. Una mujer embarazada toma un helado y se mancha la barriga.
Esta es su vida. Una silla. Una puerta que abre y cierra. Unas mujeres que entran y salen. Hombres sinuosos. La Avenida Javier Prado, es su universo lineal, una función constante, llena de humo de vehículos, desde donde salen insultos y ruidos emitidos por los cláxones.

Hoy le diré todo fuerte.
De regreso a casa siente una sensación de vació. El autobús está lleno. La gente suda en el interior pero no abre las ventanas. Alonso intenta abrir una. Si me entra frío, me resfrío, señor. Como si el aire enfermara. Como si la gripe contraída por un deficiente sistema inmunológico se curara con una chalina en pleno verano. No dice nada y abandona el intento de abrirla. Siente las primeras gotas de sudor bajando por sus sienes.
Aurora y Paco. La jaula desangrándose. La rata en el medio. No puede ser. No es.
En el trayecto a casa ensaya iniciar la conversación con Rosalía. Se lo diré fuerte. Levantaré la voz y le diré que la he visto caminar de la mano con ese hombre, por el parque de Chosica. Luego le contaré que tuve sexo con su hermana, con Fresia, en la cocina. Terminaré diciéndole que Paco está decapitado y yace sin vida al lado de una rata inerte, seguramente Aurora lo mató.
Ingresa a la casa.
Sube a la recámara. Todo está en silencio. Entonces, justo antes de entrar a la habitación. Lo presiente. La ve. En medio de la cama. Una carta. Antes de leerla sabe su contenido. Antes de tocarla siente como la sensación de frío, lo resfría. Antes de finalizarla ya siente el peso de la soledad.
Rosalía se ha ido. Alonso cree que para siempre.
Baja las escaleras. Se saca el chaleco antibalas y lo deja en el sillón de la sala. Pasa por la cocina como si no la hubiese atravesado. Como levitando por las losetas. La jaula está vacía y con las puertitas abiertas. En su interior yace un huevo.
Él lo toma y lo guarda en su bolsillo.