Hay fechas que no menciono, Navidad, Año Nuevo, mi cumpleaños, etc. Por supuesto San Valentín no se salva. Aquí unos notables versos de Nabokov, para aquellos tórtolos que se han jurado amor eterno (mientras dure):
Los muertos, los buenos muertos, ¿quién sabe?,
se quedan en los filamentos de tungsteno,
y en mi mesa de luz brilla
la novia difunta de otro hombre.
domingo, 14 de febrero de 2010
martes, 9 de febrero de 2010
Blanca Nieves y la Gran Manzana

New York te consume desde adentro, pero al mismo tiempo te engulle. Es un vacío generalizado en cada tope con los transeúntes. Nadie te mira. Debajo, la ciudad, parece estar quemándose, el humo se filtra desde los subterráneos hacia las calles. Como si un enorme dragón durmiera la siesta en el sótano. Por donde pasan los trenes.
La nieve acaba de caer y los edificios son tan altos que pareciera que ellos se han librado de la escarcha. El frío te atropella con punzante insistencia alrededor de tus zonas descubiertas. Entre la primera y la cuarenta y cuatro hay un restaurant llamado Rosie´s, mi madrastra es la dueña. Después del intento de homicidio ella logró escapar de nuestro país con ayuda de sus influencias. Yo la perdoné al poco tiempo, pues no tenía memoria para las cosas feas y porque me esperaba una vida de cuentos de hadas. Así lo fue por un tiempo.
A los 6 años de casados perdí a mi tercer hijo en otro intento de quedar embarazada. Ya no lo hacía por mí, lo hacía por mi esposo. El ha sido siempre un hombre bueno, trabajador, honrado. Al principio tomaba sus pequeñas excentricidades como una muestra de su inteligencia. No cerrar la puerta para usar el baño, el jabón pegado de sus pelos pues empezó a quedarse calvo, la pasta de dientes sin tapar, nunca tender la cama y siempre pedirme por favor que no lo interrumpa cuando estuviera leyendo sus libros. Odio sus libros, esa predilección por comprar siempre lo último que publicaron sus autores favoritos para leerlos en dos hora y reunirse con sus amigotes a discutir estructuras y significados ocultos dentro de cada novela. No lo soporto. Tampoco aguanto que sea tan apagado cuando tenemos reuniones en la casa con mis amistades. Cuando le reclamé, respondió que todos parecían fingidos por estar tan alegres. Que una persona cuando entiende la vida no puede estar siempre con esa sonrisa fácil. No lo entendí, casi nunca lo entiendo.
Un día, no recuerdo cómo empezo la discusión, él me dijo algo que no me hirió en el momento pero fue anidando un desasosiego. ¿Y por qué crees que el espejo no te eligió antes la más bella cuando se lo decía a tu madrastra todos los días? La casa se hizo grande y los muebles me empezaron a estorbar. Las cortinas las cambiaba cada vez que podía pero siempre me hacían sentir oscura. El piano blanco de cola en medio de la sala parecía un esqueleto de ballena. Toda la casa crecía más y más en las tardes solitarias y se convertía en una caja de zapatos en las noches.
Fui al salón de belleza más seguido, al spa, a la clases de ballet, a nadar. Empecé a salir con un hombre un poco más joven y apuesto, piloto de avión. Al principio era emocionante encontrarnos a escondidas en el hipódromo o en el club. El era muy galante y atento. Luego de tener intimidad las cosas fueron cambiando, ya no me llamaba, y cuando yo lo llamaba me decía que no podía atenderme pues andaba en una reunión. ¿Para qué se reúnen los pilotos de avión?
Entonces mis días volvieron a la administración de la casa y algunos negocios que mi esposo me daba para que no me aburra. Y poco a poco volvió esa pregunta a acosarme. En las mañanas me miraba en el espejo, desnuda y con el cabello suelto. ¿Por qué mi madrastra, durante un tiempo, fue más bella que yo? Mi esposo se convirtió en un mueble con rueditas, un espejo maltrecho y cansado. Una mañana no soporté más y le dije que me iría a Nueva York a ver a mi madrastra.

