
La señora que vendía quesos ha muerto. No era más señora que otras, ni sus quesos mejores quesos. Era simplemente la señora que vendía quesos de puerta en puerta. A veces vendía flores. Pero casi siempre quesos. De su cabello escarlata descendían dos trenzas. Amarradas entre ellas de lejos.
Yo abría la puerta. Ahí estaba con su mirada buena. En el fondo los cerros, más allá el cielo a medias celeste y a medias azul, pero siempre entero. En el fondo, el nevado medio blanco, medio triste, medio serio. En sus manos arrugadas, los quesos.
Ahora abro la puerta y no está la señora que vendía los quesos. Tampoco está el nevado. Ni los cerros. Ni el cielo entero.
* El título corresponde a una frase expresada por el genial y desaparecido John Updike.