Caminando las dos cuadras que me faltan para llegar al restaurant, los taxis amarillos parecen pétalos de margaritas tirados al azar. Llego y abro la puerta. Nadie voltea a mirarme. Nadie se da cuenta que he llegado. Mi madrastra me recibe con ternura. Se sienta y me ofrece un taza de té, un bizcocho de arándanos y una servilleta bordada. Se la ve igual: alta, de labios pequeños y con los ojos llenos de una suave indiferencia, me conversa sobre el negocio, sobre lo bien que le ha ido estos años sola. Abrirá otro restaurant en Newark porque los portugueses ya no tienen la hegemonía, parece que los abuelos han ido muriendo y los nietos no han sabido mantener la buena comida. Me cuenta que New York era un buen sitio para ser anónimo, para perderse entre las razas y los idiomas, mezclarse de costumbres, de olores, ser el seudónimo de lo que uno ha sido. O para, finalmente, ser alguien diferente todos los días.
- Me alegra que hayas venido hasta aquí, a verme. ¿Cómo están los enanos?
- La mina donde trabajaban fue vendida a unos canadienses. Con la liquidación compraron un pequeño hotel en la playa y viven de los turistas.
- Perdóname por lo que pasó, sé que te lo he dicho antes pero...
- Ni lo menciones - interrumpo, llevándome la servilleta a la boca -. ¿Sigues modelando?
- Uh qué va. He tenido algunas propuestas...
- Entiendo.
- Estás igual como te dejé...
- Tengo algo que preguntarte.
- Es sobre el espejo ¿no?
Sobre el aparador el bartender limpia un vaso con un trapo. Tras él, un enorme espejo refleja las pequeñas luces de las mesas. Se escucha un tintileo, la puerta es abierta por un hombre obeso de barbas blancas que se quita la chalina y el abrigo. Se sienta y pide un whisky doble. Huele a cigarro viejo. Parece una enorme morsa que ha varado en una playa desierta.
- Entonces... - me dice mi madrastra -.
- Nada, creo que ya entendí.
lunes, 8 de febrero de 2010
El ciervo en la ventana
Sentada en mitad de la noche puneña, María Patricia escucha ulular, a lo lejos, las elegantes zampoñas ensayando su gran serenata a la Mamacha Candelaria. La melodía es honda, sobrecogedora pero apenas perceptible desde su lejano cuarto de hotel, difícilmente descifrable desde lo alto de los ventanales que ha preferido abrir desafiando a ese frío lunar que hace germinar en su pecho la melancolía.
Y mientras su esposo Darrell duerme a su lado, con su casaca acolchada de explorador y su tanquecito de oxígeno contra el soroche, ella se aboca a la siempre postergada labor de la añoranza. La última vez que vinieron juntos al Perú fue para casarse en un precioso hotel del Valle Sagrado donde, en un ritual mitad católico, mitad pagano, presentaron ofrendas y pidieron bendiciones al Dios de los cristianos y también, por si acaso, a la madre tierra. Algunas gracias les fueron concedidas, por supuesto. Otras no. Como ocurre con todos. Y el idílico hotel del Valle del Urubamba donde se casaron ya no existe. Lo destruyeron las lluvias, el desborde del río, el lodo, la inundación. “Nosotros dos, sin embargo, seguimos juntos” –piensa–, sopesando con un suave suspiro, el humilde milagro que significa tener con quién viajar, pues vaya que no han sido pocas las borrascas, las feroces granizadas, los aludes brutales que han tenido que capear. Y vaya que es esta una noche infinita, esférica, perfecta. Cualquier otro damnificado creería que el cielo regalón de esta noche azul acero está con ganas de alardear, de desbordarse, de derrochar y excederse en estrellas por las puras, por ninguna razón en particular. Como lo aprendió de María, su madre, y ella, a su vez, de María, la abuela, María Patricia se echa el abrigo sobre los hombros como un chal y, al volver los ojos hacia el lago que espejea, sin alcanzar a verse, se contempla y hasta parece que rezara, contrita, que elevara una fervorosa plegaria muda dirigida a ningún dios en particular. Como aquella mañana ya remota en que se despertó con un ciervo asomado en su ventana.
Fue en su casa campestre de Fairfax, California, hace tiempo ya. Abrió los ojos y se encontró, frente a frente, con unos ojos negros de niño asombrado que la habían estado mirando dormir sin que ella lo notara. Eran los ojos de un ciervo con sus pestañas inmensas y su clásica expresión de dulce indiferencia. Un ciervo travieso que husmeaba en su habitación con la cabeza casi metida por la ventana, como si quisiera saber de antemano qué habría de sentir el día en que le tocara existir pegado a una pared, cuando no fuera más que un trofeo de caza. Pero algún mensaje secreto había que descifrar en esa visita tan irreal. Un animal silvestre no decide, de repente, en medio del bosque, dirigirse hacia una casa y ponerse a velar un sueño de humano así porque sí. Alguna señal oculta estaba aguardando ser interpretada. Esa noche, cuando Darrell regresó de trabajar de su famosa tienda de comida orgánica, María Patricia le relató el insólito suceso, fascinada y ambos coincidieron en que se trataba de un heraldo de buenas nuevas, de una especie de ángel mensajero al que se le había encomendado alguna compleja anunciación.
No alcanzaron a entender qué significaba aquel presagio, tampoco volvieron a verlo nunca más. Ni a ese ciervo indiscreto ni a ningún otro. Fue solo meses después, la tarde aciaga en que salieron juntos a buscar un cofre donde poder velar las cenizas diminutas de Joaquín que el ciervo volvió a aparecérseles. Estaba tallado con primor en la superficie de una cajita redonda, de una especie de mate burilado que les ofrecía, tan amable y contenta, ignorante de todo, la vendedora de una tienda de artesanías en madera. La vida de Joaquincito había durado unos pocos días y ya se sabe que no existe palabra en el idioma que sirva para nombrar a los huérfanos de hijo. Silencio. Las zampoñas han enmudecido y es el trinar lánguido de un arpa lo que María Patricia escucha cada vez más cerca, como escoltando una sigilosa procesión que se aproxima. Imagina el olor a almizcle y palo santo y de tan sólo imaginarlo, una vez más, piensa en Abuela, esa centenaria señora María que todas las mañanas de su vida se sienta a esperar, en vano, a que su hija María llegue desde su lontano, inhóspito Bakersfield trayéndole pan francés y tamales para desayunar. Piensa que dejar a Abuela en su casa de Lima ha hecho que se le forme un tremendo nudo en el corazón. No puede creer que, al verla subirse al taxi con maletas, Abuela le dijera, tan claramente: “Llévame, hijita!”, siendo como es una dama tan silenciosa que rara vez dice lo que está pensando, que se dedica todo el santo día a estarse quietecita en su sillón y solamente vuelve a hablar a las quinientas, cuando la ocasión verdaderamente lo amerita.
Qué le hubiera dicho Abuela si supiera, si pudiera enterarse de todo, si estuviera en condiciones de comprender y de ayudarla a comprender? Mañana una balsa la llevará por Taquile, Amantaní, las islas flotantes. No ve las horas de empezar a navegar. La brisa de la madrugada arrecia ahora y un trombón emerge súbitamente de las sombras, del otro lado del lago, desde el centro de la nada. Con una pícara sonrisa, María Patricia recuerda que es justamente de las aguas del Titicaca de donde emergió la primera madre de la creación y siente la paz. La novedosa tranquilidad de poder volver a pararse con los dos pies sobre el país en que dio sus pasos primeros y, de pronto, todo encaja, el tiempo es fácil, por fin comprende. Comprende que ha venido de tan lejos hasta aquí para encontrar a su niño fugaz, para buscarlo en la luz purísima del amanecer en su sierra y para despedirse de él para siempre. Para dejarlo ir con la naturalidad con que se despide la noche del día. El anhelado abrazo de su tierra ha restañado ya todo rastro de lágrima y, como la incomprensible mirada de aquel ciervo, constituye una completa bendición porque le anuncia todos los milagros, incluso aquellos que no se producirán. ¿Es esto, acaso, la belleza? –se pregunta María Patricia mientras el cielo comienza a viajar violentamente desde el lila hacia el naranja–. Y se responde que sí, extrañada, plena, estremecida. Es belleza lo que al cubrirte con su manto vuelve triste la misma dicha suavísima con que te arropa. Y llega un momento en el que ya no sabes distinguir cuál de los dos es superior ni cuál hiere menos ni cuál queda más arriba: dónde termina el ciego eclipse de la dicha, dónde comienza el arco iris majestuoso de la pena.
(A veces un ligero aleteo que colinda con una frase común, pero muy bonito relato de nuestro a veces no tan querido BO)
Y mientras su esposo Darrell duerme a su lado, con su casaca acolchada de explorador y su tanquecito de oxígeno contra el soroche, ella se aboca a la siempre postergada labor de la añoranza. La última vez que vinieron juntos al Perú fue para casarse en un precioso hotel del Valle Sagrado donde, en un ritual mitad católico, mitad pagano, presentaron ofrendas y pidieron bendiciones al Dios de los cristianos y también, por si acaso, a la madre tierra. Algunas gracias les fueron concedidas, por supuesto. Otras no. Como ocurre con todos. Y el idílico hotel del Valle del Urubamba donde se casaron ya no existe. Lo destruyeron las lluvias, el desborde del río, el lodo, la inundación. “Nosotros dos, sin embargo, seguimos juntos” –piensa–, sopesando con un suave suspiro, el humilde milagro que significa tener con quién viajar, pues vaya que no han sido pocas las borrascas, las feroces granizadas, los aludes brutales que han tenido que capear. Y vaya que es esta una noche infinita, esférica, perfecta. Cualquier otro damnificado creería que el cielo regalón de esta noche azul acero está con ganas de alardear, de desbordarse, de derrochar y excederse en estrellas por las puras, por ninguna razón en particular. Como lo aprendió de María, su madre, y ella, a su vez, de María, la abuela, María Patricia se echa el abrigo sobre los hombros como un chal y, al volver los ojos hacia el lago que espejea, sin alcanzar a verse, se contempla y hasta parece que rezara, contrita, que elevara una fervorosa plegaria muda dirigida a ningún dios en particular. Como aquella mañana ya remota en que se despertó con un ciervo asomado en su ventana.
Fue en su casa campestre de Fairfax, California, hace tiempo ya. Abrió los ojos y se encontró, frente a frente, con unos ojos negros de niño asombrado que la habían estado mirando dormir sin que ella lo notara. Eran los ojos de un ciervo con sus pestañas inmensas y su clásica expresión de dulce indiferencia. Un ciervo travieso que husmeaba en su habitación con la cabeza casi metida por la ventana, como si quisiera saber de antemano qué habría de sentir el día en que le tocara existir pegado a una pared, cuando no fuera más que un trofeo de caza. Pero algún mensaje secreto había que descifrar en esa visita tan irreal. Un animal silvestre no decide, de repente, en medio del bosque, dirigirse hacia una casa y ponerse a velar un sueño de humano así porque sí. Alguna señal oculta estaba aguardando ser interpretada. Esa noche, cuando Darrell regresó de trabajar de su famosa tienda de comida orgánica, María Patricia le relató el insólito suceso, fascinada y ambos coincidieron en que se trataba de un heraldo de buenas nuevas, de una especie de ángel mensajero al que se le había encomendado alguna compleja anunciación.
No alcanzaron a entender qué significaba aquel presagio, tampoco volvieron a verlo nunca más. Ni a ese ciervo indiscreto ni a ningún otro. Fue solo meses después, la tarde aciaga en que salieron juntos a buscar un cofre donde poder velar las cenizas diminutas de Joaquín que el ciervo volvió a aparecérseles. Estaba tallado con primor en la superficie de una cajita redonda, de una especie de mate burilado que les ofrecía, tan amable y contenta, ignorante de todo, la vendedora de una tienda de artesanías en madera. La vida de Joaquincito había durado unos pocos días y ya se sabe que no existe palabra en el idioma que sirva para nombrar a los huérfanos de hijo. Silencio. Las zampoñas han enmudecido y es el trinar lánguido de un arpa lo que María Patricia escucha cada vez más cerca, como escoltando una sigilosa procesión que se aproxima. Imagina el olor a almizcle y palo santo y de tan sólo imaginarlo, una vez más, piensa en Abuela, esa centenaria señora María que todas las mañanas de su vida se sienta a esperar, en vano, a que su hija María llegue desde su lontano, inhóspito Bakersfield trayéndole pan francés y tamales para desayunar. Piensa que dejar a Abuela en su casa de Lima ha hecho que se le forme un tremendo nudo en el corazón. No puede creer que, al verla subirse al taxi con maletas, Abuela le dijera, tan claramente: “Llévame, hijita!”, siendo como es una dama tan silenciosa que rara vez dice lo que está pensando, que se dedica todo el santo día a estarse quietecita en su sillón y solamente vuelve a hablar a las quinientas, cuando la ocasión verdaderamente lo amerita.
Qué le hubiera dicho Abuela si supiera, si pudiera enterarse de todo, si estuviera en condiciones de comprender y de ayudarla a comprender? Mañana una balsa la llevará por Taquile, Amantaní, las islas flotantes. No ve las horas de empezar a navegar. La brisa de la madrugada arrecia ahora y un trombón emerge súbitamente de las sombras, del otro lado del lago, desde el centro de la nada. Con una pícara sonrisa, María Patricia recuerda que es justamente de las aguas del Titicaca de donde emergió la primera madre de la creación y siente la paz. La novedosa tranquilidad de poder volver a pararse con los dos pies sobre el país en que dio sus pasos primeros y, de pronto, todo encaja, el tiempo es fácil, por fin comprende. Comprende que ha venido de tan lejos hasta aquí para encontrar a su niño fugaz, para buscarlo en la luz purísima del amanecer en su sierra y para despedirse de él para siempre. Para dejarlo ir con la naturalidad con que se despide la noche del día. El anhelado abrazo de su tierra ha restañado ya todo rastro de lágrima y, como la incomprensible mirada de aquel ciervo, constituye una completa bendición porque le anuncia todos los milagros, incluso aquellos que no se producirán. ¿Es esto, acaso, la belleza? –se pregunta María Patricia mientras el cielo comienza a viajar violentamente desde el lila hacia el naranja–. Y se responde que sí, extrañada, plena, estremecida. Es belleza lo que al cubrirte con su manto vuelve triste la misma dicha suavísima con que te arropa. Y llega un momento en el que ya no sabes distinguir cuál de los dos es superior ni cuál hiere menos ni cuál queda más arriba: dónde termina el ciego eclipse de la dicha, dónde comienza el arco iris majestuoso de la pena.
(A veces un ligero aleteo que colinda con una frase común, pero muy bonito relato de nuestro a veces no tan querido BO)
lunes, 1 de febrero de 2010
Cuando la muerte alcanza a escritores y humanos sentados

Eloy Martínez, ha fallecido. Lo que me hace pensar en por qué personas con menos garbo para la vida no deberían correr la misma suerte. Hace unos días un amigo editor de una revista universitaria americana me pidió que le haga una nota de 1000 palabras sobre la obra de Julio Ramón Ribeyro. Accedí, pues pensé que habiendo leído todo lo escrito por él (incluso el cuento inédito Surf) y algunas notas periodísticas y bibliográficas me bastaría para dicho fin. Estuve equivocado. Tal parece que aquello no es suficiente, que uno también debe tener un nivel de interpretación agudo y educado.
Ayer lo llamé y le pedí disculpas por desistir. Me respondió, tu problema es tomarte estas cosas que te gustan muy a pecho. Sólo escribe.
También tengo una tarea dejada por un afamado escritor con un pie forzado. ¿Por qué Blancanieves está en Nueva York? Ando días pensando en eso y sólo vienen a mi cabeza cosas interiores sin mucha estructura. Mañana es la entrega y tengo que escribir tratando de no ser cursi. Difícil.
En fin. La situación es que Eloy ha muerto. Y todavía no salgo de Salinger. Aquí una nota de mi buen amigo y escritor Alonso Cueto.
La carrera de J.D. Salinger, quien murió la semana pasada a los noventa y un años, es una afirmación de la supervivencia del arte de contar.
Después de servir en el ejército durante la Segunda Guerra Mundial, acompañado de una máquina de escribir, Salinger creó a Holden Caulfield, uno de los personajes más queridos, perdidos y solitarios de la literatura contemporánea, un personaje que nos habla muy de cerca desde que empieza El guardián en el centeno (1951).
En ese inicio, Caulfield renuncia a hablar de sus antecedentes y proclama: “Solo voy a contarles una cosa de locos que pasó en las navidades pasadas…”. Este lenguaje directo, cargado de una jerga que no envejece, la autoridad con la que cuenta el narrador y la composición ambigua de Caulfield, son grandes proezas de la narrativa moderna. Caulfield es inseguro, violento, inapropiado, pero también tierno, necesitado y vulnerable. Ama a su hermana tanto como odia a sus padres y a sus profesores. Es un héroe imperfecto, como cualquiera de sus lectores.
Salinger, quien hace varias décadas se retiró a la casa de campo en Cornish, New Hampshire, se hizo famoso por renunciar a la fama. Todo indica que siguió escribiendo, mostrando que el silencio es el hogar natural de un escritor, y no los ruidos que rodean a cualquier publicación. Puede decirse que pocos lo conocieron de veras y sin embargo en realidad cuánto lo conocimos.
Salinger era Caulfield: si lamentamos la muerte del primero, le agradecemos habernos dejado el segundo para siempre.
domingo, 31 de enero de 2010
Una nota sobre Salinger

En realidad, Jerome David Salinger se murió para todos hace 47 años, cuando decidió encerrarse en su casa de un pequeño pueblo de Estados Unidos. A partir de allí, despreció los premios literarios y rechazó entrevistas y ser fotografiado: solo se contactaba con el exterior por teléfono. Lo que luego se publicaría de él no serían más que rumores o hechos indirectos que, de manera curiosa, solo aumentaron el mito del hombre que alguna vez dijo: “Estoy en el mundo, pero no soy parte de él”. Desde el 27 de enero, aunque inmortal por sus textos, sí que ya no lo es.
ADMIRACIÓN. Salinger, ex combatiente de la Segunda Guerra Mundial, comenzó divulgando sus cuentos en la revista New Yorker. Los más célebres fueron, precisamente, Un día perfecto para el pez banana –donde habla de un ex soldado cuya vida se le hace insoportable– y Para Esmé, con amor y sordidez. Pero, el libro que lo convirtió en autor universal –al punto de que su novela fuera de lectura obligatoria en las escuelas de su país– fue El guardián entre el centeno, una obra que generó fanatismo incluso entre criminales tan tristemente famosos como Mark Chapman, quien, al momento de asesinar a John Lennon, llevaba un ejemplar bajo el brazo.
En la novela se habla de Holden Caulfield, un adolescente crítico que cuestiona los valores de su sociedad a través de un lenguaje directo y desenfadado, y en donde se apuesta, precisamente, por lo 'no dicho’ –un estilo similar al de Hemingway, de quien Salinger fue amigo, pero, luego, evitó–. Sin embargo, más allá de la calidad de su prosa, parte de su éxito se sustentó en la época que fue publicado el volumen, como bien lo recuerda el escritor Iván Thays: “Esa obra fue escrita en el contexto de la posguerra, cuando hubo necesidad de asumir que se había perdido el rumbo. Se editó en un país que, después de haber triunfado en una guerra y superado una crisis económica, seguía siendo aplastante contra los que no comulgaran con el imperialista 'sueño americano’”.
CUESTIÓN DE EGO. ¿Por qué su enclaustramiento si, aparentemente, era un escritor reconocido ya para su tiempo? Fernando Ampuero, cronista y escritor, tiene una teoría: “Él vivió en una generación de escritores muy brillantes pero arrogantes, algunos de los cuales lo acusaron de ser un 'autor de adolescentes’. Norman Mailer, por ejemplo, hizo público su desprecio por él. Salinger, quien era neurótico y narcisista, y muy exigente consigo mismo, no pudo soportar ese desdén y decidió retirarse de la vida literaria”.
Es probable. Salinger era un tipo extraño que no dudaba en tirar disparos al aire con su escopeta cada vez que algún desconocido se acercaba a su casa. Su hija publicó, no hace mucho, una biografía donde lo denuncia como un sujeto pedófilo, un pervertido que gustaba de hacer llamadas obscenas, que tenía secuestrada a su esposa, que practicaba la cienciología y que solía beberse su propia orina.
Sin embargo, ahora que el escritor ha muerto, todos sus admiradores se hacen una sola pregunta: ¿qué habrá escrito Salinger en sus casi 50 años de encierro? Su editor dice que no tiene indicaciones de nada, pero hay quienes aseguran que son varios libros, todos guardados en una caja fuerte, y que, por sus propias indicaciones, serán publicadas de manera póstuma. El día perfecto del pez banana al fin llegó.

(by CCV)
jueves, 28 de enero de 2010
Hasta la vista, Salinger

Un personaje misterioso, esquivo con los medios de comunicación, del que apenas se conocen imágenes. J. D. Salinger, autor de El guardián entre el centeno, una novela que ha marcado a miles de jóvenes de todo el mundo, ha fallecido hoy a los 91 años en New Hampshire (EE UU), según ha informado The New York Times.
Nos cuenta también el Jabalí Digital, sobre este afamado escritor:
Sallinger es un tipo raro. Se asegura que espanta a escopetazos a todo el que osa acercarse a su retiro de New Hampshire. Entorno a su principal libro se alza una leyenda monumental, basada en rumores más o menos ciertos.
Es cierto que Mark Chapman, el asesino de John Lennon, leía ese libro durante los días anteriores al crimen. También se asegura que son muchos más los asesinos en serie que tenían "El guardián entre el centeno" como libro de cabecera, llegando a insinuarse que dentro de él existían códigos secretos, claves psicológicas que incitaban a matar. Pues no, siento desilusionar a alguien, pero no es cierto. Aparentemente se trata de un libro anodino, incluso aburrido, cuyo personaje principal, Holden Caulfield, es un adolescente con ciertos problemas de integración. Digo aburrido, porque un servidor, comenzó a leerlo alentado por todos esos rumores y leyendas que hacían pensar que encontraría hordas de sangre, perversiones inimaginables, locuras tipo Lovecraft o desafíos a lo establecido tan desagradables como los del borracho-pesado de Bucowsky. Y sí, encontré algo revolucionario, pero no por que en él aparezcan pasajes extremadamente desagradables, sino por todo lo contrario. Muestra un descontento sutil, un grito ahogado por la sociedad y la cerrazón de la américa de la II guerra Mundial (aun así, mil veces más liberal que la actual). Es, en fin, un libro muy recomendable...
Lo cierto es que el hombre tiene el síndrome Pla, del que ya hablé en otra ocasión y eso le hace parecer más interesante.

La BBC coloca:
The son of a well-to-do Jewish businessman and Scots-Irish mother, Jerome David Salinger was born in New York in 1919 and grew up in uptown Manhattan.
The relationship with his father was cold and his conflict about his being half-Jewish affected him deeply.
He began writing stories when he was thrust into the harsh world of a military academy at Valley Forge in rural Pennsylvania.
He had been sent there after dropping out of the exclusive McBurney School on Manhattan's Upper West Side.
JD Salinger enjoyed early success in the 1940s with the publication of numerous short stories in magazines, among them the New Yorker.
But when the United States entered World War II, Salinger, whose cynicism was a talking-point among his relatives, surprised them by his eagerness to join the Services.
He worked in army counter-intelligence and the bloody fighting he witnessed at close quarters during the Normandy landing and in the Battle of the Bulge was to have a great impact on his life.
According to his daughter Peggy, he witnessed the horrors of the German concentration camps. He suffered something approaching a nervous breakdown and, while convalescing in France, he met and married a French doctor, but they were divorced after eight months.
When The Catcher in the Rye first appeared in 1951, chronicling 48 hours in the life of a teenage rebel, Holden Caulfield, as he wanders the streets of New York in a state of mental collapse, it enjoyed early, but modest success.
But within a few years, it had become a bible of teenage dissent in America and a staple of high school and freshman college English courses.
The novel has sold more than 60 million copies.
A study of adolescence -- at once tender and harshly honest -- it spoke for millions of young people who didn't want to be "phoney" in a commercial, materialistic world.
Caulfield became a cult figure comparable with James Dean, but it seems the novel also had an undesirable influence on Mark David Chapman, who said he killed John Lennon to promote Salinger's work, and the man who shot and wounded Ronald Reagan, John Hinckley.
Almost immediately after "Catcher" was published, Salinger became disillusioned with publishing.
He hated interviews and contact with the public and in 1953, increasingly fed up with publishing and the public, he bought a house at Cornish, New Hampshire, and retreated into a seclusion that was to last for the rest of his life.
His subsequent books - only three more were published - were all best-sellers. Perhaps the most interesting was Franny and Zooey, but critics felt they all lacked the freshness and drive of Catcher.
No new Salinger fiction has appeared since 1965 and Salinger has done everything possible to try to thwart the efforts of biographers.
In 1987, the US Supreme Court upheld a claim by Salinger that his copyright had been violated by a critic of the The Sunday Times who drew on unpublished letters from Salinger for an unauthorised biography he published of him.
Salinger lretreated to his home in Cornish, New Hampshire
Throughout his life, Salinger befriended women younger than himself. He married Claire Douglas, aged 19, when he was 35 in 1954. They had two children and then divorced in 1967.
For nearly 30 years he lived with a woman called Colleen O'Neill (who may or may not have been his wife), leading an ascetic life.
He called himself "a failed Zen Buddhist", walked about in a mechanic's blue uniform, and when he went to local restaurants, ate in the kitchen to avoid people.
Although many years have passed since the publication of any work by Salinger, friends and visitors to his home have revealed that he has a large safe containing at least 15 completed manuscripts.
It's thought they all feature the Glass family, about whom Salinger first wrote in Franny and Zooey. It was thought that at Salinger's death, they could be published posthumously, or destroyed.
Some critics feel Salinger's attitude was best expressed in the opening lines of The Catcher in the Rye.
"If you really want to hear about it the first thing you'll probably want to know is where I was born. What my lousy childhood was like. And how my parents were occupied and all before they had me. And all that David Copperfield kind of crap. But I don't feel like going into it, if you really want to know the truth".
martes, 26 de enero de 2010
Y de repente, un plan de gobierno

Copió mis ideas. Jaime Bayly (Baylys o Bayle) ha publicado en esta dirección http://peru21.pe/impresa/noticia/causas-perdidas/2010-01-26/266525 lo que serían las directrices de su plan de gobierno. Critiquemos:
TRATO IGUAL PARA CREDOS. Ningún país, que se hace llamar laico, debe mantener con dinero de los contribuyentes a determinada religión. ¿Por qué no tener respeto por los ciudadanos peruanos que no creen en ningún credo y obligarlos a mantener sacerdotes? Punto para Baylys.
LIBRE DECISIÓN EN ABORTO. Ya lo había sostenido en un post anterior http://verdeopinion.blogspot.com/2009/10/mejor-aborta-tus-ideas.html . Ninguna persona debe meterse con la desición de una mujer adulta y de lo que hace con su cuerpo. La moral y la conciencia colectiva vive muy bien con gente muriéndose todos los días en el mundo. ¿Por qué pegan el grito al cielo con los que aún no nacen? Todos los que no apoyan el aborto deberían adoptar un niño no deseado y dedicarse el resto de su vida. Ahí sí corre. Otro punto para el pelícano.
FUERZAS ARMADAS. Ya, sin vainas. ¿Para qué nos invadiría Chile? Terminaría bombardeando sus farmacias, centros comerciales, cultivos, etc. Locos no están. ¿Qué otro país nos podría invadir? Habría que tener una fuerza militar que sirva más dentro del país que esperando en las fronteras una guerra improbable. Se podría tener una suerte policía militarizada que pueda hacerle frente al narcotráfico, al terrorismo, a los pandilleros, ladrones, secuestradores, extorsionadores y al mismo tiempo que estén preparados para defender el país de ser necesario. Por supuesto, esto nunca sucederá. Nunca seremos Costa Rica. Punto para Harry Potter.
UNIÓN ENTRE HOMOSEXUALES. Los seres humanos deben ser completamente libres en cuanto a sus desiciones. Si quieren ser felices o desdichados mediante un matrimonio. Pues ¿quién es el Estado para negarse? Ninguna ley debe estar basada en preceptos religiosos sino en el total respeto del hombre y sus libertados sin poner en peligro a la sociedad como conjunto. Otro más para el canalla.

LEGALIZACIÓN DE LAS DROGAS. La vez pasada me dijeron que era un imbécil por defender la legalización de las drogas. En Amsterdam dicha legalización ha generado un consumo menor y focalizado, además de ayudar a los adictos a encontrar drogas que sustituyan las más dañinas para su salud. Si las drogas serían legales, tendríamos una economía real y no la que tenemos donde ciertos mercados no emergen por ser usados como fachadas de narcotraficantes para lavado de dinero. Además lo prohibido siempre llama más la atención, si no pregunten como se fueron abajo las mafias de licor en Estados Unidos cuando fue liberado el mercado. Quizás no todas las drogas, como dice Bayly, habría que probar con las de menos intensidad a ver cómo reacciona la población. Medio punto para Bayle.
INDULTO A FUJIMORI. Aquí sí Bayly me sonó recontra politiquero, primero ha defendido el indulto a Fujimori y ahora dice que hay que consultar a la población. Está probado que Fujimori cometió delitos, entonces debe pagar por ellos. Si se demuestra enfermedad pues que le den todas las comodidades y atención médica de primera; pero en la cárcel. Nada de vainas, a ver pregunta a los peruanos, Jaime, cuántos desean seguir pagando tributos, para ver sus respuestas. No corre, monaguillo.
REFORMA DEL CONGRESO. Otro disparate. Cerrar el Congreso es dar a este fármaco dependiente carta blanca. Y carta blanca no le daría ni a la Madre Teresa. El Congreso debe continuar, pero debe ser una institución fiscalizada al milímetro, con renovación por tercios, con otra cámara de senadores (que sean puros técnicos). Mi propuesta es que cada congresista tenga una cámara que lo siga las 24 horas como un reality show, a ver si así no se portan bien. Medio punto nomás.
REFORMA EDUCATIVA. Aquí sí. Esto es lo más importante: todos los niños deben tener acceso a una educación como todas las élites. Así, en unos 20 años nos convertimos en una potencia. Pero olvida algo el escritor. Estos niños para ir al colegio primero tienen que comer bien. Entonces el Estado debe focalizar la ayuda alimentaria, una red que determine la ingesta de calorías y proteínas para los menos favorecidos. No es tan difícil. No es imposible.
Por supuesto, yo también soy uno de esos que defienden causas perdidas. Impopulares. Pero en eso también encuentro una pequeña grandeza, la humilde derrota de la honestidad.
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